Toni Soldevilla no llegó a ser el defensa de época que muchos esperaban en el fútbol español, pero tampoco la caricatura de persona que algunos malintencionados dibujaron de él. Nacido en Hospitalet (1978) y criado futbolísticamente en la cantera del Espanyol, tuvo que cargar con el peso de las expectativas desde muy joven. En ocasiones no supo gestionarlo. De físico poderoso, exhibía sobre el verde las cualidades de un buen central: potencia, compromiso, colocación y la técnica suficiente como para actuar ocasionalmente de mediocentro. El otrora capitán blanquiazul desarrolló una extensa carrera, e incluso llegó a levantar una Copa del Rey con los ‘pericos’ (1999-00), pero algo no le dejaba disfrutar completamente con el balón.

‘Solde’ procede de una familia humilde, y como jugador ejemplificó el ascenso de la clase obrera desde el trabajo y la ambición. Jugó en las categorías inferiores de la selección y debutó con el primer equipo blanquiazul con apenas 18 años. Era uno de los ‘niños bonitos’ de aquella brillante generación que creció bajo el ala de José Manuel Casanova. El bueno de la mítica pareja que conformaba con Lopo en las categorías inferiores. Ahora habla sin tapujos de la depresión que atravesó, pero confiesa que en sus momentos más oscuros se equivocó “disfrazando y ocultando ciertos problemas, quizás por el sentimiento de culpa”. En ocasiones, sobrepasado, se guareció en las drogas. Esto hubo gente que jamás se lo perdonaría.

Hoy, cuando se expresa, evidencia la grandeza de una figura que trasciende a lo que hiciera dentro y fuera de los terrenos de juego. Es entrenador personal y trabaja para la AFE, institución con la que ha dado charlas a futbolistas en edad formativa. Vencidos sus demonios, intenta evitar que otros chavales caigan en sus mismos errores. A este cabal Soldevilla la opinión pública le debe una disculpa o, al menos, un segundo juicio de valor.

Muchos exjugadores sitúan el instante más feliz de sus carreras en algún momento indefinido del fútbol amateur, antes de dar el salto al profesionalismo. ¿Dónde estuvo el tuyo?

Lo que vives en Primera División es precioso, es lo que uno sueña siempre, pero el fútbol de verdad está en las etapas iniciales. No hay tantos intereses ni tienes tanta mierda en la cabeza, hay más compañerismo, todo es más natural. Juegas porque te gusta y porque tienes la ilusión de echar un buen rato con tus amigos. De hecho, los que en mi época estábamos en el Espanyol ‘B’ y veníamos del juvenil (Morales, Capdevila, Tamudo…) seguimos manteniendo la amistad. El fútbol en Primera está muy bien, pero le falta esa ingenuidad, esa inocencia que, con los años, todos perdemos. 

¿El fútbol de hoy corrompe demasiado pronto a los chavales?

A los críos de ahora se les mete demasiada mierda muy pronto. No me cabe en la cabeza que un alevín o un infantil tenga un representante. Los marean a edades muy tempranas. ¡Dejadlos jugar! Ese chaval tiene que pasar la edad del pavo, como todos, y no sabes si después va a querer jugar al fútbol, hacer una carrera o qué; a esa edad es muy difícil tener las cosas claras. Dejad que los niños sean niños, que se equivoquen, que sientan frustraciones… Si les gusta el fútbol les va a gustar hoy y mañana.

También debería contarle alguien a estos niños los enormes sacrificios que conlleva la profesión.

Claro. Dedicarte al fútbol, sea donde sea que llegues, comporta un montón de sacrificios, muchísimas renuncias a edades muy jodidas. Recuerdo estar un viernes con mis amigos en un parque, que dieran las siete de la tarde y tener que irme a entrenar cuando ellos se iban de juerga. Y a mí me apetecía irme con ellos, lógicamente. Me decían entonces de quedar por la mañana y no podía porque tenía partido; por la noche tampoco porque tenía que descansar… Son obligaciones que vas interiorizando con el tiempo, pero que no dejan de ser renuncias. Con 15 años me gustaban las mismas cosas que a cualquier otro chaval de 15 años.

De hecho, tú empezaste en el fútbol profesional muy joven, cuando pasas de L’Hospitalet al Espanyol. ¿Cómo viviste aquel cambio?

Con mucha ilusión. Estaba muy emocionado. Lo único negativo de aquello fue, quizá, que ocurrió demasiado rápido. Con 16 años debuté en Segunda B con L’Hospitalet y al año siguiente me firmó el Espanyol para juveniles. Pasé de jugar en campos de tierra a debutar en Primera con 18, así que vivía todo con una intensidad brutal. 

¿Quemaste etapas más rápido de la cuenta?

Sí, pero las quemé más a nivel personal que deportivo. Estaba preparado en lo futbolístico para todo lo que me pasó, pero no tanto en lo emocional, en lo mental, en lo psicológico. En algunos momentos no gestioné bien todo aquello.

¿A quién quería parecerse ese joven Toni Soldevilla como central?

A ver, Fernando Hierro era mi ídolo, pero yo tenía dos compañeros que también fueron referentes para mí: Pochettino, que fíjate la carrera que acabó teniendo, y Nando, que era todo un emblema y me marcó muchísimo. Él era un veterano que había ganado todo con Sevilla, Madrid y Barça antes de llegar al Espanyol.

Tú también fuiste un referente para un chaval que venía con fuerza de la cantera y que, como tú, acabó siendo capitán del Espanyol muy joven: Dani Jarque.

Tenía muy buena relación con él. Es más, cuando subió del filial íbamos juntos en coche, así que lo nuestro iba un poco más allá de lo futbolístico, pues hablábamos de todo. Sí que había similitudes entre ambos: vinimos desde abajo con fuerza y ganas, sentíamos el escudo… Su muerte fue un palo tremendo para mí y para todo el espanyolismo. Cuando le dije que me iba del club intentó convencerme para que me quedara, me decía que íbamos a hacer historia.

 

“Somos lo que somos por lo vivido, y tenemos que sacar la lectura positiva de todo: de lo bueno, de lo malo y de lo peor”

 

Con 21 años ocurre algo importante en tu carrera: Paco Flores sustituye a Brindisi en el banquillo. Te conocía del filial y confiaba mucho en ti. A partir de ahí comienzas a sentirte importante en el equipo.

Así es. Paco para mí es algo más que un entrenador, es como un padre, y hoy todavía conservo su amistad. Ha sido quien más me ha marcado en el fútbol, y le estaré siempre muy agradecido, pues sus consejos no se limitaban solo a lo deportivo. El año anterior había empezado Bielsa, que fue de cara y me dijo que no contaba conmigo, y le sustituyó Brindisi, que aunque me subía a entrenar con el primer equipo prefirió que me fogueara en el filial. Cuando suben a Paco, yo subo con él. Me empieza a dar oportunidades y yo a responder en el campo.

Juegas de titular ante el Real Madrid la vuelta de las semifinales de la Copa que acabásteis ganando, y te sale un partidazo. Puerta a cero y a la final. ¿Cómo vives aquel encuentro?

Pues con la inconsciencia propia de la edad. No me daba cuenta del todo de lo que significaba aquel partido. Pochettino no podía estar por una convocatoria con la selección argentina y Paco no se lo pensó ni un momento. Él era así, creía mucho en sus ideas, y confiaba en mí. La pena fue que la jornada anterior a la final tuve una rotura de fibras contra el Dépor y no pude jugarla. Pero el ambiente fue brutal, ya desde los días antes al partido: la gente tenía muchas ganas de volver a ganar una Copa después de 60 años.

Y entonces vienen los mejores años de tu carrera.

Sí, empiezo a jugar más y a sentirme cada vez más cómodo. Aprendo mucho, no sólo de Paco, sino también de Clemente, por ejemplo, con el que crecí defensivamente una barbaridad. Era un gran tipo, la gente no lo entendía porque iba de frente con la prensa, pero sabía llevar muy bien un vestuario. Se notaba la experiencia que tenía.

La afición ‘perica’ te tenía y te tiene en gran estima. Te votaron como uno de los mejores jugadores de la historia del Espanyol y la puerta número 42 del nuevo estadio lleva tu nombre.

Sí, es un tremendo orgullo, algo que no me esperaba. Todavía, cuando voy con mi hijo o mi padre al campo y pasamos por allí, me entra una gran alegría y me echo fotos. Estoy muy agradecido a la afición ‘perica’, siempre me ha tenido mucho cariño. Este club promueve ciertos valores de pasión, compromiso, lucha… y yo intentaba encarnarlos. Fue el equipo de mi corazón y lo será siempre.

Pero llega un día en que se separan vuestros caminos. Necesitas cambiar de aires y, tras un fichaje frustrado por el Parma, acabas en El Ejido. Luego pasas por bastantes equipos, incluyendo exóticas experiencias en Chipre, Rusia o Tailandia, pero en ningún sitio echas raíces ni aguantas más de una temporada. Echando la vista atrás, ¿te hubieras quedado en Barcelona?

A ver, al final uno es la suma de sus experiencias y decisiones. En según qué momentos elegí según que opciones porque pensaba que me iba a ir mejor, pero no fue así. El Espanyol me ofreció renovar, pero yo pensé que necesitaba cambiar de aires. Esto es el fútbol, también. Hasta en El Ejido, donde pensaba que iba a ser importante, en un proyecto bonito para subir a Primera, jugué apenas siete partidos. La cosa se había complicado, ya no logré reengancharme al fútbol de más alto nivel, quizá el parón que tuve en 2004 influyó bastante en mi carrera. A pesar de todo, estoy muy contento de mi trayectoria. Me quedo con lo bueno, que es mucho.

¿Fue traumática tu retirada?

Bueno, no te creas que tanto, hay gente que lo pasa peor. Eso sí, desde entonces no he echado el fútbol de menos, para nada. Tengo mi vida muy bien estructurada: trabajo de entrenador personal y en la AFE, estudio mucho… Y lo que agradezco ahora es, por fin, poder tener los fines de semana para mí. Hasta que me retiré, a los 36 años, en verano mis amigos se iban de vacaciones y yo estaba concentrado. Esta es una de las cosas que más disfruto ahora.

Dicen que el día después de decir ‘hasta aquí’ nadie se acuerda de ti.

Es así, ya cuesta que se acuerden hasta cuando estás… [risas]. Evidentemente, la vida son etapas. Y aunque en la deportiva hayas representado tanto como futbolista, al retirarte tendrás lo que hayas construido como individuo, ya no como deportista. Yo en ese aspecto me siento orgulloso: no he perdido el hilo con la gente con la que me crié, y todo lo que fui construyendo lo hice desde el corazón. Me iba a las peñas porque me apetecía, porque me gustaba sentir el calor de las personas. Cuando estás en este mundo te pueden hacer volar un poco, pero yo intenté no olvidar de dónde venía. Porque al final te quitas las botas, ya no te las pones más, y no eres ni lo que has sido en el campo ni el dinero que hayas ganado. Eres la persona que queda.

¿Es cierto que de lo malo se aprende más?

De todo se aprende, pero mirándolo con perspectiva, sí: quizá de las circunstancias peores se aprenda más. Yo cuando hablo con la gente y con los chicos en las charlas con la AFE intento transmitirles esto; que somos lo que somos por lo vivido, y que tenemos que sacar la lectura positiva de todo: de lo bueno, de lo malo y de lo peor. 

Durante tu carrera se contaron mil historias sobre ti: algunas ciertas y otras no tanto. ¿Crees que el futbolista está expuesto a que se le perdonen menos los fallos que a cualquier otra persona?

Sí, es uno de los peajes a pagar cuando estás ahí, pero tienes que convivir con ello. Al principio puede hacerte daño porque estás más verde, pero con el tiempo se te va haciendo callo. Yo he estado ahí, y al final vives un juicio constante: de los aficionados, del entrenador, de la prensa, de los compañeros… Parece que todo el mundo tiene derecho a opinar. Hay ciertas barreras que no deberían pasarse y algunas veces se pasan.

¿Qué es lo que te dolía más?

Por ejemplo, que se enjuiciara el tema personal cuando era un jugador, pues hay gente muy malintencionada que entra en cosas que no debería. La gente puede ser muy cruel. Y ya no es solo por lo que pueda sentir el jugador: yo he ido a campos y me han dicho de todo, y me daba igual, pero ahí estaba también mi hijo con tres o cuatro años o mi padre. Eso era lo que me dolía. Esa gestión era la más complicada, porque a la gente a la que quieres no deseas que te la toquen, ni verla sufrir. 

Luego está el tema de la malentendida “fortaleza mental”, y de que era tabú pedir ayuda o sentir debilidad en algún momento, cuando ser fuerte también es saber dudar. Esto parece que está comenzando a asimilarse mejor en los últimos años dentro del deporte profesional.

Totalmente. En ese aspecto el fútbol está avanzando para bien, porque se está educando al futbolista de forma integral. Ya no sólo en el aspecto físico, técnico o táctico, sino también en el emocional. Esto se cuida más, y cada vez antes, desde la base, que es lo realmente importante. A mí lo que me falló cuando era tan joven, como he dicho antes, fue saber gestionar todas estas emociones. Una actividad que puede parecer de puta madre para muchos significa venirse abajo para otros, desarrollar un estrés de la hostia. Yo, al menos, tuve mucha suerte con mi familia, que siempre fue un buen apoyo y estuvo ayudando. Es muy importante que el futbolista tenga la libertad de expresar sus miedos sin temer algún tipo de consecuencia negativa. Al final uno es jugador de fútbol, pero también es persona, que muchas veces se nos olvida. ‘Como gana mucho dinero, tenemos derecho a tirarle piedras a la cabeza’, se suele pensar. No es así. Al menos ahora han salido figuras nuevas, como los psicólogos en los equipos, el coaching, el mentoring… y cada vez están ganando más terreno porque son súper importantes.

Deportistas de primer nivel como Abrines o Iniesta han expuesto sus trastornos en público, ayudando a desmitificar y normalizar la psicología. ¿Echaste de menos algún referente así en tu época?

Pues claro. Yo he tenido problemas personales, como puede tener cualquier persona, y tenía que recurrir a psicólogos, pero fuera del ámbito deportivo. Sí que tengo que agradecer al Espanyol que siempre se comportó súper bien conmigo, tanto a título personal como con mi familia. Ellos siempre me dieron facilidades para acudir a estos profesionales. Pero no solían estar relacionados con el mundo del fútbol, con lo que no podían tener esa empatía total que sí siente un especialista del ámbito deportivo.

Esa falta de empatía general puede hacerte sentir solo, incluso empujarte a desarrollar ciertos instintos autodestructivos. ¿Fue en esos momentos cuando acudiste a otra serie de estímulos? 

He tenido sensaciones de todo tipo a lo largo de mi carrera, pero esto que cuentas me ha pasado. Ahora me siento bien y mi vida es más acorde a lo que quiero, me siento mejor conmigo mismo. Yo viví estas circunstancias de las que hablas, y al final uno intenta buscar fuera lo que no encuentra dentro; algo que a lo mejor no tenía o no sabía hallar. Al final es complicado exteriorizar todo, contarle a alguien lo que te pasa realmente.

 

“Yo tenía un problema de adicción a las drogas. El club lo sabía desde que tenía 18 o 19 años”

 

Dicen que una vez que sacas fuera tus demonios, sientes una gran liberación.

Correcto, correcto, al final es un tema de exteriorizar, de exponer, de verbalizar todo con alguien. ¡Pero con alguien con quien no te sientas juzgado! Cuando estás metido en una movida, sea del tipo que sea, es muy importante que te escuchen sin prejuicios. Si te sientes entendido es la hostia, y si empatizan contigo, aún más. Yo creo que lo más complicado es sentarte y tener la capacidad de contar algo que, en ese momento, piensas que es una locura sentir. Te vas viendo más pequeño, más pequeño, y te preguntas: ‘¿cómo salgo de aquí?’. Pero cuando das ese paso te liberas, porque también hay gente que puede estar pasando por lo mismo que tú, aunque lo viva de otra manera. Empiezas a darte cuenta que tampoco pasa nada, que se puede salir. 

Que no eres tan diferente, tan especial. Que esto le pasa a todo hijo de vecino.

Claro. Y verlo cuando las cosas te van bien es muy fácil, pero ser objetivo cuando te van como una puta mierda, cuando estás en una depresión como yo estaba, es muy complicado. Y claro, has de tener la capacidad para exponerlo, para verbalizarlo. 

¿Guardas rencor a esa gente que no supo o quiso comprenderte? Gente que murmuraba a tus espaldas, titulares de la prensa poco adecuados…

No, sinceramente, porque al final todo esto entra dentro del juego. El mundo del fútbol mueve muchas cosas. Ni en su momento ni ahora lo he pensado, creo que era lo que me tocaba vivir. Cuando me pasaban cosas así me paraba a pensar: ‘¿qué tengo que hacer para mejorar esto?’, pero luego te das cuenta que las hostias te van a caer igualmente. La rabia la he tenido más conmigo mismo. Me echaba en cara no haber dado el paso antes, porque hubiera sido todo más fácil. A la gente no puedo achacarle nada porque era lo que percibían y, en cierta manera, lo que estaban viendo.

En 2003 tuviste un sonado contratiempo en A Coruña. Aunque viajaste con la expedición del Espanyol, Luis Fernández decidió no convocarte para aquel partido. Te fuiste de bares en la previa y alargaste el ‘paseo’ hasta la tarde siguiente. Una vez llegado a ese punto límite, decidiste, junto al club, que era hora de tomarse un tiempo. Y entonces te buscaron un centro en Valencia para ponerte en manos de profesionales.

Sí, ese fue el límite, aunque todo eso venía de antes. Yo tenía un problema de adicción a las drogas, lo he tenido siempre. El club lo sabía desde que tenía 18 o 19 años. Luego ya en esa época, con 25, me pasó lo de A Coruña, un episodio nada agradable para mí ni para el club, así que decidí irme a un centro en Valencia. Me diagnosticaron un Trastorno por Déficit de Atención Adulto. Hasta entonces, no era consciente de lo que tenía, pero allí me hicieron entender, más o menos, que lo que pretendía consumiendo era compensar todo aquello que mi cerebro no podía generar. Era la “medicina” que me faltaba. Cuando volví, a mediados de febrero o marzo, dos meses y medio después, el Espanyol estaba en situación de descenso y jugándose la vida. Nos sentamos entonces con el club, que como es lógico tenía dudas, y decidimos que volver no era lo mejor en aquel momento. Convenimos que lo mejor era apartarme y entrenarme por mi cuenta. Cuando acabara la liga ya decidiríamos lo que hacer, ya fuese estando el equipo en Primera o en Segunda, porque a mí todavía me quedaba otro año de contrato. 

¿Cómo se levanta uno de un revés así?

Son situaciones muy jodidas. Todo esto que he vivido, los ingresos, los altibajos, el hecho de que mi problema fuera un secreto a voces, me ha afectado. He tenido que reinventarme y aprender constantemente, ya que esto no es algo que pueda superarse de repente. Personalmente, psicológicamente, he tenido que trabajar mucho. 

¿Tienes algo que recriminarte?

Algo en lo que me he equivocado mucho, quizás por el sentimiento de culpa, ha sido al intentar disfrazar y ocultar ciertos problemas. Porque no pasa nada por decirlo. No me enorgullecen ciertas cosas que haya podido hacer, es cierto, pero me considero una buena persona. No le he hecho daño a nadie de forma consciente, pero a mí mismo sí que me he hecho daño; he tenido episodios muy ‘heavys’. Entonces, si sé lo que cuesta levantarse, para qué voy a disfrazarlo ahora, si entiendo que igual con lo que cuento una persona puede sentirse identificada y le puedo ayudar. En el momento pensaba que yo era único, pero luego me decía: ‘Hostia, Toni, lo que te está pasando le puede pasar también al vecino de al lado. Al panadero, al banquero, al futbolista… a quien sea’. De ahí mi forma de expresarlo ahora.

 

“Como la cagues de nuevo estás liquidado, es muy difícil rebatirle a la gente cuando recaes. Dicen: ‘ves, yo ya lo veía, este es el de siempre’”

 

Todo aquello de la clínica se hizo público. ¿Notaste una mayor presión a tu vuelta?

Evidentemente, aunque la gente fingía normalidad conmigo, en ese momento notaba una lupa encima todo el tiempo. Por parte de todo el mundo. Al final yo lo normalizaba, pero también lo entendía, porque no podía obviar la realidad. Estaba en un trabajo con mucha visibilidad, donde hay mucha competencia, con una serie de factores que tienes que aceptar. Entonces yo pensaba: ‘si tengo la desconfianza de un 99% de la gente, me lo habré ganado’. Y me decía: ‘vamos a cambiar esto, vamos a trabajar más, a estar bien en el resto de cosas que te tocan vivir’. 

¿Sentiste que te encasillaban?

Me pasó que, después de todo aquello, tomé una serie de decisiones deportivas que no funcionaron, y entonces me di cuenta de que la gente, independientemente de que estuviera haciendo las cosas bien, atribuía a lo mismo cualquier cosa que me pasara. Y a lo mejor no estaba ocurriendo en ese momento, hasta que llegó un día en el que volvió a ocurrir. Y como la cagues de nuevo estás liquidado, es muy difícil rebatirle a la gente cuando tienes una recaída. Dicen: ‘ves, yo ya lo veía, este es el de siempre’.

¿Tu entorno más cercano estaba al tanto de todos estos problemas?

Mi familia siempre ha sabido lo que había, y me ha ayudado mucho. Y en casa siempre he hablado con mi hijo de estas cosas, pues quería que aprendiese de todo lo que he vivido y que supiera la verdad. Sentía que se lo tenía que explicar porque luego él lo iba a leer en cualquier sitio, o se lo iba a contar cualquiera, e iban a distorsionarle la realidad. Mejor que supiera tal y como pasó aquello, así entiende mejor las consecuencias.