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Arnau Griso: “Recuerdo chutar con Adriano y tirársela larga a Martins”

"El fútbol es un deporte fácil de cojones y democrático al máximo, una excusa para juntarte", afirma el duo catalán, que acaba de publicar su disco de despedida

“Todo empezó como una broma”, como cantan, pero, una década más tarde, Arnau Griso, frescos e indefinibles, acumulan millones de reproducciones en YouTube. Arnau Blanch (1993) y Eric Griso (1990), ambos nacidos en Sant Cugat del Vallès, presentan este viernes su segundo y último disco: Eric Blanch. Se van. Pero antes de bajar del escenario, culés de cuna, muestran su cara más balompédica, reviviendo goles y borracheras alrededor del fútbol; prólogo y maná de preciosos momentos.

¿Si hablamos de fútbol e infancia, en qué pensáis?

Eric Griso: Mi primer recuerdo vital es el rombo de Sony. El sonidito de cuando encendías la Play. Me la regalaron en Navidad, con cinco años. Jugué más de 1.000 horas al Crash Bandicoot y después recuerdo viciarme mucho a los primeros Pro Evolution Soccer, chutando con Adriano desde todas partes o tirándosela larga a Obafemi Martins. Corría como un loco. Tenía un amigo bastante superdotado que sabía exactamente qué parte de la barra tenía que rellenar para marcar desde el medio del campo y era: ‘vale, tío, te sabes el fallo del algoritmo, ya no tiene gracia. Jugar contigo’. Metía unos golazos increíbles desde el centro del campo, en esos Pro tarados. También me acuerdo de la Liga Máster, con Castolo, Minanda y compañía.

Arnau Blanch: En la furgo tenemos una consola, y hemos jugado muchísimo al FIFA ahí. Un día descubrimos que era incluso más divertido crear jugadores en base a colegas. Hacíamos puras mierdas. Los hacíamos muy buenos en algo, top, pero malísimos en el resto. Con 99 de velocidad, pero con 1 de disparo. De metro cincuenta, pero con un remate de cabeza de 99. Y también recuerdo haber dado muchas vueltas alrededor de gasolineras o salas de conciertos para terminar partidos, porque si se paraba la furgo se apagaba la Play, y diez tíos, niños, pendientes y apostando alrededor de la tele. O un día que nos gastamos como 20 o 25 pavos, o más, en cromos y acabamos todos pegando cromos al álbum.

EG: Volviendo a la infancia, recuerdo volver a casa con las rodillas totalmente reventadas, por la típica pista de cemento que era como papel de lija para humanos. Recuerdo acabar siempre hecho una mierda. Y los parches en los pantalones. Jugábamos alemanas desde primera hora de la mañana. Y al que perdía, chepaculos. O el típico rápido. Te exigía menos y podías jugar con el bocata, comiendo mientras hacías cola. Recuerdo, también, la ansiedad de que Oliver y Benji te dejaran siempre a medio partido. Pero me encantaba.

AB: Cuando descubrimos la catapulta infernal el resto era mierda. Ya no queríamos nada más. ‘Ahora, haced todos los goles así’. Yo también recuerdo jugar a caño-paliza. El nombre ya te decía las reglas. No había más: ‘si te meto un caño te apalizo’. Lo que más recuerdo, de la infancia, es cambiar cromos sin tener ni puta idea. Siempre me timaban. Siempre me engañaban. Recuerdo llegar a casa y pensar: ‘¿cómo has podido cambiar a Ronaldinho por el Kluivert, Rochemback o Giuly de turno?’.

AB: No recuerdo ni la primera vez en el Camp Nou ni la primera camiseta que tuve, pero recuerdo la felicidad que me daba ver lo feliz que era mi abuelo y lo contento que se ponía cuando nos juntábamos toda la familia para ver el Barça en casa, cada domingo, y pensar: ‘yo seré toda la vida del Barça, como mi abuelo’.

EG: Mi primera camiseta estaba dedicada por Saviola. Mi abuelo era su vecino, en Sant Cugat, y un día le cogió por banda para que le firmara una camiseta para su niño. ‘Para Eric, con afecto’, ponía. Yo vi el gol de Messi contra el Getafe en el campo. Recuerdo estar ahí sintiendo como se hacía arte en directo. Porque, joder, si definimos el arte como cualquier cosa que te puede conmover o remover, está claro que el fútbol puede llegar a tener un punto artístico, porque genera emociones e incluso pasiones. Ronaldinho era puto arte jugando. Era puro arte. Y Messi todavía más. ¿Qué diferencia hay entre su increíble gol de chilena al Villarreal, que también vi en el Camp Nou, o el de Messi al Getafe y el arte?

“La piel de gallina recordando el gol de Iniesta”, cantáis en Es gratis.

EG: A estas alturas, creo que se puede confesar. Sintiéndolo mucho, el gol de Iniesta de Es gratis es, evidentemente, el de Stamford Bridge, con el Barça. Aquella noche vi el partido en un bar que tuvo que cerrar el día después de la que liamos, con sillas volando.

AB: Puedes haber visto cientos de veces ese gol, pero sigue emocionando igual. Fue una locura total. Fue de justicia divina. Acabo de acordarme de algo horrible, buenísimo. Yo vi aquel partido en casa, con mis padres, mi hermana y mi tía. Mi hermana se puso a llorar cuando marcó Iniesta. ‘Carlota, que hemos marcado, que hemos pasado a la final’, le gritaba mi tía, abrazándola. Y ella: ‘el papa, el papa. Se’ns ha mort el papa‘. Y el papa estaba desmayado en el sofá. Se levantó, se mareó y cayó desmayado al sofá.

AB: Vivimos una adolescencia súper ligada al fútbol. No sé si ahora pasa tanto, si el fútbol se vive con tanta intensidad. Quizás se ha perdido. Todo giraba alrededor del fútbol, del Barça de Guardiola. Aquello era un disfrute continuo. Recuerdo entrar al Camp Nou con plena consciencia de ir a ver fútbol del bueno. Pensar: ‘¿qué coño es esto? Es increíble’.

Es increíble, también, cómo nos sigue fascinando la pelota, cual imán, por mucho que sigan pasando los años.

EG: Siempre queda, y quedará, aquello de ver una pelota y que se te despierten las ganas de hacer unos toques y de jugar una costellada. Es que necesitas muy poco para jugar. Solo una pelota. La pelota es como la guitarra en la música. Te la llevas a todas partes. Es un elemento alrededor del que se pueden crear cosas y buenos momentos muy fácilmente.

AB: Es que es incluso mejor. Porque para tener un instrumento tienes que saber un poco, pero en el fútbol puedes ser completamente cojo y seguir jugando. Te lo pasas bien igualmente. Es un deporte fácil de cojones y democrático al máximo. Es el mejor deporte. Yo me lo paso muy bien viendo fútbol y jugando. Siempre le digo a la gente que tiene equipos de fútbol 7 y tal que me llamen cuando les falte alguien para jugar. Y cuando voy pienso: ‘¿cómo puede ser tan tonto esto?’. Si es que incluso jugando mal como yo, incluso perdiendo, te lo pasas bien. Es tan básico. No necesitas nada. Si pudiera jugaría una vez por semana. Si me fuera a un sitio nuevo, una de las primeras cosas que haría sería apuntarme a fútbol. Recuerdo que cuando fuimos a Uganda estuve grabando a unos niños jugando al fútbol durante una fiesta popular durante mucho rato, y que de repente, atraído por la pelota, me puse a jugar con ellos. Nos lo pasamos todos teta en ese descampado.

EG: El fútbol es una forma de relacionarte, de integrarte. Es una excusa para juntarte y hacer amigos de puta madre. Una vez, estuve de viaje en el sur de la India, en una zona muy inhóspita. Coincidió con una festividad religiosa, y había elefantes por la calle y todo el mundo iba pintado con polvos holi. Recuerdo estar en un hostal y presenciar una especie de ceremonia: un brahmán, con su barba, su cara pintada, sus pintas, bendecía a todos los currantes del hostal, y yo estaba ahí callado, observando en silencio. Hasta que me miró y me dijo que me acercara para bendecirme. ‘Where are you from?’. ‘Barcelona’. ‘Wow, I’m crazy about Messi‘. Y así empecé a tener una charla de fútbol con un brahmán que tenía la cara de ser la persona más santa de todo el hinduismo. Fue súper surrealista, flipante. Me dijo que no se perdía ni un partido, que yo tenía mucha suerte. El fútbol traspasa fronteras.

 


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Fotografía cedida por Sony.