Central Español, uno de los clubes más modestos de Montevideo, se atrevió en 1984 a romper la hegemonía Peñarol-Nacional, algo que sólo había ocurrido una vez en los 52 años de liga profesional. Lo logró la misma temporada en la que volvía a primera división, estableciendo un récord inigualado en el fútbol charrúa. Miguel Del Río, centrocampista de aquel equipo, sacó brillo en el Panenka33 a un título al que el tiempo no ha hecho justicia pero que hoy, 30 de septiembre de 2019, cumple 35 años de vida.

Le llamaban ‘Kung-fu’.

Era muy flexible. Un día fui a por un balón dividido y salté por encima de la cabeza del rival.

¿Qué ‘artes’ utilizaron para ganar la liga uruguaya 83-84?

Jugábamos como si nos fuera la vida. Presionábamos al máximo, de forma asfixiante, era todo tan coordinado que no había rival que pudiera dominarnos. No exagero. Los jugadores de Danubio, que tenían un estilo muy vistoso y técnico, solían decirnos: ‘No sean pesados, por favor, déjennos jugar’.

Usted era el sostén defensivo en el centro del campo.

Formábamos un 4-2-3-1 donde mi función era dar equilibrio en la medular.  Y ‘rascaba’, claro. Algunos me decían que era violento pero yo siempre repartía con nobleza. También es verdad que los árbitros eran distintos. Si el rival te daba una mala patada, el colegiado se te acercaba y te decía: ‘Va, devuélvela. Pero sólo una, ¿eh?’. Había justicia.

Acababan de subir a primera, algunos rivales ni les conocían.

Fue un disparate. Que no estábamos en las quinielas para ganar el título era obvio pero es que al empezar el torneo perdiendo, la prensa, todo el mundo, dijo que íbamos a descender.

Disimularon bien: de los primeros ocho partidos sólo ganaron dos.

El punto de inflexión se produjo en la segunda vuelta, aunque nuestro técnico se convenció de que podíamos ganar el título en la sexta jornada. Eso lo dijo después, claro. Si lo hubiera dicho en aquella fecha nos hubiéramos partido de risa.

¿La afición tenía expectativas?

¿La afición? Central Español era un equipo pequeño, sin cobertura mediática, con 6.000 socios y que anteriormente sólo había logrado un Torneo Competencia, que es uno de preparación, insignificante.

Pero habían subido a primera invictos.

Sí, pero al contrario de lo que se pueda pensar, no fue fácil. El campeón subía a primera tras dos años sin que la federación lo permitiera así que todos los rivales se reforzaron para buscar el ascenso. Nosotros juntamos un grupo compacto, joven, que conservamos al año siguiente.

Vale. ¡Pero es que sólo encajaron tres goles en toda la temporada!

Héctor Tuja… Teníamos un porterazo, sí, pero en honor a la verdad le llegaban poco, lo cual era mérito del resto de jugadores. El año que ganamos la liga también fue el meta menos goleado, con 17 tantos. Pero repito: la defensa, el equipo, funcionábamos como un reloj. Tanto es así que en los partidillos de titulares contra suplentes, el técnico sacaba a Tuja del choque y lo ponía a entrenar  en solitario para que no se aburriera. Jugábamos con la portería vacía, ni siquiera cuando había córners o faltas. ¡Y no recibíamos goles!

Hablando del técnico. Esta figura sí cambió de un año a otro.

Con Roberto Fleitas, que en 1987 ganó la Copa América como seleccionador de Uruguay, subimos a primera. Pero tenía un carácter muy fuerte y nunca se entendió con el ‘presi’. Así que llegó Líber Arispe, que no hizo muchos cambios en el equipo. Lo curioso es que Arispe jugó en el Defensor que ganó la liga en 1976, siendo el primer club uruguayo en lograrla que no fuera Peñarol o Nacional.

 

Entonces ya conocería la fórmula para plantarle cara a los dos grandes…

No la hay, no lo crea. Teníamos buenos jugadores y un gran grupo humano. Pero en aquella época Peñarol y Nacional siempre tenían grandes equipos, era muy difícil ganarles. También había cosas extrafutbolísticas: controlaban todas las esferas del poder. Podían insultar al árbitro y éste callaba. Lo hacías tú, y te caía una amarilla. Acababan las temporadas y ‘devoraban’ al equipo que había sobresalido. Incluso adquirían jugadores sólo para debilitar al resto de rivales, ya que muchas veces ni siquiera los utilizaban.

¿Entonces cuál fue la clave para pasar por encima de ellos? 

No hay una fórmula mágica. Conservamos el grupo del ascenso, nos reforzamos bien, el técnico repetía que nada era imposible y en casa noz hicimos muy fuertes. Aún así, ganamos la liga en la última jornada.

Hábleme de Parque Palermo.

¿Sinceramente? El nuestro era un campo de patatas, no se veía ni el césped. Pero lo aprovechábamos para hacer una presión más intensa y provocar errores del rival. Cuando llovía, aquello era directamente un lodazal. Otra cosa eran las gradas. Hubo partidos en los que logramos ‘meter’ hasta a 8.000 personas.

Más espectadores que socios…

Y lo bien que nos fue. Central Español era un club modesto y nuestras nóminas, muy bajas. Pero teníamos incentivos por partido ganado… y recaudación. Cuánta más gente venía a vernos, más alto era el porcentaje de la taquilla que ingresábamos. Hubo días que cobramos más dinero con la venta de entradas de un solo partido que con la nómina mensual.

 

“Nos entrometimos en los planes de Peñarol y Nacional. Para ellos, fuimos el vecino molesto de Montevideo”

 

Pero antes me había dicho que apenas había expectación.

Fuimos alimentándola. No éramos un equipo acostumbrado a luchar por una liga. Pero por unos meses fuimos el club simpático de Montevideo, la gente venía a apoyarnos aunque tuviera otros colores. Para Peñarol y Nacional éramos el vecino molesto, claro, el que se entrometía en sus planes de cada temporada.

Y llegó el 30 de septiembre de 1984.

He aquí un ejemplo de lo que le contaba. Llegamos a la última jornada dependiendo de Peñarol, que jugaba a la misma hora. Debíamos ganar y esperar a que no lo hiciera. Jugamos en Parque Central, contra Huracán Buceo, que no tenía estadio, y vinieron a vernos 20.000 espectadores. Fue una locura, la mayoría era gente que quería vernos levantar el título. Personas encantadas con la posibilidad de que hiciéramos algo histórico. ¿Qué pasó con los grandes medios del país? Se fueron a cubrir a Peñarol. A nuestro estadio vinieron sólo un par de radios locales.

¿Cómo afrontaron aquel partido?

Con un nerviosismo impresionante. Nunca se había visto en la historia de la liga de Uruguay un final tan apretado. De hecho, a falta de tres jornadas podíamos ser campeones hasta cuatro equipos. En la charla previa éramos flanes. Lo recuerdo y se me pone la piel de gallina. El entrenador se emocionó tanto en su discurso en el hotel que se puso a llorar. Ver a un técnico así me revolucionó mucho, me rompió. Nos dijo que ser subcampeones ya era un hito y que no necesitábamos demostrar nada más. Arispe era un tipo muy sensible. De hecho estuvo a punto de no acudir al estadio. Tras la charla técnica dijo que se iba para casa. Al final no lo hizo, pero estuvo a punto.

¿Surtieron efecto aquellas lágrimas?

Pues la verdad es que no porque en el bus que nos llevó al estadio nos quedamos mudos, había un silencio terrible, de aquellos que dicen muchas cosas. La verdad es que íbamos acojonados. Y se notó porque hicimos un partido nefasto. Muchos jugadores que habían sido importantes se bloquearon, no rindieron lo que tenían que rendir. Empezamos ganando, nos empataron en la segunda parte y a falta de siete minutos, el delantero, José Villarreal, logró darnos la victoria.

Un gol que valió un título.

Qué maravilla. Pelota bombeada que bota y se dirige al guardameta. Pero antes de que éste la pueda blocar, Villarreal pega un salto y la engancha de tijera. Sólo cuando el árbitro pitó el final supimos que Peñarol había empatado. Ni el entrenador, ni las radios que había en el campo, nos dijeron nada para no desconcentrarnos. Hubo invasión de campo, fiesta en el vestuario… Jamás lo olvidaré.

¿Sabían que muy pocos equipos en el mundo habían ganado la liga el mismo año de subir a primera división?

No lo supimos hasta que lo logramos. En 1998, cuando el Kaiserlautern hizo lo mismo en la Bundesliga, me dije: ‘¡yo también sé qué se siente!’.

Tras aquel título, la liga de Uruguay vivió una diversidad de campeones inusual. ¿Sentaron un precedente?

Nacional y Peñarol se debilitaron económicamente pero sí, creo que marcamos un punto de inflexión. Se impuso la idea de que se podía combatir al poder, con poco dinero y apostando por la formación.

¿Se ha sido justo con aquel equipo?

No. En el club nunca se dio valor a esa liga. Se lo he dicho varias veces a los directivos. La prueba de ello es que en todo este tiempo nadie de aquella plantilla regresó al club con algún cargo. Básicamente porque nadie de Central Español lo ofreció.

¿Son más generosos los medios? Este mes de septiembre se cumplen 30 años de la consecución de aquel título. 

No lo son mucho, la verdad. Harán una notita breve en la prensa y poco más. A veces lo hablo con ex compañeros y coincidimos en que somos el campeón ignorado de Uruguay.

*Fotografías de Alberto Estévez / @albertoesar