Me hubiera gustado nacer en Argentina por dos motivos. El primero, para aprender a enfadarme con Messi, y de esta manera quitarme a un Dios de encima, que ya se sabe que estas cosas de la fe son muy sacrificadas. Y el segundo, para hacer de los asados no una pose, sino una filosofía. Los europeos amamos los asados, pero básicamente porque en ellos pueden sacarse buenas fotos. No entendemos nada. Lo más cerca que hemos estado de llegar a comprenderlos fue cuando Ricardo Piglia publicó Los diarios de Emilio Renzi. “Recuerdo los asados rituales de hace veinte años, cuando toda la familia se reunía para festejar el hecho de seguir vivos”, apuntaba el autor de esas notas, “si bien aprovechaban el momento para hacer el recuento de los caídos”.

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El Mundial también es un paisaje donde los muertos y los vivos se cruzan con una naturalidad alarmante, hasta el punto de que, pasada la primera semana de competición, uno ya no sabe muy bien quiénes están en esta vida y quiénes en la otra. Artiom Dzyuba está claro que respira; el problema es que antes de esto también estaba claro que había dejado de hacerlo. El delantero del Arsenal Tula hacía dos años que no se enfundaba la camiseta de la selección rusa. Una larga ausencia que motivó que se diera por saldada su carrera como internacional. Sin embargo, a última hora, regresó, puesto que el equipo nacional no disponía de un atacante con su perfil. Y la decisión de su vuelta no pudo ser más acertada. Fusionó su apellido con su tamaño, ambos igual de intimidatorios, y Rusia firmó el mejor arranque de una anfitriona en la historia de la Copa del Mundo, en parte, gracias a su juego de espaldas y a sus goles.

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En la selección de Cherchésov hay otro futbolista que desde hacía un tiempo había dejado de acudir a las concentraciones, y que sin embargo ahora nadie se atreve a barrer del once: Sergey Ignashevich. Aunque el caso del renacimiento del zaguero es más asimilable. Después de todo, los defensas rusos son como sus compatriotas escritores: es inconcebible pensar que algún día dejaremos de citarles.

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Lo mejor de que te den por muerto por error es el momento en el que eliges cómo reaparecer para deshacer el engaño. Tienes varias opciones, todas ellas igual de tentadoras. El mundo está en tus manos. En esa clase de instantes, justo antes de que des el paso y reveles la verdad, es cuando uno forja su elegancia. Cómo olvidar aquella vez en la que empezó a correr por Twitter la noticia falsa de que Bon Jovi había fallecido. El nombre del cantante se convirtió en pocas horas en Trending Topic. Hasta que este decidió reaccionar colgando en sus redes una foto y un texto en el que decía que, si iba en serio que estaba muerto, “el cielo se parecía mucho a New Jersey”.

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“Llámame escultor, cuando esculpo con un cincel / en una roca de granito Violadores Del / o grabaré mi nombre en una lapida de mármol / si cuando pienso en mi muerte me siento aliviado / me gustaría morir un rato / y veros las caras que ponéis por mi ausencia / para que supierais lo que habéis perdido / y luego volver a este puto mundo de mierda / con una sonrisa de como si nada hubiera ocurrido” (Filosofía y letras, Sho-Hai)

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Roger Milla, que a los 42 años se convirtió en el futbolista de mayor edad en marcar en una Copa del Mundo, le contó a Joan Valls en una entrevista para esta revista que en 1990, con una larga trayectoria a sus espaldas, hizo las maletas, se subió a un barco y se marchó a una isla. A descansar. Una vez allí, su vida dio un último vuelco. “Yo estaba prácticamente retirado. Sinceramente, no tenía las más mínimas ganas de ir al Mundial de Italia. Pero me llamó el presidente del país, los ministros… Y me convencieron”, recuerda el camerunés. Para recuperar la forma, contrató los servicios de un preparador físico apodado ‘Brutal’. “Sí, ‘Brutal’, tal como suena, porque sus métodos eran brutales. Me puse a sus órdenes y… ¡casi me mata!”. En lugar de en una isla o un cementerio, Milla acabó ese verano en el altar de las leyendas.

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Walter White, Stringer Bell, Cristopher Moltisanti, Tommy Shelby. Y Diego Costa. El fútbol, como las series, también posee una fantástica imaginación para fabricar antihéroes. En el panorama actual, el delantero hispano-brasileño quizá sea el que presenta un mejor acabado. No hay otro jugador profesional que reparta con más estilo motivos para ser admirado y detestado al mismo tiempo. Hace un mes, nadie confiaba en su encaje en la selección española; tanto su carácter como su ADN futbolístico lo alejaban de una patria que en 2008 se prohibió volver a saltar a un campo sin antes rociarse con un poco de perfume. Aun así, Rusia ha dictado sentencia. Dos partidos, dos titularidades y tres goles de Costa en dos remates. Algún guionista se acaba de ganar la paga doble.

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“Hay delanteros apáticos, que pisan el área como un vegano una churrasquería. Los hay deslumbrantes como una estrella de rock. Los hay discretos y trabajadores como un oficinista. Y luego hay un 9 que se lo toma a la tremenda, como si el portero rival le hubiese tirado los trastos a su hija”. Este es Diego Costa según Pedro Simón, un periodista que tiene la suerte de poder celebrar también los goles del ariete cuando estos se producen en el Wanda Metropolitano. Para la mayoría de los aficionados españoles, el renacimiento de Costa con la Roja ha sido una sorpresa; para aquellos que durante el año se protegen el cuello con bufandas rojiblancas, se ha tratado más bien de un acto de justicia poética.

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Yo solo he sentido una vez que volvía a nacer. Fue ayer, cuando llegué de noche a casa, y me descubrí recitando el once de Senegal de memoria mientras me desataba los cordones de los zapatos en el baño.

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Frente al abatimiento de Messi, la esterilidad de Lewandowski o los sollozos de Neymar, la magia de Musa (que no triunfó en la Premier), la rabia de Shaqiri (que acaba de bajar con el Stoke City) o el cabezazo de Yerry Mina (que se ha instalado en la más profunda irrelevancia desde que aterrizó en Barcelona). A los futbolistas que se debaten entre la vida y la muerte, en vez del desfibrilador, habría que aplicarles un Mundial.