“El fútbol no es un juego perfecto. No comprendo por qué se quiere que el árbitro lo sea”

Pierluigi Collina

 

Dice muy poco de la gente del fútbol, de los que dicen amarlo, cuidarlo y protegerlo, que la profesión del árbitro esté tan mal vista. Juzgar cada error suyo por nimio que sea mientras aplaudimos el intento del delantero por meter gol y enviarla fuera. Condenar una decisión suya a la vez que perdonamos que un futbolista regatee cuando en realidad tocaría pasarla. Cuestionar sus colores, cuando ellos solo visten uno, al mismo tiempo que nos emociona el fichaje de un jugador que ha vestido esta camiseta, aquella y la otra. ¿Por qué criticamos tanto a los tipos que buscan poner orden y rigor sobre el césped?

Yo, el primero en equivocarme, y discúlpenme por entrometer a un futbolista frustrado en estas líneas, en mis días en campos funestos, desangelados, siempre recitaba la misma frase: “No juego contra once, lo hago contra 12”. El árbitro como rival, como culpable de nuestros pases mal dados, de las líneas desajustadas en defensa, de las veces que llegamos tarde al balón y tocamos hueso, como juez parcial; cuando no lo es. Y vuelvo a preguntarme, ¿por qué? ¿Por qué en un deporte del que siempre alabamos todo lo bueno que lleva en su mochila, el compañerismo, el sacrificio, el trabajo en equipo, no somos compañeros del árbitro, no lo comprendemos, no le ayudamos? ¿Por qué el deporte rey se enfrenta al árbitro mientras en otros, el rugby, el baloncesto, el tenis, el fútbol americano, el que sea, da igual, tienen la figura del juez como un ser intocable, incuestionable?

 

Con Collina nos pasó un poco eso de hacer extraordinario algo que tendría que ser ordinario, respetar la figura del colegiado

 

Hubo un tiempo, por suerte, en el que un hombre consiguió que no fuera así. Ojos saltones, mirada penetrante. Torso recto, imposible doblegarlo. Autoritario, inexpugnable. Nadie se le resistía, todos temían cruzarse con su vista. Nadie reprochaba, era lo que él decía. Y punto. No había más. Se le aplaudía en los estadios. Ponía de acuerdo a hinchadas rivales. Hasta incluso fue capaz de salir en portadas de videojuegos. Hasta eso. Hasta robarle el protagonismo a los futbolistas, a quienes les pertenece el fútbol, en las carátulas. Y vuelvo a preguntarme, ¿por qué? ¿Por qué fue necesaria la aparición de Pierluigi Collina para que el mundo entero tuviera que claudicar, agachar la cabeza, bajar los hombros, ante la máxima autoridad sobre el césped? ¿Por qué no pudimos hacerlo antes? ¿Por qué no nos ha servido para seguir haciéndolo después?

Llenamos informativos de jugadas polémicas. De si esto fue penalti, de si el reglamento dice tal, de si el árbitro debería haber señalado cual. Las tertulias siempre hablan de lo mismo. Este árbitro de pequeño se paseaba por su pueblo con esta camiseta. Es que siempre nos quedamos con diez. Es que siempre juegan contra diez. Es que nunca nos pita ni una falta. Es que siempre les pitan todas. Es que. Siempre es que. Mientras, aguantan insultos, quejas, protestas, lanzamientos de objetos, amenazas, miedo, odio. Con Pierluigi Collina, por un tiempo, comprendimos que esto no iba así. El árbitro mandaba, el resto obedecíamos. No era tan difícil. Pero se nos olvidó muy pronto. Incluso peor, cada vez vamos a menos. Es triste, pero con Collina nos pasó un poco eso de hacer extraordinario algo que tendría que ser ordinario, respetar la figura del colegiado. No son perfectos, como el propio fútbol, como nosotros mismos. Nada más que eso.

 


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Fotografía de Getty Images.