Una de las ciudades más futboleras del planeta, un país universalmente campeón y la devoción total de hinchas que permiten saltar cualquier obstáculo, dan forma al club con el estadio más singular del mundo. Un epicentro de historias románticas, de personajes especiales y de anécdotas multiplicadas cada domingo de fútbol allá donde la pelota salta entre los peces del Río de La Plata formando parte de ese idílico paisaje que refleja la cruda realidad del fútbol más puro.


Pedro era el fantasista ideólogo y Pablo, el perfecto cómplice que jamás daba le daba la espalda. Dos amigos de la singular ciudad de Piedradura en una versión ficticia de la Edad de Piedra que imitaba a la sociedad estadounidense actual, con una increíble capacidad para sustituir la valiosa y determinante tecnología de nuestros días, por animales prehistóricos que un día habitaron el planeta. Todos viviendo en sintonía. Desde un ‘troncomóvil’ (coche creado mediante troncos de madera) hasta una cámara de fotos en cuyo interior un pájaro picaba sobre roca para diseñar la imagen, pasando por lavar los platos a golpe de agua directamente desde la trompa de mamut. Los Picapiedra (The Flintstones) fue, durante los años 60 y con nada menos que 166 episodios y varias películas, una de las series más animosas y afamadas de la historia de la televisión, pasando a la leyenda eterna de la animación. Y aunque puede que los más jóvenes no reconozcan sus años de infancia en estas disparatadas aventuras, la realidad es que allí también hubo espacio para el deporte. Sin embargo, esa constante lucha por evolucionar en un mundo pretérito, fue el apodo perfecto para que, en Uruguay, aún hoy, alguien les recuerde cada día con el apodo de uno de los clubes de fútbol más particulares del mundo: Rampla Juniors.

El considerado como ‘tercer grande’ del fútbol charrúa siempre será vinculado a la famosa serie de animación gracias a su peculiar estadio, que le sirvió para ganarse un sólido apodo. El antiguo estadio Parque Nelson de Montevideo, inaugurado en los años 20, fue rehabilitado en los años 60 (cuando Los Picapiedra eran estrellas animadas en todo el planeta) y fueron los propios hinchas del club los que ayudaron a su reconstrucción, directamente, picando piedra para crear un muro y, sobre todo, dar forma a las gradas ya que cada fila y nivel, tenían que ser creados desde pura piedra. De ahí, el apodo eterno de ‘Picapedreros’. El estadio, que desde los 80 se llama Olímpico, es la particularidad más surrealista del club porque no tiene ni pista de atletismo (algo vinculado siempre a la denominación de Olímpico), ni instalaciones para cualquier otro deporte y, por no tener, no tiene ni tribunas en su fondo sur (donde limita con un astillero), ni en su lateral este (donde limita con las aguas de la Bahía de Montevideo, en la desembocadura del Río de La Plata). Un estadio único donde el pequeño muro no puede evitar que la pelota, en mitad de los partidos, caiga una vez tras otra a las aguas platenses. Todo ello, genera un contexto único en todo el mundo y una excusa ideal para convertirse en un club absolutamente incomparable en este fútbol que, a veces, nos recuerda que aún hay vestigios de sencillez, adorable y pura sencillez.

Un estadio donde la pelota toca césped, se reboza en barro y realiza actividades acuáticas sobre aguas del río más famoso de Uruguay. Un lugar que deja un paisaje pintoresco muy apreciado por los más puristas y que refleja la realidad, a veces muy cruel, de un fútbol uruguayo bicampeón del mundo pero también eterno sufridor donde importa más la garra y la energía, que los millones de euros, dólares o, en este caso, pesos, que brillan por su ausencia pero que no dinamitan la pasión de quienes lo mantienen vivo saltando cada obstáculo. La pelota aquí tiene dos destinos. Uno, la portería para saborear goles. Otro, el agua, para demostrarnos que aún existen rincones románticos donde agarrarse a los valores primarios del fútbol. Bienvenidos al estadio donde la pelota se moja, se empapa y hasta hace submarinismo. Así es la vida del orgulloso Rampla Juniors.

Para todos aquellos que adoramos el fútbol desde sus bases más ancestrales, que existan epicentros tan especiales sigue siendo un motivo mayúsculo de aplauso y orgullo, pero todo es posible solo a la lucha constante de quienes han permitido que no se pierda esa identidad pese a que ello les haya costado más dolores de cabeza que satisfacciones: “Yo nací acá en el cerro, al lado de nuestro estadio. Toda la familia éramos hinchas del club y siempre estuvimos vinculados a Rampla. A los partidos íbamos cada día. De chiquita, mi padre me llevaba y luego ya empecé a ir con las barras y grupos de aficionados. En el año 80, hacía diez años que Rampla estaba en la B y subimos. Aquello fue algo mágico. Haciendo plumeros, cortando papelitos, mi madre, mis tías… todos lo vivimos de una manera increíble y esta Villa del Cerro fue brutal. Aquello me marcó y fue inolvidable para mí”, expresa Isabel Peña, la más conocedora de la realidad de Rampla Juniors pues fue la primera presidenta mujer de un club de fútbol en el país tras décadas y décadas de hincha y hoy aún forma parte de la directiva (además de ser la clave número uno de la creación y desarrollo del fútbol femenino charrúa, donde creó la sección más ganadora del país con diversos títulos).

 

La pelota aquí tiene dos destinos. Uno, la portería para saborear goles. Otro, el agua, para demostrarnos que aún existen rincones románticos donde agarrarse a los valores primarios del fútbol

 

“En un momento, con el presidente Juan Castillo dejando el club porque se dedicaba a la política, me quedé yo como presidenta. Y no me parecía disparatado, porque yo estaba dentro del club de una manera u otra. Tres décadas metida en labores de club y, cuando llegué a ese puesto de presidenta, solamente me cambiaba el título, pero era una más y seguí como una más”, recuerda sobre el momento en el que ella llegó a ser la voz principal del club, lo que la convirtió en única dentro de la historia del fútbol uruguayo. Una pionera que ya lo había sido realmente en cada una de las fases que la habían llevado hasta allí.

Y es que en un club donde todo nace desde la base fundacional de sentirse representados por algo que todos los hinchas levantaron juntos a base de picar piedra, nada es como en el resto del planeta balompédico. Una de las acciones más variopintas y brutales que jamás haya escuchado sobre la pasión de los que sienten los colores, es la que ocurre en el estadio Olímpico, que tiene apoyo no sólo de los que están en las gradas, sino también de quienes están bajo tierra: “Ahora hay mucha maquinaria, pero antes no. Para construir lo que hoy está, hacerlo a pico y pala, con entusiasmo y amor, eso hay que verlo. Es increíble. Por eso se generaron grandes acciones de los hinchas. Tanto, como que muchos de ellos, según su petición o última voluntad, están enterrados, sus cenizas más bien, detrás de las porterías del estadio. Desde algunos famosos futbolistas como Ballesteros, el portero campeón del mundo con Uruguay en 1930 que fue mito de nuestro club, a puros hinchas de los que ayudaron a levantar día a día esta institución. Es más, esta misma semana, otro de nuestros más célebres hinchas murió hace poco y su familia ya me llamó para enterrarlo tras la portería. Yo no sé si está bien o mal. Yo siempre ironizo con ello y digo que los monstruos que allí están enterrados dan tirones de orejas a los futbolistas que hoy no marcan goles en el arco. Es broma, pero se crea algo muy fuerte y un vínculo único”, explica Isabel sobre una de las mayores brutalidades pasionales que representan los hinchas de Rampla Juniors.

Y, sin embargo, si nos atenemos a lo meramente futbolístico, el club es hoy único en todo el mundo por su cancha, su paisaje, el místico escenario donde tiene que disputar sus partidos y la interminable lista de particularidades que ello le genera cada semana. La pelota, en mitad de los partidos, cae directamente al agua porque no existe un muro elevado que impida que eso suceda y porque, directamente, está tan absolutamente pegado al Río de La Plata, que convive directamente con él: “Hubo muchísimos años que no nos permitían jugar en nuestro estadio. Tuve que luchar para volver a nuestra casa. Y aquí todo tiene un costo. Cada pelota que se va al agua, para nosotros es un caos porque aquí no sobra nada. Pelota que no recuperamos, pelota que nos cuesta dinero. A veces nos quedamos sin balón y hay que buscarlo con apuro donde sea. Pero yo digo que, si alguien viene al estadio y no le gusta el partido, con el paisaje que tiene, con el atardecer más precioso del mundo, tiene más que suficiente y ve recompensada su entrada. Nosotros estamos pisando el agua. Aquí ha venido gente de todo el mundo para ver la vista de la Bahía desde nuestro estadio. No lo tiene nadie más. Vinieron para verlo y quedan impactados aunque no les guste nada el fútbol”, explica la expresidenta sobre la particularidad más reseñable y surrealista del estadio que, si os da por verlo en Google Maps, por ejemplo, alucinaréis de su brutal ubicación.

 

Hubo muchísimos años que no nos permitían jugar en nuestro estadio. Tuve que luchar para volver a nuestra casa

 

“En algunos partidos, hemos llegado a tener a muchos hinchas que estaban viendo y animando desde un barco que recorría el Río de La Plata. Es decir, acá suceden cosas que no se pueden ver en ningún otro lugar y que demuestran que cada hincha siente esto como suyo porque así lo hizo posible y que, sin ellos, sin los que apoyan, mantener esto es imposible. En el fútbol de Uruguay se necesita todo y nuestro estadio es fruto de una lucha interminable pero la realidad debía ser más favorable. Sufrimos mucho para ser futbolistas profesionales aquí. Cuando llega una oferta del extranjero, todos salen fuera”, explica con brutal sinceridad el portero del club, Rodrigo Odriozola, que refleja esa dureza y cruda realidad cuando él, más allá de ser portero, es profesor de contabilidad (lo que ha estudiado para ser alguien más allá del fútbol) en un lugar tan increíble como una cárcel.

Y claro, en un contexto así, de necesidad extrema y, además, cuando estás casi bañado, mientras ves a los peces saltar, una pequeña isla donde hay una cárcel, los astilleros y hasta barcos que aprovechan su viaje para ver o animar a Rampla Juniors desde las aguas platenses, alguien tiene que ocuparse del trabajo más difícil cuando, en mitad de un partido, la pelota es enviada al agua. ¿Es posible que un club de fútbol tenga su particular ‘aguador’?: “Yo hace cinco años que trabajo en el club. Soy delegado. Siempre caen las pelotas al agua y nadie quería ir a recogerlas. Un día, en un partido en invierno, con 12 grados, lanzaron la pelota al agua y antes de pensármelo, me tiré a por ella. Cuando regresé con ella, todo el estadio aplaudía, me animaban y me gustó mucho. Yo lo hago porque amo al club pero, claro, hay gente que me decía que estaba loco. Si ahora mismo cae una pelota al agua y estamos en pleno partido, mi proceso es, primero, salir del estadio por un muro abierto que tenemos. Luego me quito toda la ropa, me quedo en shorts o bañador y me lanzo al agua aunque sea pleno invierno. Ni barquita ni nada. No está muy profundo, sobre dos o tres metros, pero es que en el fondo del río hay pinchos, palos, piedras y cosas del astillero, por lo que hay que tener mucho cuidado. El agua está a veces muy fría. A veces no he podido llegar a por algunas pelotas. No puedo ir y me canso, nado pero no llego. Si a veces se va a 300 metros del estadio, es que no puedo llegar. Por ejemplo, Diego Polenta, que jugó en Nacional, tiró la pelota muy lejos y no pude. A veces noto que la gente me está mirando antes que al partido y lo que les importa es saber si puedo llegar a por la pelota y traerla de vuelta. Es curioso. Mi padre siempre me trajo al club y amo esto. Por ello, trabajar aquí es todo para mí”, explica Jonathan Vera, el aguador (aguatero-pelotero según lo conocen en Uruguay, o hasta ‘anfibio’, cuando lanzan dardos irónicos) de Rampla Juniors que, como devoto absoluto del club, cuenta cómo su padre acaba de ser enterrado detrás de las porterías del estadio y como él sabe que ese será su destino, elegido y deseado, para el fin de sus días.

Y esta historia, que quizás para quien la escribe nació el día en el que empezó a buscar fotos de estadios de fútbol que estuvieran cercanos al agua (mar, río, océano, lago…), rompió cualquier previsión y llevó el romanticismo al punto más extremo que el fútbol es capaz de generar. Eso es Rampla Juniors. Un club que, sin poder evitar mojarse de la lluvia cuando arrecia, sin poder esconderse del sol porque no tiene cómo taparse y hasta viendo cómo la pelota se moja en mitad de los partidos, tiene un estadio precioso, puro y único. Un estadio que yo, al menos, no cambiaría por nada del mundo.


En el programa-podcast 127 de ElEnganche en SpainMedia, estuvieron con nosotros Isabel Peña (ex presidenta del Rampla Junior y socia toda la vida), Rodrigo Odriozola (actual portero del Rampla Juniors) y con Jonathan Vera (actual ‘aguatero’ del club).