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“¿Pero es que nadie va a pensar en los niños?”.

Helen Lovejoy, en The Simpsons.

 

La escena es preciosa. Tan simple como maravillosa e hipnótica. De aquellas que hacen renacer, reflorecer, el amor por un fútbol que, cual reflejo de la sociedad, anda desnortado desde hace ya demasiado tiempo. Una hora antes de que arranque el partido, con el campo todavía vacío, seis niños, seis amigos, juegan, bajo un deslumbrante sol de enero, al son del A veces se me pasa, a veces paso de Ayax que escupe un móvil, a fútbol con un viejo balón, antaño quizás blanco, hoy casi agonizante; en un embarrado campo de hierba natural con las porterías oxidadas, sin redes; convirtiendo lo único que les diferencia -su edad, su género, sus orígenes- en una anécdota ante lo que les une en aquel instante: su pasión por algo redondo e inflado, que decía Hernán Casciari; sus insaciables ganas de vivir, de correr, de levantarse con una sonrisa después de cada traspiés.

La belleza, la pureza, de la escena se evapora en cuanto comienza el partido; mientras atardece. Empiezan, también, pocos minutos después, los insultos; convertidos ya en una parte más de la ecuación, casi siempre tan presentes como la pelota. A nadie parece ya sorprenderle. Los niños, sentados en las sillas de una vieja tribuna, ríen como nos reímos todos la primera vez que oímos la palabra ‘polla’. Le hemos echado tantos huevos al fútbol que quizás nos lo hemos cargado.

 

Comienzan a volar puñetazos, patadas. Los niños, ojipláticos, curiosos, corren para acercarse al punto cero, para no perderse detalle; mientras su cabeza, su mente, interioriza que eso también forma parte del balompié

 

Hemos normalizado el ‘hijo de puta’. Pero a medida que el duelo va afeándose, va tensándose, ya no parece suficiente. “¡Por detrás, como a él le gusta!”, grita un aficionado cuando un atacante del cuadro visitante cae al suelo tras sufrir una dura entrada por la espalda. Bingo. Ya tenemos el comentario homófobo. “¡Rompedle la pierna! ¡Rompedle la pierna!”, chilla, no sé si el mismo u otro, solo unos instantes más tarde; indignado con el ’10’ rival. Algunas personas de la grada ríen, sonríen. La enorme mayoría giran la cabeza hacia otro lado o hacen ver que no han oído nada; en una nítida, clara, radiografía de la tibia respuesta que dan siempre las instituciones; a las que solo parece molestarles, incomodarles, que se llame nazi a quien, atendiendo a la realidad, lo es.

La situación estalla al finalizar el partido (0-2); cuando los jugadores de ambos equipos caminan hacia las casetas, situadas justo al lado de los aficionados que más se han hecho sentir durante los 90 minutos. Uno de los visitantes, negro, les mira mientras avanza. Y, de repente, comienzan a volar puñetazos, patadas. Los niños, ojipláticos, curiosos, corren para acercarse al punto cero, para no perderse detalle; mientras su cabeza, su mente, interioriza que eso también forma parte del balompié. Las pulsaciones van bajando con el paso de los minutos. “¡Llevadlo al vestuario! ¡Controlad a las bestias!”, proclama uno de los citados aficionados; mientras el otro deja la silla que había cogido del bar para quién sabe qué. Bingo. Ya también tenemos el comentario racista.

El surrealismo de la escena alcanza su cenit justo después. “¡A este no le hemos dicho nada en todo el encuentro! ¡No le hemos dicho nada! Nada. Ha sido él, que ha venido aquí a ponerse chulo. No le hemos dicho nada. Nosotros esperábamos al ’10’ por si nos decía alguna cosa; que a él sí que lo hemos insultado”, exponen. “Le he metido una hostia en la cara yo”, añade uno de ellos justo después, mientras conversa sobre lo sucedido con un hombre de unos 50 años que se enorgullece de reconocer que también le ha dicho de todo al ’10’ rival. “Hoy, ellos no han hecho nada. ¡No han dicho nada!”, lamenta, enfadada, con tres jóvenes a su lado, una señora.

Los seis niños que tres horas antes jugaban al fútbol, felices, sonrientes, ahora juegan a pelearse.