Este texto está extraído del interior del #Panenka71, un número dedicado al posfútbol que sigue disponible aquí. Ahora que se ha hecho oficial la creación de una Superliga a la que solo tendrán acceso los clubes más poderosos de Europa, con las incertidumbres y las amenazas que eso genera para el resto, lo rescatamos.


 

El fútbol nació para ser jugado, pero pronto logró atraer a más observadores fuera del campo que a practicantes dentro. Se podría decir, por lo tanto, que ninguna de las consecuencias que su desarrollo ha conllevado –ni en términos culturales ni en términos industriales, para introducir desde ya la gran dicotomía que va a sobrevolar este artículo- fueron previstas por los fundadores. El juego se inventó para entretenerse en los momentos de ocio de manera colectiva junto a los miembros de una comunidad –los compañeros de trabajo de la fábrica, los estudiantes de la universidad, los jóvenes adinerados de una zona noble con mucho tiempo libre, los marineros una vez el barco llegaba a puerto…-. Todo lo demás vino después.

Pero resulta evidente que su conversión en fenómeno cultural llegó mucho antes de que se descubriera su potencial como espectáculo para un público desconectado emocionalmente y sin relación identitaria con los jugadores que lo practicaban y con su entorno. Los primeros espectadores fueron los amigos, familiares y vecinos de los jugadores. Primero fue el “vamos a ver a nuestros chicos, que juegan contra los del pueblo de al lado”, mucho antes de que llegara el “los chicos del pueblo de al lado juegan muy bien, vamos a verlos porque se disfruta mucho observándolos”. Y, por supuesto, el objetivo de acercarse al campo era “ver si nuestros chicos ganan, porque son nuestros amigos, porque les queremos, porque son de aquí, porque juegan contra otro pueblo con el que rivalizamos por el comercio”. Y en esos primeros comportamientos de los espectadores originales nació el sentimiento de pertenencia hacia un club: el que tiene que ver con la propia pertenencia a una comunidad, a un entorno, a una identidad. El nacimiento del hincha identificado, del hincha sentimental, del hincha implicado emocionalmente con su club cercano, se produjo de manera inmediata. No se puede decir que el fútbol naciera para generar estos sentimientos, pero los generó desde el segundo día. No se puede decir que la esencia del fútbol y su propósito original fueran generar comunidad e identificación entre los que lo juegan y los que lo observan, pero esa fue su consecuencia primigenia. No hubo fútbol, más allá de los primeros días, sin este fenómeno. Por lo tanto, resulta razonable pensar que si algún día se consolida una idea de fútbol que elimine estos sentimientos tan íntimamente ligados al juego desde su origen o los modifique hasta el punto de que no se parezcan en absoluto a los iniciales habrá que hablar de otra cosa. Buscar otro nombre. Posfútbol, por ejemplo.

Los Juegos Olímpicos se convirtieron en el escaparate que no sólo universalizó el fútbol, sino que también lo convirtió en espectáculo. En París 1924, la presencia de la selección uruguaya tuvo un impacto decisivo. Era la primera vez que el fútbol sudamericano se podía ver en Europa, y la victoria del combinado charrúa ante la anfitriona Francia por un contundente 1-4 provocó un fenómeno inaudito. En sus partidos posteriores ante Holanda y Suiza, más de 40.000 espectadores se acercaron al estadio para volver a verlos. Con su selección ya eliminada, repitieron experiencia para observar otra vez al equipo que les había dejado sin opciones de ganar el campeonato. Es, probablemente, el primer precedente del “vamos a ver a estos chicos que vienen de un lugar lejano, son buenísimos, no habrás visto nada igual, hay que aprovechar que están aquí hoy, quién sabe cuándo podremos disfrutar de ellos otra vez”.

 

Es razonable pensar que si se consolida una idea de fútbol que elimine unos sentimientos tan ligados a él habrá que hablar de otra cosa; posfútbol, por ejemplo

 

Es evidente, por lo tanto, que la dimensión espectacular del fútbol posee también una larga tradición, y no ha nacido a partir de las maniobras de la industria ni de las tendencias más recientes que persiguen convertir a los superclubes en marcas globales. No. El plano espectacular y el identitario han convivido desde hace casi un siglo. Y durante la mayor parte de este tiempo, lo han hecho con armonía, sin que uno amenazara al otro. Han proporcionado, de hecho, dos experiencias diferentes al usuario, que podía acudir cada 15 días al estadio más cercano y encontrarse con sus amigos y disfrutar allí de los partidos del equipo cuya existencia formaba parte de su vida familiar y afectiva –hablaríamos de la experiencia comunitaria o íntima, más relacionada con los sentimientos- y luego en casa encender el televisor y observar a los mejores equipos del mundo disputando los partidos que decidían los títulos más prestigiosos –la experiencia del catador, del observador externo, más relacionada con la curiosidad y el deseo de conocimiento-. Lo primero le importaba; lo segundo le interesaba. Todo era fútbol y todo le atraía, pero lo vivía de manera diferente.

Lo problemático viene cuando el espectáculo amenaza con devorar el plano identitario-comunitario. De entrada, porque el acercamiento al fútbol prácticamente siempre se da desde lo afectivo. Uno se hace hincha de su equipo y, a partir de aquí, se enamora del juego, educando su paladar para posteriormente consumir con aprecio aquello más alejado de la pasión y las emociones. O sea: sin esa dimensión visceral es más complicado convertirse en aficionado observador, en catador que busca lo sublime en cualquier parte del mundo. Faltaría esa educación primigenia que difícilmente se asimila sin el reclamo del sentimiento. De ahí que los grandes defensores de la idea que proclama que el fútbol forma parte de la industria del espectáculo busquen modificar la naturaleza de ese primer flechazo. ¿Que se necesita un apasionamiento enloquecido en la infancia para aprender a amar al fútbol? ¡Que se dé con los superclubes! De esta manera se acorta el camino, sin necesidad de pasar por todo el proceso de aprendizaje para acabar consumiendo fútbol de élite ni tener que compartir espacio con la otra dimensión: si lo que importa es lo mismo que lo que interesa, el consumo se queda todo en la segunda esfera. No hay que dividir tiempo entre el campo y el televisor, entre seguir la liga del equipo del pueblo y la máxima categoría, entre elegir desplazarse a 300 kilómetros a apoyar a los chicos a lograr la permanencia o disfrutar con la semifinal de la Champions League. Ni tampoco hay que dividir el dinero.

Este fenómeno hace años que se está dando. Las distintas reformas de la Copa de Europa iniciaron una espiral incontrolable. Otorgando más plazas a las ligas poderosas para incrementar el atractivo de la competición, la UEFA acentuó a mediados de los 90 las diferencias entre grandes y pequeños. Un Real Madrid, un Barcelona, un Bayern de Múnich, una Juventus o un Manchester United no tenían garantizado hasta entonces acudir cada año a la cita, por lo que ni podían darlo por supuesto desde una perspectiva financiera ni se convertía en ridículo o humillante jugar los otros torneos continentales, que gozaban de mayor prestigio. Con el paso de los años se ha llegado a una perversión mayúscula: los superclubes, que lo son porque la UEFA lo permitió y lo alimentó, sienten ahora que no necesitan al organismo gobernante del fútbol europeo y lo chantajean para lograr un torneo a su medida.

 

Lo problemático viene cuando el espectáculo amenaza con devorar el plano identitario-comunitario, porque uno se acerca al fútbol desde lo afectivo

 

La propia maquinaria del posfútbol se ha encargado de dar respuestas –algo siniestras- a los problemas que esta revolución puede generar. Si una Superliga cerrada o una Champions League cada vez más elitista pueden amenazar con empobrecer a las naciones futbolísticas que se queden fuera del grupo exclusivo, los clubes satélite, controlados por las grandes potencias, permitirían que la formación de talentos en estos territorios olvidados pudiera seguir llevándose a cabo, y probablemente con mayores recursos que ahora. Pero, ¿estamos dispuestos a aceptarlo? ¿Nos va a compensar animar a un equipo cuya existencia depende de los designios de unos dirigentes que lo ven como un instrumento para hacer crecer a la entidad extranjera que de verdad les preocupa hasta el extremo de plantearse trasladarlo a otra ciudad cuando las oportunidades de mercado sean más ventajosas allí? ¿Se resistirá a aceptarlo el hincha que lleva tiempo animando a un equipo moribundo y al que le prometen fútbol de primera división a corto plazo? Quizá seamos las víctimas del mientrastanto.

Quizá dentro de 100 años el posfútbol se haya ejecutado con tanto éxito que nadie añore los tiempos de las dos dimensiones, de las dos esferas. Quizá en esa época los sentimientos de los aficionados que viven a miles de kilómetros del club de sus amores sean tan genuinos como lo son ahora los de los que duermen cada noche al lado del estadio. Quizá entonces no importe no saber ubicar en el mapa la ciudad donde juega el equipo al que amamos, ni pertenecer a una tercera generación de hinchas del mismo club. Las rivalidades regionales habrán pasado a mejor vida y lo consideraremos lógico porque en el nuevo mundo interconectado ya no habrá distancias. Las ligas nacionales serán puro folclore, representaciones nostálgicas de domingos por la mañana que homenajearán la cultura popular del lugar como si se tratara de piezas de museo, vestigios de otros tiempos. Que en nuestro equipo no juegue ningún vecino ni ningún sobrino de conocido ni ningún antiguo compañero de colegio del novio de nuestra prima será un detalle menor. No tendrá importancia porque nadie habrá vivido lo anterior y no se podrá comparar, salvo aquellos que consulten libros de historia. Pero… ¿y los que vivimos la transición entre dos épocas? ¿Y los que sabemos qué se está intentando sacrificar y qué peso emocional tiene? ¿Debemos resignarnos y aceptarlo? Quizá sólo nos quede la pataleta.

Quizá nos reunamos, creemos asociaciones de resistencia o fundemos medios alternativos que ignoren el nuevo escenario y mantengan vivo el que conocimos en nuestra infancia. Pero asumiendo que seremos menos. Que lo que moverá a las masas será lo otro. Que las ciudades se paralizarán y la prensa llenará horas de tertulias debatiendo sobre un juego que nos parecerá menos auténtico. Un juego que probablemente ya no nos creeremos. Al menos, que no lo llamen fútbol.