Basado en una historia real


 

La primera vez que sentí esta extraña sensación, fue un día de verano del año 2005. En Mánchester se cerraba el fichaje de Edwin van der Sar por los ‘Diablos Rojos’ y los aficionados comentaban en el famoso pub The Shakespeare todos los detalles sobre la contratación de su nuevo guardameta. Se publicaba en la prensa como asunto relacionado con el dramaturgo inglés del que soy fiel admirador, entre otras cosas, por su sibilina facilidad para transmitir mensajes de presagio.

En Madrid, se cocía el sopor con cierto aburrimiento como guarnición, porque en toda España hacía muchísimo calor.

Veníamos del habitual tirón de orejas y ya llevaba un tiempo sin oírle, así que pensé que estaría tramando algo. Hasta que de repente, apareció en la habitación vestido de ‘colchonero’. Pretendía hacer una gracia para provocar la risa, lo propio de un niño de cuatro años cuando siente que papá está enfadado por culpa de una travesura previa. A fuerza de ser sincero, lo consiguió.

Puro atrevimiento me dije. El mismo que le había llevado a ponerse guantes, a pesar del calor que hacía.

Lo del traje del Atleti era lógico, pues pertenecía a una familia rojiblanca hasta la médula, abuelo, padre y ahora nieto. Vínculo que solo pueden entender los que en el ADN llevan impregnados el oso y el madroño. Pero para cualquier ser racional, mientras no se pudiera parar de sudar, sobraban los guantes en aquel atuendo a modo de disfraz.

Y estando en esto, vino a mi mente la frase de William Shakespeare, “no tratéis de guiar al que pretende elegir por sí su propio camino”. Y no reparé en nada más.

Pasó el tiempo y llegamos a noviembre del año 2010.

Ambos, padre e hijo, éramos habituales sufridores en las duras jornadas futbolísticas de Hortaleza, nuestro querido barrio, la demarcación del Sabio que cambió el orgullo patrio, el Zapatones, hoy también otro lugar de tertulia cercano al Wanda Metropolitano.

Lluvia, frío y viento, unos días. Otros, calor agobiante y búsqueda de sombra para cobijo. Algo que entiende como habitual cualquier padre con un hijo portero de nueve años, porque a aquél enano del disfraz se le había metido en la cabeza situarse bajo palos.

Y volví a sentir por segunda vez la misma sugerente sensación, cuando una tarde se me acercó un joven y me dijo que si quería que mi hijo pasara una prueba para fichar por el Real Madrid.

 

Una tarde se me acercó un joven y me dijo que si quería que mi hijo pasara una prueba para fichar por el Real Madrid

 

Ante mi parálisis facial, otros padres se acercaron para decirme que se trataba de un ojeador, una rara avis que hasta ese día yo solo identificaba como el que va dando voces para espantar la pieza de caza. Cosa que no ocurrió conmigo, lo del espanto, porque aunque deseaba huir corriendo, tenía los músculos paralizados. Hasta llegué a pensar que me estaban grabando para un programa televisivo de bromas. Pero era real, me tentaban para que mi hijo cruzara el frente y se alistara en el enemigo.

La insólita propuesta ocasionó que no pudiera frenar la ansiedad del niño, ni su insolente inocencia ante tal novedosa expectativa, y empecé a agobiarme pensando en quien se lo iba a decir al abuelo, todo un riesgo. Así que me dejé llevar…

En un día de reunión familiar, cuando ya habíamos firmado por los ‘merengues’ en Valdebebas, le dije a mi hijo que debía ser él quien se lo contara al abuelo, mientras yo me escabullía con la excusa de preparar la paella.

Y ocurrió que al rato, el abuelo entró en la cocina con una sonrisa de oreja a oreja, diciéndome que el niño era un guasón, que decía que había fichado por el Real Madrid creyendo que a sus años le iba a engañar.

Yo, mientras tanto, entre atónito y acongojado, en vez de sal echaba azúcar a la paella. Así que tuvimos que pedir unas pizzas para poder celebrar aqualla comida familiar, en la que el abuelo repitió una y mil veces que su nieto algún día ficharía por su glorioso Atleti, como si de una premonición se tratara. Recuerdo como si fuera hoy que solo comí una aceituna. No me pasaba nada por el gaznate.

Y en mi mente no paraba de repicar una frase de otro de mis referentes, Miguel de Cervantes en Don Quijote de la Mancha, “cada uno es tal y como Dios le hizo, y aún peor muchas veces”.

Y volvió a pasar el tiempo hasta febrero de 2015.

Entrar en el Real Madrid fue difícil, pero más lo era mantenerse, como así ocurrió después de tres años, cuando se nos invitó a dejar el puesto para que lo ocupara otra promesa.

Tras la siempre dura despedida, tuve que tomar la decisión de que el proyecto de portero volviera a jugar dos años en el Sporting de Hortaleza, su feudo natal, priorizando sus estudios sobre su posible carrera deportiva.

Pero el tozudo destino volvió a intervenir sin rubor. Una mala temporada en uno de los equipos atléticos de la cantera, propició que se pensara en mi vástago para reforzar su portería.

Esta vez me hice el valiente y atesorando una gran dosis de valor le eché un par. El que se lo dijo al patriarca del negro bigote fui yo, que me abrazó muy emocionado y ya nunca dejó de atribuirse como propia su profética predicción. En los años siguientes, la repetiría por doquier hasta decir basta.

Y comenzó a recorrer por mi cuerpo ese gusanillo al uso, que vaticinaba un futuro prometedor como jugador rojiblanco, mezclado con la indomable sensación que apareció por tercera vez, en esta ocasión en versión continua utopía. Porque a esas edades, ya se empieza a escuchar el repetido soniquete de que solo llegan a la élite los menos.

Una época en la que, con machacona recurrencia, el caballero de la triste figura repetía en mi conciencia, “cambiar el mundo, amigo Sancho, no es locura ni utopía, mas si justicia”.

Y volvió a pasar el tiempo y llegamos a abril de 2019.

Los siguientes cuatro años se tradujeron en una maravillosa experiencia. El destino había querido que el joven arquero formara parte de uno de los equipos más brillantes que había tenido la cantera rojiblanca en su historia.

A los campeonatos de Liga, se sumaban trofeos en torneos internacionales que se disputaban por la vieja Europa y hasta en la lejana China. Lo que le llevó incluso a ser convocado para unos entrenamientos con la Selección Nacional de España en diciembre de 2017, mientras que recibía ayuda desde el cielo del abuelo, su fan numero uno, que había partido ese mismo año y ya gozaba de abono en tribuna de preferencia.

Pero el progreso en su deseada carrera deportiva, exigía la búsqueda del máximo de minutos de juego, algo muy difícil de conseguir en la cantera de los grandes, lo que se transformó en una preocupación y cierto desasosiego.

Hasta que, de modo sorpresivo, se nos propuso participar en otro proyecto que rompía moldes. Los paisanos de Don Quijote y Sancho llamaron desde la Mancha profunda para proponer una posible cesión al histórico Albacete Balompié. Nos íbamos a los dominios del Queso Mecánico y a su Corner, en la Ciudad Deportiva Andrés Iniesta, entrañable lugar donde los haya para empaparse de fútbol y buen degustar.

Y volví a sentir esa extraña sensación por cuarta vez, en esta ocasión disfrazada en forma de ruptura. Se desmoronaban todos los proyectos y por qué no decirlo, ese sueño de poder defender algún día la portería del primer equipo atlético. Y además, aparecía el temor a cometer una equivocación que pudiera propiciar un retroceso en su carrera deportiva.

Menos mal que Cervantes ya nos había dejado el consejo adecuado para este tipo de situaciones, en las que la incertidumbre abona el terreno fértil en el que crecen las nuevas posibilidades, “donde una puerta se cierra, otra se abre”.

Y ha pasado el tiempo durante la actual temporada 2019-2020.

Al principio llegamos a pensar que había sido un error. El primer mes fue durísimo, por la primera estancia continuada fuera del domicilio familiar y un profundo temor a que la decisión no fuera la correcta.

Nada más lejos de la realidad. La temporada en el Albacete ha sido espléndida, dejando impronta de una renacida pasión necesaria para triunfar en este deporte. Mi hijo ha defendido la meta de un equipo categoría Juvenil DH más joven que la mayoría de participantes, con jugadores incluso dos años menores, que ha plantado cara a todos los grandes del grupo, con un fútbol técnico, ordenado y en ocasiones hasta preciosista.

Y recordé que el mismo día de su fichaje por el Alba, se había publicado un reportaje en El País, con el portero titular del primer equipo como entrevistado, en el que se aludía al doble llanto, “en Albacete lloras cuando llegas y lloras cuando te vas”. Y volví a sentir ese inquietante sentimiento por quinta vez.

Hasta que el legado de Shakespeare me tranquilizó, porque volvió a iluminarme: “El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos”.

Y la temporada se quebró, al son de otro tipo de aplausos.

 

Cervantes y Shakespeare se hacen presentes como sabios centinelas, para ayudarnos a salvaguardar lo más importante, la vida

 

A día de hoy, nos movemos en el mayo paralizado del 2020, donde ha llegado un virus para quedarse, con forma esférica, eso si, pero que no rueda porque al parecer tiene apéndices punzantes.

Paradójicamente, el confinamiento y la obligada quietud, coinciden en el tiempo con la situación de libertad de mi portero y la posibilidad de elegir un nuevo destino donde continuar con esta bendita locura. En ello estamos, en la elección. Digamos que deshojando la margarita.

¡Y como no iba a aparecer la grandiosa emoción de nuevo! Es la penúltima vez que vuelvo a sentir esa especie de escalofrío, que anuncia una mezcla entre predestinación y éxito.

Pero esta ocasión ha sido especial, como si algo o alguien ajeno al espacio y al tiempo, me pidiera ponerle nombre o indagar sobre un oculto significado.

De momento, lo novedoso es que Cervantes y Shakespeare se hacen presentes como sabios centinelas, para ayudarnos a salvaguardar lo más importante, la vida.

El de los molinos de viento no hace nada más que repetir que “después de las tinieblas espero la luz”. A lo que el de Stratford, con la consabida flema británica, le responde “ser o no ser, esa es la cuestión”.

Y enhiestos los dos, situados uno en cada poste, sostienen el larguero del que cuelgan los resilientes, aplaudiendo desde las ventanas o el balcón a los que apodan héroes esenciales.

Y en esto que los hados de Internet me han sugerido conjugar los estadios por los que mi sensación ha discurrido. Atrevimiento, riesgo, utopía, ruptura, pasión y libertad, todos unidos y fundidos como en un crisol. Una explosiva mezcla en búsqueda del enigmático mensaje.

Así es como he descubierto que en mi casa, desde hace mas de quince años, sin que yo le haya dado consentimiento previo para hacerlo, habita entre mi familia el espíritu antipanenka.

Puedo afirmar con rotunda seguridad, que transcurridos 44 años de aquella afrenta en Belgrado, se trata del mismo espíritu que campa a sus anchas en los hogares donde viven noveles arqueros. Jóvenes que llevan la idea de venganza grabada a fuego en su cerebro, con la sana y humilde intención de que por fin se le pueda poner nombre y apellido al justiciero parapenaltis, que algo inventará.

Y que nadie dude que en The Shakespeare de Manchester, en el Zapatones de Madrid y en el Corner de Albacete, se volverá a discutir de fútbol, pero esta vez con un portero como protagonista principal…

 


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Fotografía de Getty Images.