El escritor Valentín Roma (Ripollet, 1970) cumplió el sueño que la mayoría de niños anhela pero que muy pocos alcanzan: convertirse en futbolista profesional. Siendo muy joven dejó atrás familia, casa, amigos, colegio y barrio por perseguir ese sueño. En la capital, se ganó un sitio en las categorías inferiores del Atlético de Madrid. Tras ganar la Copa del Rey de juveniles, fue seleccionado para el combinado nacional y el presidente colchonero le ofreció un contrato de profesional para militar en el primer equipo. Había llegado. Había alcanzado el sueño. Sin embargo, lo abandonó. Decidió dejar de perseguir el balón para encontrarse a sí mismo. Cambió la pelota por los libros. El fútbol, por la literatura. Y ahora cuenta esa historia en su segunda novela: Retrato del futbolista adolescente (Periférica editorial, 2019).   


De la lectura de tu novela Retrato del futbolista adolescente, se desprende la sensación de que el narrador nunca termina de sentirse cómodo dentro de un vestuario. ¿Cómo recuerdas tu paso por el vestuario de las categorías inferiores del Atlético de Madrid?

Los vestuarios son lugares bastante más exigentes desde un punto de vista político y narrativo de lo que muchos se piensan. Como en la vida, el gran problema es la épica o la comedia prefabricada que hacia ellos se proyecta. No creo que la moral sea la moneda de cambio que circula por un vestuario, tampoco una solidaridad a fondo perdido. En la caseta está tu gente, tu familia, tu mundo, pero también está el enemigo, tus némesis, aquellos ídolos que no puedes ensalzar porque sudan y se duchan y cagan y se ríen de ti cuatro veces por semana. Para mí los vestuarios fueron un espacio de socialización, el sitio donde a veces tomabas la palabra y otras donde eras lapidado.

«Somos cobayas con un manual de instrucciones y una ficha de estímulos», confiesa el narrador. «Somos perros de Pávlov llegados desde barrios de provincias, pueblos agrícolas y urbanizaciones de casas unifamiliares». ¿Crees que la situación de los futbolistas adolescentes ha mejorado o empeorado?

No lo sé. En cualquier caso, mientras la adolescencia sea ese momento en el que uno descubre cuánto nos mejora perder el tiempo o cuánto desagrada que lo perdamos, la coyuntura será más o menos la misma. Creo que la cuestión reside en cómo se gestiona el éxito hoy. En mi época uno sabía, con esa certeza de los enajenados, que nadie iba a bajarnos del pedestal donde nos colocaron o que logramos por nuestros propios medios, gracias al talento y a la mentalidad de cada cual. Aquí no estamos hablando de las formas de adulación pública, de si ahora un chaval de 14 años con el duende en la pierna izquierda es agasajado por las corporaciones deportivas, por los representantes del tanto por ciento y por inflaciones mediáticas. Uno descubre un día que hace cosas con el balón que otros no pueden ni soñar. Uno sabe que, sin entender muy bien el porqué, golpea la pelota y ésta se dirige exactamente a donde imaginaste que podría dirigirse. Y el quid es que, si lo repites varias veces, por probar suerte o por desafiarte, el cuero siempre llega, puntual y preciso, a esa esquina para otros inaccesible. Es en este momento, con 13, 14, 15 años, cuando uno tiene algo parecido a una epifanía, o una intuición, o un problema.

Cumpliste el sueño de la mayoría de adolescentes de convertirte en futbolista profesional, y decidiste cambiarlo por las letras. ¿Cómo recuerdas el momento en que tomaste la decisión?

La verdad es que no se me produjo tal antagonismo. Quería tener tiempo para pensar, quería dejar de correr por el campo con la intermitente sensación de estar alienado. También me cansé de la disciplina. El deporte a cierto nivel es un régimen militar. Nada compensa frente a semejante ejercicio de sumisión. Por otra parte, en algún instante supe que, en el mejor de los casos, mi techo era ser un proletario del fútbol. Preferí barajar de nuevo las cartas y enfocar hacia otro sitio. Me atraía mucho más la idea de cambio drástico de vida que la de perseverancia hacia aquello predeterminado.

Pasados los años, mirando ese retrato del futbolista adolescente con perspectiva: ¿te arrepientes de aquella decisión? Si pudieras volver atrás, ¿optarías por jugar el partido hasta el final o volverías a cambiar el balón por la pluma?

Como te decía no tengo la sensación de haber sustituido una cosa por la otra. No me sentía futbolista cuando jugaba al fútbol, tampoco me siento escritor ahora que publico libros. En ambos casos empecé y continué por una especie de pereza para doblar la esquina. No hablo, por supuesto, de fatalidad sino de manías, de hábitos, de falta de temperamento. A mí no se me planteó un dilema entre fútbol o letras, sino entre dejarse llevar o tomar otro camino imprevisto. En un lado estaba el deporte, en el otro las incógnitas. Preferí adentrarme por esta segunda puerta, seguramente para reconciliarme con mi propia capacidad de decisión tanto tiempo anestesiada.

¿Cuál es tu relación actual con el fútbol?

Prácticamente nula. Ni siquiera es teórica o intelectual. Desde mi punto de vista, y perdón por el exabrupto, la intelectualización del fútbol es una de las cosas más repugnantes que existen. Las historias y las palabras están en el fundamento epistemológico del balompié, por usar epítetos grandilocuentes. Sin embargo, una hermenéutica futbolística me parece insufrible. Mi relación actual con el fútbol es leer a Santiago Segurola, a Ramón Besa, a Diego Torres y a Gonzalo Suárez, es decir, soy lector de la novela positivista futbolística del siglo XIX, la cual se escribe en los periódicos y en las revistas como esta. 

Por la lectura de tu novela, se desprende un cierto amor romántico al fútbol —al toque preciso, al derroche físico, a la jugada de tiralíneas— que choca con la excesiva profesionalización del deporte, que, en cierta manera, empuja al narrador a abandonarlo. ¿Crees que es posible desvincular deporte y negocio en el fútbol actual?

En mayor o menor medida los vínculos entre deporte y negocio existen desde una época de la que ni tú ni yo podemos emanciparnos. Sinceramente no creo en la nostalgia del viejo fútbol, esa postal idílica donde la gente no cobraba mucho dinero y, por lo tanto, eran amigos y compañeros de juergas o comidas familiares. Salvo en el fútbol amateur, los futbolistas son, hace décadas, una élite social. No pertenecen al lumpen proletariado, juegan con estadios llenos de gente que les vitorea. Tienen y manejan esa parcela de éxito público que te permite no sentirte un cualquiera, aunque baste con que el árbitro pite el final del partido para regresar a tu condición de don nadie.

Uno de los temas que vertebran la novela es el desclasamiento del protagonista. Varios temas, como la política o la literatura, interfieren entre él y el balón. Pero también el propio fútbol influye: «Me alejo de mi clase social porque triunfo jugando al fútbol y porque gano el triple de dinero que mi padre», dice el narrador.

Sí, esto es muy cierto. Como a mucha gente, a mí lo que realmente me complicó el porvenir fue el rechazo de las injusticias, eso que en mi casa se llamaba “la política”. Atender a los despropósitos sociales e ideológicos, en lugar de tomarlos como naturales o intrínsecos, fue lo que me inoculó un virus peligroso. Yo me siento, y ni me enorgullezco ni me avergüenzo de ello, un desclasado. De alguna manera, como sostiene nuestro maestro común Constantino Bértolo, la historia reciente de este país es la historia de unas formas muy diversas de desclasamiento. Durante años, cuando volvía al pueblo con mis padres -fíjate que digo “volver”, no ir o viajar- percibía de una manera apabullante que todos los míos, toda mi familia, todas las personas con mis apellidos e incluso con mis rasgos habitaban una zona ideológica y ética que no tenía nada que ver conmigo. No obstante, si los miraba con atención eran, como te decía, muy parecidos a mí. Este sentimiento de extrañeza y de similitud fue mi despertar al desclasamiento. Luego lo he literaturizado, pero su inicio fue éste que ahora te cuento.

El fútbol, igualmente, obliga al narrador a dejarlo todo: familia, amigos, colegio, barrio. En libros de futbolistas recientes, como el de Andrés Iniesta o el de Miguel Pardeza, se remarca ese momento traumático. ¿Crees que estabas preparado para dejar una vida atrás siendo tan joven?

En mi libro el narrador vive una primera etapa de rechazo a abandonar el mundo donde reside, aunque después se habitúa e incluso diría que disfruta de esa independencia y de esa soledad.

En la contraportada de la novela, puede leerse la famosa cita de Albert Camus sobre todo lo que le había enseñado el fútbol. ¿Qué te ha enseñado a ti?

Pero recuerda que en la contraportada se refuta de algún modo la célebre frase de Albert Camus, que veo como un eslogan cristiano y buenista. A mí el fútbol, en términos genéricos, no me ha enseñado nada. Sí que me enseñaron los jugadores, las personas que formaban parte de esa realidad, las coyunturas ocasionales, los momentos concretos. Esa abstracción que llamamos “el fútbol” no creo ni que exista. ¿Existe la arquitectura como una presencia que alecciona desde lo alto a quienes ponen un ladrillo o dibujan un edificio? ¿Existe el trabajo como entidad separada de sus condiciones? La teorización del fútbol y su consecuente formulación mediante ideas etéreas invita a una superchería de corte conceptual, una superchería hípster o cool, pero una superchería, al fin y al cabo.

En principio, la idea choca: James Joyce y fútbol parecen dos conceptos muy alejados. ¿Cómo surgió la idea de hacer una pared con el novelista irlandés para escribir la historia de tus años como futbolista?

La verdad es que yo tenía siempre en la cabeza un título para una novela que fuese “Retrato del futbolista adolescente”, aunque la idea no procedía sólo de Joyce, sino de Antonio-Prometeo Moya, escritor por el que siento gran devoción, quien había escrito en los años setenta un libro extraordinario y muy valiente que se titula “Retrato del fascista adolescente”. Luego me puse a calentar motores para escribir y abrí la novela de Joyce, donde encontré, para mi sorpresa, que en las primeras páginas se describía un partido de fútbol en el patio de un colegio, es la cita que encabeza mi libro. Ahí entendí, o me convencí de ello, de que me encontraba ante una “señal”. Fui un futbolista muy supersticioso y sigo siendo un escritor dado a este tipo de signos sobre la mala o buena suerte.

«¿Te das cuenta de que los pies y las letras no están reñidas?», le dice el padre al narrador. Durante mucho tiempo la relación entre literatura y fútbol fue vista con cierto recelo desde el punto de vista intelectual. Sin embargo, cada vez aparecen más novelas, obras de teatro, poemas, etc. con el fútbol como tema para contarnos. ¿Crees que la novela futbolera está cuajando en España?

No lo creo. Tú has escrito cosas maravillosas y Coradino Vega también me gusta mucho, pero no observo una novelística futbolera particularmente visible, quizás es que se escribe tanto y tan bien sobre fútbol en periódicos y en revistas como la vuestra que ya no hace falta más. Tampoco yo quería escribir una novela sobre fútbol. Mi intención era ahondar en las formas de desclasamiento de las que hablábamos antes. Sin embargo, no quería plantear una nueva historia de aprendizaje abnegado, otro relato sobre el esfuerzo, las privaciones y las ventajas de la cultura que tienen como premio final la pedantería o el saber convertido en premio ecuménico. Era importante que el desclasado fuese alguien con éxito en el sentido social de la palabra. Alguien que se complicase la vida porque sí, sin la cháchara católica del via crucis, por una tozudez digamos política.