Casi se podría considerar un periodo de entreguerras. No lo veo de otra manera. Y se convirtió en una obsesión. Éramos una firma muy educada, muy absurda. Éramos dos. Supongo que como algunos otros que conozco, llegué tarde a mi periodo de odio con el mundo. Era la resaca de la electrónica, de las ores, del amor: era una mierda. Así de claro, y el sábado por la tarde era el paraíso, mi paraíso, un espejismo. Fuese en el campo local, el ‘de la pulmonía’, o fuese en desplazamiento. Cuadraba la agenda de dj con la jornada y Otis siempre sabía un sitio donde comer, merendar o tomar un vino. Solo dos, pero snobs, muy snobs. A veces me pregunto cómo el corazón resistió toda esa cantidad de tabaco, de café, de alcohol, de droga, de sueño repartido como si la vida se pudiera apagar y encender con un interruptor. El peso en crecimiento, descontrolado por todo lo listado antes, era ideal para la vestimenta casual que copiaba de mis revistas en papel que atesoraba, estudiaba y carreteaba siempre. Muchos modernistas de los 80 hicieron ese camino. Pero la ciudad queda allí abajo, tras las dos montañas, y siempre he sido un tipo miedoso. Y la violencia me paraliza. Nuestra firma gritaba y en campos de Tercera Regional se nos oía. Éramos verbalmente malas personas, cínicos, localistas, repletos de referentes de la cultura popular y solíamos ser muy duros con los nuestros. Con esa máquina de hacer fútbol que cada sábado arrasaba con un juego exquisito. Porque la belleza del toque en campos de barro, en los campos helados de Catalunya, era nuestro El Dorado, nuestro Shangri-La. Luego por la noche coincidíamos con los chicos en baños, en barras, en aparcamientos.Y lo utilizábamos en su contra a la jornada siguiente, les recordábamos medidas de señoritas, cantidades de líquido y charcos repugnantes. Era nuestro deber, nuestra razón de ser. Como ellos lo hacían frente a la cabina, frente a mí: su amigo, su supporter. A grito pelado.

Tarde de otoño, bajo al campo antiguo, al de la calle Pere Soler. La casa de mis padres quedaba a nada de allí y era una tarde tibia. Sudadera, libro de Anagrama (firma leída y sentida) y el pelo al uno. Especialmente faltoso con el señor referee estuve. Lo reconozco, pagó vete a saber qué mierda de la noche anterior con alguna joven de Erasmus. Empatábamos, y decidieron un cambio. El cambio de cada sábado. El señor colegiado se acercó a la banda y callamos. Entre educados y miedicas. Anotó la salida, anotó el minuto, cerró la libreta con una goma inmaculada, de las que dan rabia por seguir limpias después de media temporada. Todo ello con una parsimonia que anunciaba que algo iba a pasar. Antes de pitar el ‘sigan’, se acerco a mí, y con calma, pero con tono para que lo oyeran todos, me dijo:

“Un día vendré a un concierto tuyo y me dedicaré a gritarte, a dejarte como un trapo sucio”.

Jo-der. Aquel tío era más malo y calculador que nosotros, que yo, utilizando las mismas armas que creíamos eran invencibles. Le aplaudimos y fui durante semanas el centro de las bromas del equipo, de los seguidores, de las novias, de todos. Y le invitamos a beber cerveza y nos reímos, y creo que aún ejerce de referee en esos campos de pulmonía. En ese tiempo de entreguerras poco quería saber de mi yo cantante, de mi yo popular, quería ser un hooligan (puede que de baja intensidad), pero se ve que no.

Cortejaba yo a una guapa de la comarca vecina que había conocido en la capital. Nos unían amigos, conocidos y lugares comunes, gustábamos de cierta música, y a mí me gustaba ella. Un domingo tocaba presentarme a su mejor amigo. Compramos vino y dulces, hubo besos de bienvenida, chaquetas en una cama y esa escena tan francesa de beber de pie mientras alguien remueve un guiso. La proximidad de localidades provocó que el amigo sacara a relucir que me conocía. ¿De los locales de nuestra adolescencia? ¿De Los Sencillos? ¿Del instituto? Pues no…

“De la grada de l’Ametlla, eras uno de los que más gritabas, de los que más faltabas… ¡Eras un hooligan!”. ¿Piropo o retrato?

Bebimos, comimos el guiso y el postre, nos reímos más de aquello y creo que a media tarde bajó el color de mis mejillas. Ahora nos vemos en algún concierto y yo me acuerdo de ello. De ella, menos.

Los chicos subieron a Segunda Regional, lo escribí en una canción (Vincent Montana Jr., del disco Impar), y pasó la euforia. La nueva guerra me llevó a otros lares y Otis empezó a hacer vino. Uno riquísimo que bebemos viendo partidos en su casa mientras suena música negra, casi azul. Eso también nos une.