Durante no pocas temporadas se estableció la creencia de que Xavi Hernández y Andrés Iniesta no podían jugar juntos en el mismo equipo. Entonces se comentaba que la presencia de ambos era redundante y, sobre todo, muy poco sostenible por una estructura colectiva que ya de por sí sufría para proteger simplemente a uno de ellos. No había espacio físico ni táctico para los dos, pues la suma de sus limitaciones pesaba mucho más que las de sus posibilidades. Y esto, unido a la premisa imperante en aquel momento de que juntar a dos diferentes era más “equilibrado” que juntar a dos iguales, pudo acabar con cualquiera de ellos, sino con los dos, fuera del lugar que les iba a convertir en leyendas de este deporte.

Pasaron los años, llegaron los éxitos, las proezas, los elogios y las exhibiciones, y el debate se revisó hasta darle la vuelta por completo. “¿Cómo se llegó a dudar de que Iniesta y Xavi no podían jugar juntos?”, nos preguntamos todos escandalizados. “Menos mal que llegaron a tiempo Luis Aragonés y Pep Guardiola”, suspiramos.

Pero éste, en realidad, no deja de ser un mal ejercicio de revisionismo histórico. Como suele comentar Albert Morén, quizás en el análisis de Xavi Hernández y Andrés Iniesta nadie se equivocó en su momento. Quizás, simplemente, no podían jugar juntos antes de adquirir el conocimiento necesario no ya para ser mejores futbolistas ellos mismos, sino directamente para poder ocupar otras alturas en el campo. Los futbolistas no son seres estáticos, planos, en ningún sentido posible. Cada temporada cambian aunque siempre les percibamos de una forma parecida. A su involución física le acompaña una evolución táctica que cambia paradigmas individuales y colectivos. Por eso, quizás el único error a la hora de sentenciar que “Xavi Hernández y Andrés Iniesta no podían jugar juntos” en 2004 fue no terminar la frase con un comedido “de momento”.

Las edades de los centrocampistas

En esta Copa del Mundo estamos asistiendo a la confirmación de que los centrocampistas tienen diferentes edades y de que, por lo tanto, hablar de imposibles con ellos cuando tienen 24 o 25 años viene a ser como poner puertas al campo. Dos de los más destacados, Luka Modric e Ivan Rakitic, representan mejor que ningún otro este camino no siempre lineal, casi nunca previsible, en el que los factores externos son absolutamente decisivos a la hora de conducir su evolución en uno u otro sentido.

Luka Modric es el centrocampista más dominante de Europa en el último lustro. Desde que llegó al Real Madrid sólo ha perdido una eliminatoria de la Champions League (Dortmund 2013), pues ha disputado seis, ha ganado cuatro y en una estuvo lesionado (Juventus 2015). El croata encarna a la perfección todo lo que se le pide a un centrocampista en el fútbol contemporáneo. Mediocentro encubierto en defensa, mediapunta inspirado en ataque, interior de control en todas las fases del juego. Técnicamente es un prodigio y físicamente es mucho más competitivo de lo que se suele comentar, pero es a partir de su conocimiento e inteligencia para descifrar situaciones como ha conseguido trascender. Un conocimiento que no es innato. La capacidad de adquirirlo quizás sí lo sea. Pero la información en sí no. Por eso, aunque ahora pueda parecer inconcebible, la realidad es que Luka Modric lleva únicamente cinco años jugando en la posición por la que pasará a la historia. Y quizás debía ser así.

La progresión de Modric, en todo caso, podía intuirse desde el principio. Si evolucionaba bien iba a terminar jugando en el centro del campo, pues ahí su impacto sería mucho mayor que por delante. Mucho más sorprendente resulta el caso de su compañero Ivan Rakitic. Su fútbol siempre ha estado orientado a la determinación. Al gesto final. Al último toque. Así fue como terminó de explotar en Sevilla, de hecho.

Pero curiosamente la idea de Unai Emery al principio había sido otra bien diferente. Quería a Ivan Rakitic en la base de la jugada, mandando y lanzando. El equipo asimiló tan mal este cambio que el guipuzcoano se quedó a un solo partido de ser destituido. “Yo no voy a morir con mis ideas”, dijo en la previa de aquel decisivo encuentro. Se refería a la posición de un Rakitic que, como consecuencia, volvió a la mediapunta. Pero si la historia es caprichosa, el fútbol lo es todavía más. Con los mismos 26 años con los que Luka Modric llegó al Real Madrid, Ivan Rakitic aterrizó en Barcelona para jugar donde casi le cuesta el puesto a Emery. Y ahora, cuatro temporadas más tarde, ya podemos decir que fue todo un acierto. La última temporada de Rakitic en Can Barça, con Valverde dándole más responsabilidad que nunca, ha sido sobresaliente.

Sin ir más lejos, Rakitic, junto a Modric, está brillando ahora en una Croacia que destaca más por su presión que por lo que hace con la pelota en los pies. La inteligencia de ambos para posicionarse, anular líneas de pase, recuperar el balón y lanzar a los atacantes ha llevado a la selección croata hasta los cuartos de final. Su influencia en los partidos, además, va creciendo según estos van avanzando. Con 30 y 32 años respectivamente, el pasar de los minutos no les cansa, sino todo lo contrario: les aporta información que, tras toda la suma de experiencias que llevan acuestas, procesan rápidamente para luego actuar en consecuencia.

Su evolución posicional

Aunque no lo parezca, la evolución tanto de Rakitic y Modric como de Xavi e Iniesta ha sido completamente natural y lógica. Los centrocampistas rara vez comienzan en la posición o en el rol en el que terminan explotando. El caso de Andrea Pirlo es de sobra conocido. Pero tenemos también el de Toni Kroos o incluso el de Xabi Alonso, que tanto en la Real Sociedad como en el Liverpool ejercían más como segundo pivote que como mediocentro. Los centrocampistas, salvo excepciones puntuales y muy coyunturales, como la de Sergio Busquets, no sólo tardan más tiempo en madurar que los delanteros o incluso también que los defensas, sino que pasan por más posiciones.

Muchas veces cuesta descifrar su camino. Muchas veces cuesta ver su potencial. Por eso en este deporte sólo tiene lugar una sentencia: quien marque más goles gana. El resto siempre depende. Básicamente porque no somos para nada conscientes de cómo afectarán el cúmulo de experiencias y la serie de conocimientos a un determinado futbolista. Rakitic salió del Sevilla siendo, junto a Mesut Ozil, el mejor mediapunta del mundo. Uno ahora puede jugar de mediocentro si es necesario y el otro, sin embargo, sigue con los mismos problemas para hacer jugar a su equipo. ¿Qué hubiera pasado si uno hubiese llevado la carrera del otro? Quien sabe.

En todo caso, todos estos ejemplos que ya sí podemos analizar con perspectiva nos sirven para atender con expectación a dos de los casos presentes con más potencial: Paul Pogbá y Philippe Coutinho. El francés sigue con problemas muy parecidos a los de hace dos años. Su capacidad para fabricar ocasiones y filtrar detalles es inversamente proporcional a su (in)capacidad para controlar, dominar o gestionar el tiempo de un partido. Didier Deschamps, consecuentemente, ha apostado por una fórmula que aproveche lo que sí hace y camufle lo que no sabe hacer… de momento. Porque Pogbá tiene sólo 25 años. Todavía está preparándose para ser el futbolista que debe ser. José Mourinho y el Manchester United agradecerían que esta evolución, si se está dando, cristalice cuanto antes, pero los tiempos son los tiempos.

Y con el brasileño más de lo mismo. Su caso es más parecido al de varios de los ejemplos que hemos citado. De hecho, es bastante similar al de Rakitic. Coutinho es un mediapunta con un talento innato para cambiar resultados. Alejarle del área sería contraproducente si perdiera este don, pues el gol siempre vale más que todo lo demás, pero como estamos comprobando tanto en Barcelona como en Brasil, partiendo desde más atrás sigue produciendo un tanto por partido. Una absoluta locura. Aun así, como interior, de momento no ha conseguido dotar de la continuidad y sapiencia necesaria a su juego. Todo lo que hace para dirigir, gestionar y crear lo hace valiéndose de su prodigiosa bota diestra. Pero claro, es que Coutinho tiene sólo 26 años. La misma edad en la que Modric era mediapunta para Mourinho y Rakitic se apartaba del juego cayendo a la banda para dejar espacio por dentro a Leo Messi.

“Trust the Process”, que dirían en Philadelphia.