El mejor equipo de África en cuanto a títulos -siete veces campeón continental- es, en cambio, un poco habitual en los mundiales. Pero 28 años de espera eran ya demasiados, y tras una década en la que la Primavera Árabe, la inestabilidad política y su violencia derivada han paralizado en gran medida el fútbol del país, los Faraones han regresado de su letargo.
Aterrizan en Rusia, además, liderados por uno de los futbolistas del año, Mohamed Salah, un desequilibrante estilista cuyo crecimiento ha cristalizado en el Liverpool de Jürgen Klopp. Regate, velocidad, goles y más goles y una sensación de superioridad en partidos clave que puede ayudar a su selección a marcar la diferencia. Es Salah, además, un líder que no se esconde, que asume su papel con naturalidad: fue él quien asumió la responsabilidad del penalti en el tiempo añadido que les dio la victoria contra Congo y les dio el pasaje para Rusia.
Junto a él, un tropel de jugadores que militan en clubes egipcios, europeos, asiáticos y norteamericanos; una variedad estilística y cultural que el experimentado seleccionador Héctor Cúper, en el cargo desde marzo de 2015, tiene la tarea de convertir en un bloque. En su primera experiencia en un gran torneo con Egipto, en la Copa África de 2017, el argentino logró conducirlos hasta la final, tras siete años de ausencia en el campeonato. En un grupo abierto en el que todos aspiran a pasar el corte, el techo egipcio lo marcará su propia capacidad de demostrar solidez al servicio del talento todavía sin techo de su estrella.
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