¿Morir o ver cómo tu equipo cae derrotado? No hay duda sobre qué es peor, aunque la muerte, la última estación de la vida, puede llegar a ser menos dolorosa para el que la sufre, ignorante ante su desaparición, que perder un partido, sinónimo de morir y seguir existiendo.


Creo que era una película de estas de catástrofes. Había un huracán. Un huracán, o un tornado -en realidad no tengo clara la diferencia- que amenazaba con arrasar una población norteamericana. Puede que saliera Jodie Foster -o puede que no; puede, de hecho, que lo esté mezclando con aquella otra en la que se iba al espacio y descubría que los extraterrestres existían y que la religión no tenía razón-; en cualquier caso, era una película de viernes, de pizza familiar -tropical, claro- y mantita para cuatro -¡a ver quién es el primero en quedarse dormido!-. Resulta que en esa película -tan comercial, tan alejada de lo que luego me gustaría y me llevaría a sesiones subtituladas de viernes por la tarde a primera hora; salas medio vacías, chicas con pinta de estudiantes de filosofía o humanidades, un piercing sensual y nada gamberro, unas gafitas coquetas que acentúan la belleza de sus ojos azules de mar profundo, ojalá pudiera decirle algo, ojalá pudiéramos comentar la película en el café de la esquina porque seguro que estamos de acuerdo y nos gustamos tanto- …, resulta que en esa película, decíamos, había dos tipos malos. No logro recordar por qué eran malos, pero eran malos. En teoría no debería de haber tipos malos en una película así: el malo es el huracán, o el tornado, y no hace falta que haya humanos malos; ya con el huracán basta para acabar con los buenos, con los niños, con la humanidad, con la Tierra. Los tipos malos eran malísimos, y me caían especialmente mal. Creo que discutieron con alguien sobre el camino que debían tomar. Iban en autocar, o en furgoneta, y un hombre bueno les dijo que debían ir hacia la derecha. Los malos le dijeron al bueno que no tenía ni idea, que claramente había que ir hacia la izquierda, que yendo hacia la izquierda evitarían el tornado. Los malos habían hecho cosas muy malas en la película y yo era un niño. Creo que deseaba que murieran. Es inmoral, antiético, desear que alguien muera, incluso en una película. Pero yo era un niño, ellos eran muy malos y al fin y al cabo era una película. El director nos mostró entonces que el tornado había cambiado de dirección y con algún recurso técnico que obviamente no supe valorar consiguió que viéramos que el autocar de los malos, habiendo elegido ir hacia la izquierda, iba a encontrarse inminentemente con la tragedia. Sentí euforia, excitación, felicidad impura, felicidad sucia, felicidad de aquella que tiene que ver con el mal de los demás, con la desgracia, con la devastación. Con la muerte ajena. Una felicidad que merecería ser castigada, pero claro, yo era un niño, era una película y aún no había leído a Platón. Pero luego me di cuenta de algo importante: lo malo de la muerte deseada de un ser abominable es que tras la muerte no hay nada, que tras la muerte no hay sufrimiento, que tras la muerte uno no es consciente de que ha muerto, de que ha sido derrotado, de que encima ha sido su estupidez extrema la que lo ha llevado a pudrirse, a ser exterminado, a sufrir un dolor máximo, infinito, imposible de ser sanado. Estos putos imbéciles van a morir pero no vamos a poder disfrutar del hecho de que sean conscientes de que han muerto. Estos desalmados antihumanos van a recibir su merecido y no sabrán que su inmoralidad ha sido penalizada por un Dios -un Dios ateo, un Dios entendido como una magia intelectualmente y moralmente perfecta- que tiene razón y que es imposible que ellos la tengan, y que esa muerte suya es la prueba de todo ello, de su ignorancia, de su maldad, de su espíritu nocivo. Lo bueno de su muerte sería precisamente eso, que lo supieran. No nos sirve de nada su muerte si no lo saben. No es una muerte disfrutable, porque ellos no la sufren, no les duele, no les hace devorar su propio cerebro reconstruyendo su ética, no les obliga a aceptar que son -que han sido, que han muerto por ser- malos.

Perder un partido de fútbol es exactamente esto. Morir y seguir existiendo. Morir y no apagar la luz. Morir y permanecer en la tumba con los ojos abiertos, con la ansiedad acentuada por las paredes de madera y el techo bajo, darle mil vueltas a la cabeza temiendo el dolor, la claustrofobia, el hambre. Mearse encima, vomitar por el asco que te dan tus propios excrementos y los insectos que entran no sabes de dónde ni cómo -¿cómo pueden entrar ellos si yo no puedo salir?-. Perder es que el huracán te aplaste, te golpee, te maree, pero nunca acabe. Nunca. Nunca te apague. Perder es seguir vivo una vez muerto.


Este texto está extraído del #Panenka18. Puedes conseguirlo aquí.