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Tú que sabes de fútbol

Trabajar de periodista deportivo y comer con tu familia por Navidad es un mal negocio. Seguro que tu tío vuelve a preguntarte por el fútbol

fútbol

Para algunos la Navidad es una tienda del centro llena de gente con abrigo. Para otros, un tronco ardiendo en el fuego y una canción de Mariah Carey sonando bajito en alguna parte. También los hay que la asocian a la cara de susto de Macaulay Culkin, a un árbol oscuro a punto de ser devorado por la nieve, a una tarde en el cementerio, a un jarrón abarrotado de caramelos redondos, al ruido que hace el papel de regalo cuando lo rompes. Para mí es una sobremesa en una casa con los techos altos y los muebles viejos, un fuerte olor a pollo asado, a café y a cigarrillos (el mundo no se desmoronará del todo mientras haya un comedor en el que alguien se encienda un pitillo y no lo miren como si acabara de estrangular a un niño), en la que de repente se me acerca uno de mis tíos, probablemente el que lleva la peor camisa de cuadros de la mesa, indiscutiblemente el que se ha servido más copas de vino, y me susurra algo tipo “qué vamos a hacer con Xavi”, o “cómo funciona lo de la Superliga”, o “estos del VAR quién los pone”. Ser periodista deportivo es peor que ser policía o médico, porque mientras que de ellos se espera que carguen siempre con su trabajo por si deben salvar una vida, de ti se espera que hagas lo mismo, pero para que nadie la palme del aburrimiento. Hay algo que nos convierte en imanes para aquellos que odian los silencios incómodos. Y lo peor es que no solo acuden a ti para que los distraigas, sino también para que, “tú que sabes del tema”, aclares sus dudas. Da igual que curres en una revista especializada en esquí, que lleves las redes de una marca de pádel o que haga un año que estás en el paro: tú sabes por qué Messi no volvió al Barça o por qué Mbappé todavía no juega en el Madrid, y seguro que puedes explicárselo. Son tan insistentes, y tienen tanta fe en ti, que por un momento te horrorizas pensando en qué pasaría si se quedasen encerrados en un ascensor con el hombre del tiempo. Al final, les respondes igualmente, contándoles lo mismo que escucharían en el bar pero cambiando dos o tres palabras, adornando las frases. Porque ese sí que es un don extraño que manejamos los que nos dedicamos a esto: incluso cuando no hay nada que decir, decimos. Aunque en realidad te gustaría contestarles que no puedes ayudarles. Y confesarles que por ese motivo te hiciste periodista. Porque no tienes ni idea y quieres remediarlo.

 


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Fotografía de Getty Images.