Charlamos con Juan Carlos Pérez Rojo, ‘Chechu’ para sus amigos, familiares y compañeros. Rojo, a pesar de sufrir una gravísima lesión en 1987, fue uno de los protagonistas del Barcelona de aquella década, aquel en el que coincidieron Schuster, Migueli, Maradona y compañía. El mismo que ganó la Liga en el 85 y perdió la final de Sevilla en el 86.

Nuestro entrevistado fue nombrado segundo mejor jugador del Mundial sub-20 de Japón en 1979, precisamente por detrás de Maradona y, como entrenador, destaca por el importante papel que ha tenido durante años en las categorías inferiores del Barcelona, habiendo entrenado a grandes futbolistas como Xavi, Iniesta o Messi, y donde sigue ligado como scout de la secretaría técnica de Eric Abidal.

 

¿Qué significa, para ‘Chechu’ Rojo, la Masía?

Yo entré en el Barcelona en la época del presidente Montal y, entonces, no existía la Masía. Nació con la llegada de Núñez, en 1978, y, realmente, fue algo pionero, no existía en España. Oriol Tort, el entonces director de la cantera, fue precisamente quien me fichó cuando yo tenía 12 años y, muchos años más tarde, él mismo me convenció para que fuera entrenador.

Llegaban a Barcelona chicos de todos los lugares de Cataluña y España, lo cual era un concepto de cantera totalmente innovador. No solamente se formaban futbolistas, sino también estudiantes y, sobre todo, personas. Eran muy estrictos con las notas de la escuela. Recuerdo volver a los entrenamientos, tras estar con la selección española sub-18, y Laureano Ruiz me dijo que no entrenaba porque no había traído las notas, a pesar de que no me había dado tiempo a recogerlas debido al viaje de vuelta. Sin duda, la Masía te daba una disciplina, un ADN, unos valores y una manera de entrenar y jugar. De ahí salió todo lo que es ahora el Barcelona.

Estuviste en las categorías inferiores y el filial del Barcelona en los años 70 y 80. Hoy en día, sigues vinculado al fútbol formativo del club. ¿Qué cambios más significativos podrías señalar de la actual Masía respecto a aquellos tiempos?

En mi época ya era difícil llegar al primer equipo. Yo, por ejemplo, lo conseguí con 23 años. Ahora, con 18, si tienes calidad, ya puedes estar ahí. Pero, en general, se ha seguido la misma línea. De hecho, el primer equipo sigue estando pendiente de las categorías inferiores. Con el tiempo, la diferencia más notable ha sido la aparición de las nuevas tecnologías, que lo han hecho todo más fácil.

Pero el método no ha cambiado tanto. De hecho, antes de la Masía, ya se jugaba 4-3-3 y se hacían rondos en los entrenos. Era un poco diferente, porque se jugaba con líbero, pero era prácticamente el mismo concepto de hoy. No fue hasta la llegada de Cruyff como jugador, y la filosofía de los holandeses, cuando se aplicó mucho más ese sistema. Recuerdo una anécdota con Johan durante un entrenamiento… Me dijo: ‘¿dónde vas con esas botas, Chechu?’. Me dio las suyas, aquellas Puma que hizo tan famosas, y me dijo: ‘no te pongas más las otras, estas son mejores’. Estuve jugando mucho tiempo con las botas que Cruyff me dio y, claro, todavía las guardo.

 

“La Masía te daba una disciplina, un ADN, unos valores y una manera de entrenar y jugar. De ahí salió todo lo que es ahora el Barcelona”

 

¿Cuál es tu función en el Barça a día de hoy?

En mi día a día viajo muchísimo, viendo a jugadores jóvenes. Mi tarea gira en torno a las necesidades que tiene la secretaría técnica del club. Nos dividimos el trabajo, puesto que cada scout tiene una parcela de edades y de países que controlar. Yo trato de encontrar cual es el mejor jugador posible y, cuando lo tengo, se lo comunico a Abidal.

¿Cómo se gestiona, a nivel formativo y emocional, la llegada al primer equipo de los jugadores, por ejemplo en el caso de Ansu Fati?

Yo que he estado allí desde pequeño, puedo decirte que la presión es el mayor de los problemas. No podemos olvidar que Ansu Fati es un niño. No sé si le conviene salir cada día en las portadas de la prensa, teniendo en cuenta que ya tiene que soportar la presión del propio club. Si los alevines ya tienen demasiada presión, ¡imagínate los de 16! A esa edad, uno todavía no ha madurado, está en etapa de formación y, en principio, no está listo para jugar la Champions League.

Aunque el club intenta controlar la presión, es muy difícil. Se está muy pendiente de las redes sociales, del entorno, se les educa, se les hacen charlas, se les advierte de todos los peligros, etc. La Masía ofrece una educación global. Aunque hay que recordar que Ansu ya no está en la Masía, entonces ya es cuestión de los padres y del representante.

 

“Ansu Fati es un niño. No sé si le conviene salir cada día en las portadas de la prensa, teniendo en cuenta que ya tiene que soportar la presión del propio club”

 

No todos los técnicos pueden presumir de haber entrenado a Leo Messi. Aunque fue breve, dado que el argentino pasó por cuatro equipos en un mismo año, incluido tu Juvenil A, ¿qué recuerdo tienes de aquel joven Messi?

He entrenado a muchos; Messi, Iniesta, Xavi, Puyol, etc. Y, sin duda, puedo decir que el mejor que he visto, junto con Andrés, es Leo. Iniesta era muy bueno, pero es que Messi, encima, tenía gol. Era un chico introvertido, muy callado. En el campo era increíble, pero nadie se podía imaginar que iba a llegar tan lejos.

Recuerdo que él estaba en el Juvenil B, donde destacó tanto que, al poco tiempo, lo subieron conmigo al Juvenil A. En su primer partido, en Valencia, el equipo no conseguía salir del empate a cero, él no veía la bola y estaba recibiendo hostias por todas partes. Estuve a punto de sacarlo hasta que la vio; metió tres goles en cinco minutos. Después de eso ya sí que lo saqué. Se extrañó por el cambio, pero es que, después del hat-trick, seguro que lo mataban de verdad.

 

 

¿Messi sigue pareciéndose a aquel chico de 2004?

En el fondo no ha cambiado, porque sigue queriendo aprender y mejorar. Y eso es lo más difícil de encontrar en un jugador. Para mantenerte tantos años en la élite, tienes que ser mentalmente muy fuerte, y él lo es. En ese sentido, me recuerda a Rafa Nadal. Y, además, ¡es que le encanta, es como un niño pequeño! Recuerdo un día, cuando yo entrenaba al Juvenil A y él estaba en el B, que el balón se fue hasta el otro campo, le llegó a él y empezó a darle toques sin parar, sin darse cuenta que todos estábamos esperando que lo devolviera.

Muchas veces se habla de que empezó siendo extremo y no es cierto. En aquel entonces ya tenía la polivalencia que tiene ahora. Era igual de bueno en la derecha, en la izquierda y en el centro. Ha prolongado esa capacidad durante 16 años, algo totalmente estratosférico.

 

“A Messi, en su primer partido en mi Juvenil A, le estaban dando de hostias y no veía la bola para nada. Hasta que la vio; metió tres goles en cinco minutos”

 

Es evidente que Leo lo tuvo fácil para llegar al primer equipo. ¿Cómo les fue a los compañeros de tu generación y a ti en particular?

En aquella época era muy difícil llegar al primer equipo. El Barça tenía dinero y cada año fichaba lo mejor que había en Europa, España y Sudamérica. La cantera era lo último en lo que se fijaba. Yo volví del Mundial sub-20 de Japón y seguí jugando en el filial. Ya tenía 23 años, estaba casado y con hijos. Y, claro, pensé en dejarlo y volver a trabajar a la Seat [Rojo compaginó su carrera deportiva con los estudios y el trabajo en la Seat, desde 1975 hasta 1982]. Pero llegó Menotti.

¿Cómo influyó en tu carrera el Mundial sub-20 de Japón (1979), donde fuiste nombrado segundo mejor jugador por detrás de Diego Armando Maradona?

Suerte del Mundial y de Menotti, que me conoció allí, cuando él entrenaba a la selección argentina. Llegó al Barça y, un día, por la mañana, preguntó por mí. Cuando preguntó por ‘Rojo’ le dijeron que se había retirado. Se pensaron que se refería al del Athletic. Pero cuando se dieron cuenta que se refería a mí, me subieron directamente al primer equipo. Imagínate si era difícil dar el salto que el club se olvidaba del segundo mejor jugador del Mundial sub-20. Allí también conocí a Maradona. Recuerdo que fuimos juntos a una entrevista para la televisión japonesa. Diego estaba jugando espectacular, yo me sentía ridículo a su lado.

Si yo jugué bien en Japón, Diego ya ni te cuento… Era espectacular. Con 18 años era capaz de echarse el equipo a la espalda, tanto en la ‘Albiceleste’ como en Boca Juniors. Estando allí, en Argentina, tenía otro carácter, estaba más necesitado. Quería mostrarse. Allí, antes de venir al Barcelona, tuvimos el primer contacto, puesto que estábamos en el mismo hotel.

Años después, tuviste la ocasión de compartir vestuario con ‘El Pelusa. ¿Qué sensación causó en el equipo la llegada de Diego?

Era espectacular tener a Maradona con nosotros. ¡Era un mago! Un día, en el vestuario, empezó a dar toques a un calcetín enrollado como si fuera un balón, ¡no le caía al suelo! Yo pensaba: ‘madre mía, si él hace esto con un calcetín, quiénes somos nosotros…’.

Diego siempre se portó fenomenal con los compañeros. Nos hacía ganar dinero, nos daba regalos y nunca pedía nada para él. Al contrario, lo que tenía, siempre lo repartía. Recuerdo, por ejemplo, cuando le pusieron puntos en la lengua después de un partido en Sevilla y tuvimos que ir a jugar un amistoso a Suiza. Él estaba obligado a jugar para que el club ganara dinero y, a pesar de que los compañeros defendimos que Diego no tenía que jugar, él acabó haciéndolo, por los intereses del club. Al terminar, como muestra de agradecimiento, apareció con un carrito lleno de bombones, comida y bebida para nosotros.

Si después tuvo problemas ya lo desconozco. Se dice que se tuvo que ir por dinero y que el Nápoles le daba lo que Núñez no quiso. En fin, más tarde volví a tener contacto con él, en el Mundial sub-20 de Saviola, cuando lo fichamos. Coincidimos en el mismo hotel y, mientras yo trabajaba, ya me quería liar. Me decía: ‘vente conmigo, vente conmigo…’.

Tú que has podido conocer de cerca a los dos, ¿qué más podrías añadir a la clásica comparación entre Messi y Maradona?

Yo siempre había sido un poco defensor de Diego, pero creo que Messi lo ha superado con creces. A Diego le faltó la mentalidad europea que tiene Messi. Leo vino aquí con 12 años, se educó en Barcelona y recibió una disciplina, una alimentación, unos valores… Maradona llegó con 19 o 20 años, con otra mentalidad, diferente a lo que era la profesionalidad. No digo que fuera ni mejor ni peor, simplemente que era otra. Le costó mucho adaptarse y la gran diferencia con Leo ha sido precisamente esa, la mentalidad europea. Es la gran ventaja que ha tenido Leo, aparte de su buen entorno y lo bien que ha sabido cuidarse.

 

“A Diego le faltó la mentalidad europea que tiene Messi. Leo vino aquí con 12 años y se educó en Barcelona”

 

Después de Maradona, llegaría la fatídica final de Sevilla y, al poco tiempo, la lesión más grave de tu carrera. ¿Fue esto lo que te llevó a cambiar al Barcelona por el Betis?

Me lesioné en la eliminatoria contra el Oporto. Tuve que ver la final de Sevilla desde la grada, después de la operación. Menudo partido aquel, un poco cabrón recordar eso… Lo que nos pasó es que fuimos con la mentalidad de ir a recoger la copa. Y, al final, un equipo que era inferior a nosotros supo encerrarse hasta forzar el 0-0 final. Nos llegaron los nervios y estos se reflejaron en los penaltis. Fue una auténtica decepción porque era la primera final moderna que jugábamos, después de la de 1961, y teníamos un gran equipo.

Después de aquello, se pidió la dimisión del presidente Núñez con el motín del Hesperia y a muchos jugadores los echaron; Tente Sánchez, Calderé, Moratalla, Amador, Paco Clos… A mí me cedieron al Betis, puesto que me quedaban dos años de contrato. Yo no lo sabía, pero había una cláusula que decía que si jugaba minutos me pagaba el Betis, y si no los jugaba, me pagaba el Barça. Al final no jugué ni un minuto. Volví, me reuní con Gaspart, me desvinculé del club y me fui al Palamós un año, en Segunda División.

En 1987 volviste al filial, algo totalmente extraordinario, al menos en el fútbol de hoy. ¿Cuál fue el motivo por el cual volviste al B?

Aquello fue después de la lesión y entonces el entrenador era el inglés Terry Venables. En Inglaterra era muy normal que un jugador del primer equipo, en período de recuperación, volviera al filial. Aquí no había esa costumbre y yo, sin embargo, me convertí, seguramente, en el primer jugador internacional español en volver a jugar en el filial. Jugué once partidos con el B.

En ese intervalo, echaron a Terry y llegó Luis Aragonés. Cuando me vio, me dijo: ‘Chechu, te quedas conmigo en el primer equipo’. Me metió en la lista de convocados para un partido de Copa frente al Espanyol y, al día siguiente, me llamó para decirme que no podía estar en la lista porque era mayor de 25 años y había jugado más de cinco partidos con el filial. De eso no me habían avisado.

Volviendo a la selección, a la absoluta de tu época, con Zubizarreta, Goicoechea, Butragueño y compañía, ¿qué le faltó a aquel equipo para ganar un gran campeonato?

Había muy buenos jugadores: Arconada, Goico, Andoni, Butragueño, Camacho, Señor, etc. Pero cada uno jugaba a lo que quería, fue un poco decepcionante que nadie nos dijera cómo teníamos que jugar. Solamente se hablaba de ‘la furia española’. Y, claro, yo, con 1,73 cm, contra un alemán, por mucha furia que le pusiera, me daba un guantazo y me mandaba al otro lado del campo. Aunque no tengo nada que decir contra Miguel Muñoz, el seleccionador, que fue quien me hizo debutar.

En aquella época, ya había muchos peloteros en el fútbol español y pasaron muchos años para que nos diéramos cuenta de que ellos tenían que ser los protagonistas. Hasta que llegó Luis. Vicente lo continuó, y también es un hombre de cantera y disciplina, pero la idea original fue de Luis.

 

“En la selección cada uno jugaba a lo que quería, fue un poco decepcionante que nadie nos dijera cómo teníamos que jugar. Solamente se hablaba de ‘la furia española’”

 

A partir de tu relación con jugadores del Real Madrid en la selección, ¿percibiste alguna diferencia en cuanto a su cantera, respecto a la del Barcelona?

El Madrid siempre ha apostado por el fútbol directo, con un 4-4-2 y gente muy rápida. En cambio, en Barcelona, siempre hemos necesitado gente más habilidosa, que pueda jugar en espacios reducidos. Creo que, en aquella época, estábamos muy por encima del Real Madrid, hasta que salió la Quinta del Buitre, que era espectacular.

Pero, a pesar de la Quinta, siempre se vieron muchos más jugadores de la Masía por toda España que no del Madrid. En mi época, llegar al Juvenil A del Barça significaba que ibas a ser profesional con un 60% de probabilidades y, si llegabas al filial, que lo acabarías siendo al 100%. Si ahora no llegan, es por dispersión y falta de mentalidad. En mi caso, por lo que me inculcaron, todavía me siento futbolista.

También has formado parte de clubes humildes como el Palamós, el Terrassa o el Santboià. ¿Qué puede aprender un jugador o un entrenador de élite en un club de estas dimensiones?

En estos clubes trabaja todo el mundo, empezando por ti mismo, llevándote la ropa a casa para lavarla, recogiendo el material, preocupándote de la parte médica… En el Barça yo entré con 12 años y lo tenía todo hecho. Eso no existía en los demás equipos. ¡Tampoco en Primera División! Cuando llegué al Betis, el presidente, Retamero, me recibió en el bar de enfrente, ¡estuve allí tomándome una cerveza con la Junta Directiva! Y, claro, yo estaba acostumbrado al presidente Núñez, que te los ponía ‘cuadraos’.

Por último: ¿Tiene algo que envidiar el fútbol actual al de los años 80?

Los jugadores de ahora están mucho más apartados de la gente. Nosotros dábamos un paseo por todas las ciudades donde íbamos y nos parábamos mucho más a firmar autógrafos. La gente recorría muchos kilómetros solamente para vernos jugar. Ahora los veo demasiado metidos en sus móviles, sus auriculares y no le dan bola a nadie. Sí que se paran, pero menos. La gente ya no disfruta tanto de los jugadores, ni los jugadores ven el sentimiento de la afición, por mucho que la vea gritando en la grada. Recuerdo, por ejemplo, cuando fuimos a Zaragoza, que ya habíamos ganado la Liga y, Carrasco y otro más, a pesar de un accidente que tuvieron por culpa de la nieve, se presentaron allí en una Vespa, ¡nevando!

Por lo demás, lógicamente el fútbol es mejor. Sobre todo en cuanto a los servicios médicos y a la tecnología. Yo, por ejemplo, hoy no hubiera tenido la lesión que tuve. Me hicieron una de las primeras artroscopias y, a los dos meses, acabé con el cartílago destrozado. Salía de los entrenamientos llorando. Suerte que hace dos años me pusieron una prótesis que me ha dado la vida.