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Cuando charlé con Enrique Tejedo, una de esas amistades que me brindó la universidad,  para hacerle una entrevista porque había publicado su primer libro, me dijo que estaba muy bien hablar de las inquietudes del ser humano, de las noticias, del periodismo, de los grandes medios de comunicación, del Castellón, de su afición, de las rivalidades de la zona, pero que hay que vivirlo. A los días de que se publicase el artículo donde él era protagonista me envió un WhatsApp en el que me decía que estaba invitado a Castalia cuando quisiese. Le di las gracias por la invitación, le comenté que estaría complicado por el curro y que lo tendría en cuenta.   

Hace un par de semanas le escribí para preguntarle si el plan seguía en pie. No puso ningún impedimento, incluso creo que se alegró porque mostrase interés por algo a lo que le tiene tanto cariño. Quedamos en ir contra el Nàstic de Tarragona, porque al parecer hay cierta rivalidad. Le dije que me llevara a comer por la ciudad y él me preguntó por el presupuesto. Le contesté que quería un sitio con cubiertos, mantelería y sin pintadas en el baño. 

 

La noche anterior al partido me costó dormirme, la verdad. Estaba algo nervioso. Supongo que sería porque al fin tenía un fin de semana libre

 

La noche anterior al partido me costó dormirme, la verdad. Estaba algo nervioso. Supongo que sería porque al fin tenía un fin de semana libre de ese trabajo que me carcome por dentro y me hastía con conversaciones triviales. Me había tocado ir los dos últimos. Al no poder conciliar el sueño me puse algún video en Youtube de Rafael Escrig y también me leí la reseña que hizo Miguel Ángel Ortiz, autor de Poesia y patadas, sobre Infrafútbol, de Enrique Ballester, periodista que cuenta la vida y obra del Castellón con su particular forma de ver las cosas. Mi idea era empaparme algo, un poco aunque sea, del sentimiento ‘albinegro’ y no ir vacío a Castalia. Lo único que se me venía a la cabeza al pensar en la entidad era que es uno de los tropecientos equipos por donde pasó Paco Salillas y de donde el Valencia fichó a Mendieta y años más tarde a Dealbert. Como todo ser humano, al final acabé cayendo en la cama y cerrando los párpados.

Me desperté y remoloneé entre las sabanas. Se me hizo tarde y me tocó arreglarme la barba y ducharme rápido. No desayuné gran cosa. Solo me tomé una de esas tortas de arroz en las que siempre sale la actriz de moda anunciándolas por la televisión y una manzana. Me imaginé que comería bastante durante el día. Salí de casa con las Vans bien apretadas, la camisa bien recolocada y la cartera, llaves y móvil en el vaquero.

Iba a ir a Castellón en tren. Fui hasta la Estación del Norte andando, pasé por El Carmen, un barrio al que pocas veces he visto con la luz de los rayos del sol que se cuelan entre los edificios y eso que mi colegio de la adolescencia estaba en él. En ese camino que me conozco como la palma de mi mano, vi a un hombre que estaba en frente de un escaparate de una tienda de navajas. Pensé que nadie que mirase un local así de buena mañana podría tramar nada bueno. También miré. Era el último domingo de febrero y eso supone en Valencia la Crida y la primera mascletà del año. La plaza del Ayuntamiento estaba abierta a la gente y se podía andar por donde suelen ir los coches. Los guiris haciéndose fotos, los niños revoloteaban y asustaban a las palomas, las parejas mostraban su amor en público y yo pensando que no llegaba a sacar el billete.

En el tren, un tío por teléfono que no paraba de decir Cristina. La tal Cristina no le hacía ni puñetero caso. Y una mujer con un perro con sollozos chirriantes y un chico y una chica que hablaban de dónde se iban a ir a vivir un mes para inspirarse. Creo que eran artistas, pero no tenían pinta de tener mucho éxito. Morirse de hambre, ya se sabe.

Se extendían grandes campos de naranjas a ambos lados de las vías. Las sombras relampagueantes de los postes de electricidad me entretenían. Un revisor muy bruto y con los ojos saltones me pidió el billete. Utilicé el viaje para apuntillar un reportaje de esos que me gustan hacer y de los que me siento orgulloso cuando se publican. Dejando atrás los amodorrados pueblos, llegué a Castellón. Enrique me hizo esperar. Cavilé que vendría a por mí en un coche de color oscuro y destartalado como es él. Pero vino con uno blanco impoluto y con buen olor.

Ya estábamos implicados del todo en la excursión. Nada más abrocharme el cinturón, me confesó que la noche anterior había salido y que se tomó ese chupito que al principio decía que no quería. Verle conducir aquel auto con su envergadura y sus arrítmicos movimientos me hizo gracia. Parecía que fuera un juguete. Le dije que ya me lo había imaginado cuando escuché su voz en un audio minutos atrás. La estación se hundía en el mar de fincas y el coche surcaba la carreteras a través del traficó. Me comentó que no encontró mesa para comer en los sitios de arroz a los que suele ir, pero que al final en uno que no conocía de primera mano le dijeron que sí. Yendo al restaurante con nombre que no dejaba muchas dudas de lo que nos íbamos a encontrar, le hice un comentario sin gracia sobre el matrimonio y me dio la noticia de que se casa. Desde aquí, mi enhorabuena a la pareja. Ten mucha paciencia, Teresa. Y suerte.

La planta baja del local era estrecha, algo oscura y los cuadros no estaban del todo alineados unos con otros. Pero tenían cubiertos y servilletas de tela. Pedimos un par de cervezas antes de que nos pusieran la mesa. Nos sentamos, actualizamos software comentando qué fue de aquel y de aquella, boqueamos sobre ese relato que le pasé y que le gustó, le dije el problema que tengo con los diálogos, él me comentó que está con su segunda novela y yo dejé de mirarle a la cara como hago cuando habló de algo que me fascina y me importa. 

Vino el camarero y pedimos. La sepia con una salsa con muchos ingredientes me gustó, el arroz al senyoret estaba aceitoso y tuve que pedir alioli para comérmelo más o menos a gusto y el postre escaso. El vino seguro que lo destilaban en el retrete. Y, además, la cuenta fue cara. Al dueño le brillaba la demencia de poner esos precios igual que la calva. Enrique quiso hacerse un café pero no llegábamos al partido.

Entre el parloteo y algún que otro chascarrillo, se me hizo corta la caminata hasta Castalia, pero él me aseguró que no estábamos cerca. Me comentó los tejemanejes que llevaba a cabo algún presidente anterior. “¿Qué cosas pasan por ahí?”, pensé. Él había quedado con sus familiares para que me pudieran dejar el pase de ese tío que se llama igual que yo, que ahora está trabajando en Turquía y planea sacarse el pase de un conjunto de la segunda división otomana. Me recibieron muy bien, con los brazos abiertos y diciéndome que solo hiciera crónica del partido si el Castellón ganaba. Yo me estaba arrepintiendo de haber bebido tanto.

El pase de mi amigo lo tenía su primo Curro, al que esperamos intranquilos porque se nos hacía tarde. Sonó Sex on fire de Kings of Leon por la megafonía, sentí que ya conocía ese lugar, golpee el suelo con golpecitos con el pie y tarareé la canción. Al pensar en el rival me acordé que su afición les puso una pancarta en su campo con la que me rompí por dentro de risa y que conocí mediante un artículo que le leí a Enrique Ballester. “Nuestro pasado, romano. Vuestro futuro, rumano”, escribieron los seguidores del Nàstic.

 

Nos habían guardado los asientos como nos habían dicho y tenían una hoja de papel para no mancharnos el trasero. Ese pequeño detalle me enamoró

 

Tejedo se empezaba a poner inquieto porque su forma de entrar no llegaba y más cuando se oía la alineación por los altavoces y a la gente aplaudir. Nos podrían haber detenido por vagos y maleantes mientras esperábamos al costado de un garaje. El primo apareció y fuimos directos a los asientos. Esos asientos que nos habían guardado como nos habían dicho y que tenían una hoja de papel para no marcharnos el trasero. Ese pequeño detalle me enamoró e hizo que mi corazón llorase.

El partido ya llevaba empezado unos minutos. Se hablaba por allí de la posibilidad de acercarse al liderato si se ganaba y de la buena entrada que brillaba en las gradas. Entretanto, me intentaba situar y ver cómo estaban puestos los jugadores en el campo. Enrique me habló de Rubén. Me dijo que era mediapunta, pero con la promesa que le hizo el Atlético de Madrid a Calavera de jugar en primera se habían llevado al mejor jugador, y ahora le tocaba a él ser el mediocentro. Javi Márquez, uno de esos futbolistas por los cuales mi colega David dio mucho por culo cuando nuestra única preocupación era pasar las tardes en el bar de Yan hablando del Comunio, llevaba el “10” en el Nàstic y del Castellón me sonaba Muguruza de la Real Sociedad. Pensé que este tipo de cosas son las sorpresas que te da la Segunda B.

Primero golpeó el equipo de Tarragona, que se puso por delante en el marcador tras un gol de penalti de Javier Bonilla. El Castellón volcó el campo hacia la portería visitante desde el primer momento, pero no conseguía meter la pelotita entre los tres palos. En una de esas, tras un esplendido pase con el exterior de la zurda de Gálvez, César Díaz pillaba la bola en el costado izquierdo y hacía un centro que, seguramente, no hubiera llegado a nadie, pero Albarrán lo tocó e hizo imposible la estirada de su portero, que veía como, tras ese rebote, se empataba la contienda. La afición albinegra se abrazaba, se daba palmadas en la espalda en la celebración del tanto. Rugía.    

El Castellón continuaba persistiendo en su afán de remontada y volcaba el césped. Los extremos orelluts me agradaron desde los primeros ataques que les vi. Para nada eran palos de escoba. Estaban a pierna cambiada, una moda que no alcanzo a comprender si tienes a buenos tíos arriba para rematar. El asedio y la vigorosidad por entornar el puntaje se extendían. Cinco minutos más tarde, Muguruza, que había recibido el esférico desde la otra banda, que había intentando dar el pase de la muerte y que la pelota le había vuelto, se revolvió en el área y casi sin espacio para armar la pierna se la puso a un Ortuño en el segundo palo que dio la vuelta al marcador con la testa. El murciano olió el gol.

Algarabía y fiebre otra vez en las gradas. La familia y compañeros de Tejedo me hacían el gesto de que tomara nota de lo que estaba viviendo para cuando hiciera esta crónica. Confié en mi memoria. De nuevo, duro poco el fervor por la Plana, porque Javi Márquez empataba con un gol espectacular desde su propio campo, demostrando que esa zurda estuvo para miras mayores y que todavía retiene esa calidad y precisión. Ese golpeo tras recibir el pase de una falta sacada de manera veloz pilló a todos desprevenidos, sobre todo, a Campos, portero orellut. Nadie lo intuyó excepto el mediocampista.

Pero mi concentración estaba en otro asunto: un hombre que se sentaba dos filas más abajo y dos asientos a la izquierda que llevaba en el cuello la bandera del Castellón y otra del Sahara que manteaba con la mano sin cesar. En esta se podía leer ‘Sahara’ en la franja negra y ‘Asturias’ en la verde. El tío se lo pasaba en grande, me entraron ganas hasta de hacerle un par de preguntas. Por allí dijeron que era la primera vez que lo veían.

Pasamos el descanso en pie haciendo chistes malos y chismorreos sobre el unión matrimonial que se nos viene encima. Curro y un pana suyo no paraban de criticarle a Enrique que el enlace fuera en Magdalena. Seguía pensando que el campo me molaba. Me molan los campos en los que se puede ver bien desde cualquier punto y no pagas por ver hormigas. Eché en falta la típica persona que va vendiendo bolsas de papas, quicos, pipas y bebidas entre las filas. Creo que hace años que ya no están por los campos. El Castellón está a 155 abonos de los 14.000. Debatimos sobre la opción de hacer un estadio más grande. Él me dijo que con capacidad para 20.000 estaría bien. Hay desmesurada ambición en todos los seguidores por su equipo.

Alguna que otra ocasión en la segunda parte. Nada serio. El encuentro había estado entretenido. “El partido ha sido chulo. Si no eres de ninguno de los equipos, claro”, escuché desde varias filas atrás. Estaba de acuerdo con la apreciación. El atardecer malva sobre las gradas de Castalia iba dejando paso a la oscuridad de la noche. Algún susto se llevó la parroquia local congregada allí en un domingo de invierno tirando hacia la conclusión. Y los aficionados que no estaban de acuerdo con las decisiones arbitrales llamaban al colegiado con el nombre de un animal de cinco letras.

 

“En Segunda B no se ven goles de falta”

 

Seguía intentando perpetrar la portería rival el Castellón. Tuvo una falta cercana y algo escorada. Se podría pensar con mucha asiduidad que una acción así acabaría dentro. “En Segunda B no se ven goles de falta”, comentó Enrique. Bernabé se tuvo emplear duro para despejar el lanzamiento. Casi dejan mal a mi amigo. El karma hubiera hecho de las suyas esta vez.  Y le pregunté por qué no cambiaban al delantero ese grandote que no había hecho nada y me respondió que era el que marcó el segundo. Pensaba que había sido el otro ariete.

Sacando a Cubillas, al que le tienen mucho cariño porque le acortan el nombre, por ese mediocentro reconvertido, Óscar Cano, entrenador del Castellón, ponía todas las cartas sobre la mesa. Se la jugaba para ganar. Castalia bombeaba sangre para ayudar en ese esfuerzo. Tras varias acciones que desbarató el portero tarraconense, los albinegros tuvieron una última oportunidad en forma de córner. El saque de esquina acabó en el segundo palo, donde Lapeña no mostró ni el más mínimo aprecio por su vida para rematar el balón y superar a Bernabé, que pese a los tres goles hizo un buen partido. El Nàstic se echó atrás y trabajó el drama para acabar perdiendo. Las almas de la afición local saltaban de felicidad por el triunfo y el entusiasmo llegaba hasta la gran y pesada luna. El tío de las banderas a lo suyo, en éxtasis puro y grabándolo todo con el móvil.      

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Cuando el árbitro usó la boca para pitar el final, las constantes vitales todavía estaban por las nubes. Fue nada más sacar de centro. Nos despedimos rápidamente y me aseguraron que leerían si escribía alguna cosa. Lo agradecí. Enrique y yo salimos disparados y sin prudencia. Teníamos que pasar por su casa e ir a la estación para volver a Valencia. No hubiéramos llegado si no es gracias a su padre, que nos llevó a la estación y nos recordó las grandes gestas del club. Sacamos los billetes justo a tiempo. Bajamos a toda hostia las escaleras y entramos en el tren justo cuando el ruido que hacen las puertas al cerrarse molestaba.

Ya una vez sentado, pensé en el día que había vivido. Ya estábamos en movimiento a través de los raíles pasando por las sombrías colinas bajo las resplandecientes estrellas. Me reconfortó pensar que hay gente que siente de veras el fútbol fuera de los grandes focos y el sensacionalismo. Que hay lugares donde los niños llevan el chándal solo porque es día de partido sin necesidad de ningún otro argumento, donde se reza por el equipo de la comunidad a la que se pertenece, donde ir al campo es religión, donde no sientes los ojos clavados en la espalda, donde luchar por lo mismo es doctrina, donde me hizo que nada más arrancase el tren mirase si al Sabadell le habían empatado en el postrero suspiro de su partido como se escupía por los vomitorios de Castalia y donde soñé que volvería.


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