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Si jugamos, que sea para recordarlos

Anish tenía 19 años cuando, como otros muchos jóvenes de Nepal, decidió emigrar a Catar para encontrar trabajo en la construcción. Hoy su cuerpo está en un ataúd

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Durante meses, en Ghandrung las nubes se posan sobre la roca y no se quieren marchar. Es como si intentaran persuadir a sus jóvenes de que la realidad más allá de ese enclave situado entre gigantes no es tan brillante como pueden imaginar. Que detrás de esas montañas solo espera el trabajo duro y la nostalgia del hogar. Pero cuando el monzón se aparta y aparece el cielo, tan azul, su luz tan limpia, el aire que la pinta a 2.000 metros, y parece imposible que haya desiertos áridos bajo ese mismo sol, los chicos como Anish piensan en volar lejos, para regresar un día y decir que lo han conseguido.

Como hijo menor de la familia, Anish debía ayudar a sus padres. No sabía estar todo el día sin nada que hacer, tumbado en casa o tirando a canasta en la cancha irregular y agrietada. Tenía 19 años cuando, como otros muchos jóvenes de Nepal, decidió emigrar a Catar, al país donde se construye una Copa del Mundo y hay empleos y oportunidades y dinero para quien quiera cogerlo.

“No sé nada sobre fútbol, mi hijo jugaba al baloncesto”, le cuenta la madre de Anish a Martin Schibbye, uno de los reporteros que han puesto cara a las estadísticas funestas que acompañan al torneo catarí. Khuili, así se llama ella, cayó en depresión cuando supo que su hijo había muerto en una carretera del emirato. Su cuerpo destrozado, el rostro irreconocible, ha tardado días en aterrizar en Katmandú, donde lo recibe su padre, Jagan, que piensa en cómo intentó persuadirlo de no abandonar el hogar. Sin indemnización, porque Anish no falleció en el trabajo, sino de camino a él, las deudas amenazan con asfixiar a la pobre familia, que le pagó 1.000 dólares a un agente que colocó al chaval en un puesto en la construcción.

El de Anish no es el único ataúd que llega. Al mismo tiempo, se eleva uno de los dos aviones cargados de trabajadores nepalíes que se marchan cada día. Todos ellos bien agarrados a sus documentos, se desprenden de las vidas que ya nunca vivirán. Suyas son las historias que jamás conoceremos; y las manos sin las que el mundo, tan cruel a veces, pararía de girar. Si jugamos, que sea para recordarlos.

 


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Fotografía de Alberto Estévez.