Puedes ser el delantero más goleador de tu país, el que más éxito internacional posee y el que más dinero acumula en el bolsillo, pero una noche la vida te espera con un revés del que nada podrá salvarte.


Hoy, los especialistas de marketing tacharían de ‘influenciar’ a cualquiera que tenga una imagen que explotar ante la cada vez más decrecida cultura de la sociedad mundial. Un sector concreto, un estilo singular y una red de millones de millennials a los que saber generar atractivo, representan hoy una de las labores diarias para millones de personas. Es decir, es un objetivo, es un trabajo y es posible desde un punto de vista virtual. Pero la realidad, es que el éxito, la fama, el estrellato y todos aquellos lugares desde donde alguien logra confort profesional debido a sus habilidades o capacidades en el mundo laboral, es un estatus que muy pocos consiguen y que, normalmente, cuesta toda una vida de trabajo alcanzar. E incluso así, nadie tiene la receta mágica y, si se busca, perderá el beneplácito global, pues esa posición privilegiada tiene un alto condicionante de azar, de suerte, de imprevisibilidad para ganar el respeto de los demás sin siquiera pretender hacerlo.

Siempre ha sido más sencillo destruir que construir y el fútbol es un ejemplo verdaderamente agresivo, cruel y a veces fugaz, de cómo el éxito llega drásticamente, encuentra su punto alto de ebullición y va descendiendo progresivamente hasta que un día se acaba la pelota y el teléfono ya no suena más. Saber gestionar cada uno de esos momentos cuando incluso en el último de estos pasos, aún serán treintañeros, es la fórmula deseada por muchos futbolistas, aunque solo algunos de ellos son capaces de interpretarla fielmente en cada momento. Una época delicada a nivel personal, un par de malas decisiones, una noche de fiesta y toparse con la persona equivocada, fue el ‘pecado’ del futbolista más querido en Paraguay, exitoso delantero en el América de México y goleador internacional que estaba a punto de dar el mayor salto de su carrera profesional. Fue la noche de la muerte y renacer de Salvador Cabañas.

 

“Entré en el baño, llegó el tipo ese, me chocó con intención y, después, sacó un arma mientras me decía que pidiera mi último deseo”

 

El 25 de enero de 2010, el fútbol latinoamericano se estremeció con una noticia que, desgraciadamente, suele ser muy habitual en ciertos países, pero que pocas veces ha tenido a un futbolista como protagonista. A las cinco y media de la madrugada, en una discoteca del sur del DF (capital mexicana), una persona había sido tiroteada en los baños y, según las primeras informaciones, la bala había entrado por la frente y quedó alojada en la cabeza de la víctima, que había llegado consciente al hospital, donde en aquel momento de caos, estaba siendo intervenido quirúrgicamente de urgencia y con pronóstico altamente grave. Dos personas ya habían sido detenidas y presentadas ante las autoridades por su presunta relación con los hechos, que tenían que ser aclarados. Aquella bala, aquel disparo, aquella sangre derramada en el baño y aquella noche inolvidable, iban a quedarse integradas eternamente en la cabeza de Salvador Cabañas, hasta ese instante, el mejor futbolista de Paraguay, estrella del equipo más afamado de México y goleador con su selección rumbo al Mundial que se disputaría meses después.

“Ese día yo jugué un partido. Lo recuerdo porque me tiraron un hielo y me dieron en la cabeza. Ganamos ese día y, al terminar el partido, lo de siempre, fui a casa, me duché, pasaba un rato con la que entonces era mi pareja y, hablando, le dije que me apetecía salir. Fuimos a una discoteca privada a la que sólo entran personalidades y que hay que reservar mesa mucho tiempo antes. Estuvimos bailando, hablando y, en un momento concreto, necesitaba ir al baño. Le dije si me acompañaba o si se quedaba esperándome y se quedó allí. Entré en el baño, llegó el tipo ese, me chocó con intención y, después, sacó un arma mientras me decía que pidiera mi último deseo porque yo le estaba robando a México y esa era mi última noche”, relata Salvador Cabañas con sinceridad, abierto a lo que es el peor recuerdo de su vida y con la mente suficientemente clara para pasear sin dilación por aquellas catacumbas mentales que desearía olvidar.

“Yo lo tengo todo muy claro en mi cabeza. Ese instante lo tengo grabado. El hombre ese, su arma en la mano… Lo tengo bien grabado y lo sigo recordando. Me apuntaba con el arma en la frente, me insultó, me dijo aquello y me decía que estaba robando a México y que no iba a vivir más. Mientras lo hacía, aún recuerdo cómo estaba temblando su mano”, insiste. Aquella persona que apuntó al delantero era conocido como ‘JJ’ (José Jorge Balderas), un delincuente ya fichado hacía mucho tiempo por la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, que fue reconocido a través de las cámaras de seguridad del bar.

 

“Nada más recibir el disparo, lo primero que recuerdo es cómo subí al cielo. Entré en un jardín lleno de flores. Me encontré a personas que ya habían fallecido y a algunos familiares”

 

Desde aquel disparo que dejó a Cabañas en el sueño de la discoteca bañado en sangre, y hasta la llegada del propio futbolista al hospital mexicano en el que iba a dilucidarse su vida con una bala incrustada en su cabeza (absolutamente todos los medios, periodistas y amigos consultados, preveían su muerte por la extrema gravedad de la situación), pasaron unos treinta minutos. ¿Es capaz la mente de guardar espacio vital para almacenar recuerdos en una situación tan límite? Según Cabañas, sí, pues vivió un momento espiritual sin igual: “Nada más recibir el disparo, lo primero que recuerdo es cómo subí al cielo. Entré en un jardín lleno de flores. Me encontré a personas que ya habían fallecido y a algunos familiares. Hablé con ellos. Les decía que mis padres estaban en la tierra, que estaban vivos y que estaban bien. Y el último que me encontré fue a Jesucristo, a Dios, me tocó en la frente en el lugar donde me había disparado el señor y me dijo que me faltaba mucho para estar allí. Decía que regresara y que ayudara a los más necesitados, que yo iba a tener todo bien pero que ayudara a quienes lo necesitan”, relata con una claridad y con una credibilidad de palabra, que asombra casi tanto como su increíble relato de los momentos más duros de su ‘vida’, si es que puede tratarse como tal el instante en el que estás desangrado con una bala en la cabeza.

Evidentemente, la crueldad del momento, la precipitación de noticias y los rumores se multiplicaron aquella noche, pero una gran parte de los informadores dieron a Salvador Cabañas como muerto. Fallaron: “Cuando desperté, lo primero que vi fue a mis familiares que estaban conmigo. Mi hijo y mi hija me estaban apretando la mano esperando a que despertara. Ahí no recordé todo lo que había pasado, pero con los minutos y las horas, empezó a llegar todo a mi cabeza. En aquellos días, me pusieron los vídeos de la discoteca para que mi cabeza pudiera ser capaz de recordar con más facilidad. Fue duro”, afirma con una entereza difícil de explicar teniendo en cuenta lo sucedido.

36 días más tarde, tras rehabilitación (algo que aún dura a día de hoy), el paraguayo abandonó el hospital pero, evidentemente, su vida había cambiado. Primero, porque toda su familia había sufrido una transformación (su mujer le dejó y ha conseguido grandes cantidades de la fortuna de Salvador hasta el punto de casi obligarle a empezar de cero) y, sobre todo, porque en su cabeza iba a tener un compañero de viaje para la eternidad: “Hay daños, por ejemplo, la memoria a veces me falla por más que haya hecho recuperación psicológica y, teóricamente estoy recuperado. Pero claro, tengo una bala en la cabeza. No tengo temor por ello y los doctores me aseguran que no habrá problema porque la bala quedó encapsulada y ya es parte de mi cráneo. No debe haber más temor con ello”, resalta, intentando convencer con sus palabras a quien le escucha, casi al mismo tiempo que intenta asegurarse a sí mismo que la bala jamás dará señales de vida.

Sin embargo, hasta aquel 25 de enero de 2010, Cabañas era un goleador, una estrella del fútbol paraguayo, un icono en el Azteca y el bálsamo optimista de su país para el Mundial. Desde entonces, la pelota quedó a un lado. Según los doctores, para siempre. Según Salvador, para cuando fuera posible recuperarse del todo: “Era lo que más quería, volver otra vez al fútbol. Y lo conseguí, porque después de todo aquello, fui capaz de jugar un tiempo más [dos años después del atentado, disputó partidos con el 12 de Octubre en la tercera categoría del fútbol paraguayo, así como algunos encuentros más con General Caballero, de segunda división y con el club brasileño de Tanabi, en cuarta categoría]. Pero ya he decidido hace un tiempo retirarme, ya  no quiero jugar más y conseguí todo lo que jamás imaginé en el fútbol. Ahora vivo con mis padres en Itaguá, que es mi ciudad de nacimiento y abrimos una panadería. Disfruto de ellos, de su compañía, de sus palabras y de su experiencia, algo que no pude hacer antes porque siempre estaba lejos y pensando en otras cosas relacionadas con mi vida de futbolista. Ahora me preparo para ser entrenador y ojalá lleguen oportunidades”, redondea Salvador, consciente de haber tenido que dejarlo antes de tiempo si nada hubiera sucedido, pero también orgulloso de haber podido sentir de nuevo el césped cuando poco tiempo antes, todos le daban incluso por muerto, o vivo, pero con mil condicionantes físicos que superar a diario.

Quizás por ello, el simple hecho de poder soñar con seguir teniendo retos, es lo que hace de Salvador Cabañas un icono para todo su país y un ejemplo perfecto de cómo superar lo que nadie imagina tener que afrontar. El pasado quedó atrás y una bala en su cabeza se lo recuerda cada día. El mañana está por llegar y un balón espera que todos aquellos goles sigan gritando con orgullo allá donde decida estar.


En el programa-podcast Nº16 de ElEnganche en SpainMedia, estuvo con nosotros el propio Salvador Cabañas (leyenda del fútbol paraguayo), Edgar Cantero (periodista deportivo paraguayo) y Alfredo Martínez (director cinematográfico que realiza película sobre Cabañas).