Prólogo de Simon Kuper


 

La noche en la que fui a tomar algo en una terraza de Barcelona con Jordi Brescó y Pau Riera fue como conocer a mi yo de joven. En 1992, con una máquina de escribir a cuestas me embarqué en la escritura de Fútbol contra el enemigo, una búsqueda del significado de la afición al fútbol alrededor del mundo. Cuando los conocí, Jordi y Pau estaban ultimando un libro similar: una exploración de distintos derbis alrededor de Europa. Como yo en aquel entonces, eran unos jóvenes que, con gran esfuerzo, consiguieron reunir suficiente dinero para viajar con lo justo y reportear sobre aficionados de fútbol. Como yo, creían que es sobre el terreno como se descubren cosas inesperadas y se desmontan tópicos. Su libro, con hermosos textos y fotografías, ofrece una sorprendente y novedosa perspectiva sobre los derbis futbolísticos.

Puedo explicarlo mejor contando una historia de una ciudad que tanto ellos como yo hemos visitado, con 25 años de diferencia. En una típica tarde helada de primavera en Glasgow, en 1993, presencié mi primer Old Firm entre el Celtic y el Rangers. Históricamente, los católicos de Glasgow apoyan al Celtic, y los protestantes, al Rangers. Aquel día me situé en el fondo del Celtic, vistiendo una bufanda del equipo por seguridad, entre aficionados que cantaban canciones proterroristas, mientras los hinchas del Rangers respondían con canciones de guerra. El encuentro fue horrible: “¡Y en medio de todo aquello, se desata un partido de fútbol!”, dice un viejo chiste glasgowiano.

Más tarde, al abandonar en solitario el estadio cometí un error. Los aficionados de ambos equipos caminaban por rutas estrictamente segregadas para ir y volver del estadio, pero yo no lo sabía, y salí justo por donde venían los aficionados del Rangers. Los primeros con los que me encontré me ignoraron, hasta que un hombre fingió darme un cabezazo (un ‘beso de Glasgow’) al cruzarnos. Digo que lo fingió, pero solo lo supe cuando su cara se paró a un centímetro de la mía.

Viéndolo con perspectiva, aquello era exactamente lo que esperaba sentir en un derbi. Habitualmente, en los derbis europeos los dos clubes rivales tienen raíces distintas en cuanto a religión o clase social. En Italia, el Milan solía captar a sus aficionados de entre los migrantes italianos pobres de la ciudad, mientras que los del Inter normalmente procedían de una clase media local más acomodada.

Este choque entre clubes históricamente obreros y clubes históricamente pijos subyace en muchos derbis: Boca Juniors contra River Plate, en Buenos Aires, o el Betis-Sevilla, así como el derbi regional más grande de Francia, que enfrenta la localidad obrera posindustrial de Saint-Étienne contra la rica y burguesa Lyon. En un partido, los aficionados del Lyon mostraron una pancarta que rezaba: “Nosotros inventamos el cine mientras vuestros padres morían en las minas”. Y aunque el Real Madrid-Barcelona no es un derbi, también tiene raíces que van más allá del fútbol: el club de la capital contra la entidad a la que Manuel Vázquez Montalbán definió como “el ejército desarmado de Catalunya”.

Solo en Inglaterra —uno de los grandes focos de atención de Rivalidades crónicas—, esas antiguas divisiones sociales solían ser difíciles de discernir. Probablemente no haya otro país con más derbis. Inglaterra está repleta de ciudades de provincia sin encanto, de esas de las que pocos extranjeros habrían oído hablar si, recorriendo sus pequeñas calles, uno no se tropezara con un campo de fútbol y luego otro, a solo una o dos millas de distancia. Aun así, nunca estuvo claro qué diferenciaba a un club inglés de su vecino. No lo hacía la religión (que en Inglaterra empezó a morir hace 200 años), ni tampoco la clase, dado que todos los clubes profesionales ingleses son obreros en su origen. Allí, el club local al que apoyas suele depender de una decisión personal. En la ciudad de Liverpool, que acoge el Everton-Liverpool —quizás el derbi más cordial que existe—, es habitual encontrar aficionados de ambos clubes en una misma familia.

Pero hoy, como Jordi y Pau describen con sutileza, todos los derbis europeos empiezan a parecerse a los ingleses: en todos lados, las viejas divisiones de clase y religión están muriendo. En nuestro continente, los derbis ya no enfrentan a una tribu contra la otra.

Me di cuenta de este cambio cuando volví a Glasgow en 1999. Conocí a un católico que era del Celtic —hasta aquí, todo normal—. En los Old Firms, el hombre disfrutaba insultando a los protestantes —ídem—. Incluso le había puesto a su segundo hijo los nombres de cada miembro del Celtic que ganó la Copa de Europa de 1967 (“Los suplentes no cabían en el certificado de nacimiento”, se quejó). Parecía la misma historia de siempre, solo que ese hombre estaba casado con una protestante. Mientras su mujer se recuperaba del parto en el hospital, él se escabulló al Ayuntamiento para registrar al niño. Cuando ella se enteró, sintió tanta frustración que derribó una puerta de una patada. El hombre me enseñó una foto de su hijo, a los dos días de nacer, vestido con la camiseta local del Celtic y en los brazos de su hermano mayor, que llevaba la segunda equipación. “Digámoslo así —sonrió—: el chaval nunca jugará en el Rangers”.

Para él, que no tenía nada en contra de los protestantes, el Celtic-Rangers ya no iba de religión. Lo mismo ocurre con muchos otros aficionados de ambos equipos: hoy en día, muchos católicos de Glasgow se casan con no católicos. Pocos glasgowianos siguen yendo a la iglesia. En otras palabras, aunque los hinchas del Celtic y el Rangers aún canten lemas sectarios, ya casi nunca creen en su contenido. Solo sirven para que el Old Firm sea más divertido. Mientras, los futbolistas de hoy en día suelen carecer de conexión con los derbis que juegan. Casi todos vienen de fuera de la ciudad de su club, e incluso de fuera del país. Muchos de los jugadores de la era moderna del Rangers son católicos —algo impensable hasta hace 30 años—. Los derbis europeos, por mucho que suban la temperatura de las gradas, en la actualidad son solo partidos de fútbol, y no conflictos sociales dirimidos en el estadio.

En muchas partes de Europa, las pasiones tribales se han diluido a medida que el continente se ha pacificado. Leyendo la prensa, uno puede pensar que no hay precedentes de una Europa tan catastrófica. No es cierto. La mayoría de europeos ya no son religiosos, las diferencias de clase se han reducido, y Barcelona ya no está bajo el control de una brutal dictadura dirigida desde Madrid. Lo que uno escucha en los derbis europeos de ahora ya no es el reflejo de otras pasiones. Más bien, el fútbol se ha convertido en una causa en sí misma.

De modo que, cuando los hinchas de Glasgow entonan canciones sectarias, simplemente están usando símbolos ajenos al fútbol para ponerle picante a un partido. Los viejos ingredientes hacen que un derbi sea más divertido. Y los medios de comunicación deportivos —que adoran los derbis— seguirán desempolvando antiguas historias sobre religión, clase y guerra para encontrarle una explicación a esas emociones. Los aficionados se pasan el día interpretando un papel: lucen los colores del equipo, insultan a grito pelado y se graban mientras lo hacen. Muchos de ellos terminan metiéndose tanto en el papel que, mientras dura el partido, sienten ese odio de verdad. La mayoría llevamos dentro una sorprendente cantidad de veneno oculto, y el estadio que acoge un derbi es uno de los contados escenarios donde está socialmente aceptado, e incluso se fomenta, liberar ese odio.

Pero el fútbol es también una excusa para construir comunidad, sentirse vinculado a la gente de tu mismo entorno. La mayoría de europeos viven vidas cada vez más atomizadas, en casa con sus ordenadores. Las iglesias, los sindicatos o incluso el matrimonio ya no crean los lazos vitalicios de antes. La pasión por un club de fútbol nos ayuda a no sentirnos solos —y no hay día más apasionado que la jornada de derbi contra el rival odiado.

Después del partido, uno puede salir a cenar con seguidores del enemigo. Hasta puede marcharse a casa y acostarse con uno de ellos. Hoy en día, incluso un derbi es, en la mayoría de casos, solo un partido. Pero como Jordi y Pau nos enseñan, a los aficionados parece importarles tanto como siempre.

 


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Fotografía de Pau Riera.