Una interminable lista de irrespetuosidades durante los últimos meses habían colocado al seleccionador azteca en el mayor foco de presión que jamás haya soportado un cargo del Tri. En cuestión de minutos y con una idea sobresaliente, Juan Carlos Osorio pasó del abismo a la eternidad con una victoria sobre Alemania de aquellas que destruyen males endémicos incrustados en la sociedad futbolera mexicana y que aúpan moralmente a las nuevas generaciones.


Te olvidaste la barra de pan y tuviste que regresar a la tienda. Te dejó el abrigo un compañero y regresaste corriendo para devolverlo. Bajaste las escaleras a toda velocidad, pero las puertas del tren se cerraron delante de tus narices. ¿Te has preguntado alguna vez lo que podría haber pasado si nada de eso hubiera sucedido? ¿Qué ocurriría si hubieras llegado diez minutos antes? ¿Cómo habría cambiado tu vida si pudieras conocer ambas versiones? Desde el 17 de junio de 2018, México, como país, como sociedad y, sobre todo, como alma futbolera que palpita cada cuatro años con el Tri, se ganó ese don. El de la dualidad, el del antes y el después, el que cierra condicionales y concreta sentencias pero, sobre todo, el que conoció el hiriente ayer para abrir un esperanzador mañana… en sólo 90 minutos.

Porque hasta ese momento mundialista, México se golpea una vez tras otra con una única versión, con un tren sin retorno y con el obstáculo nacional, el de una pesadilla llamada quinto partido que siempre empieza a torcerse en el primero. Y ese reto, que sólo ha podido disfrutar en dos citas mundialistas (1970 cuando aún no había octavos de final y en 1986 cuando fue local), se ha convertido en una obsesión absoluta dentro de un país influenciado por el marketing, lo que es aprovechado hasta la extenuación por aquellas mentes diabólicamente creativas que entonan el orgullo patrio en base a superar ese mal endémico que arrastra su selección nacional. Un stop mundialista tan repetitivo, que altera la realidad del mexicano en su día a día cuando analiza a sus futbolistas, cuando examina a su campeonato y, desde luego, cuando intenta ridiculizar las novedosas ideas de quien, probablemente, es el seleccionador más preparado que jamás tuvieron en el cargo.

Es tan gigantesca la aureola negativa en torno a los experimentos tácticos, propuestas de sistema y alternancias individuales buscando la multifuncionalidad de sus futbolistas, que hasta el lenguaje utilizado por Juan Carlos Osorio amedrentaba a la gran mayoría de los mexicanos. Sí, les quiebra su vocabulario, diferente, extraño y hasta irreverente desde el enfoque coloquial. Ante la ausencia de interpretación real para muchas de sus ideas, los mexicanos simplemente quedaban decepcionados cuando los resultados, más allá de la ‘parafernalia’ del técnico, seguían siendo dubitativos y no respondían a las siempre altísimas expectativas de uno de los países más exigentes y fieros con su equipo nacional. Si a estas discrepancias le sumamos una criticada reunión nocturna de los futbolistas en uno de los días libres dentro de la concentración, el contexto previo al primer partido mundialista ante la actual campeona del mundo (Alemania) era francamente delicado para todos pero, sobre todo, para Osorio: “Como no entendemos qué quiere hacer con nuestro equipo y los goles siguen sin llegar, al final acabaremos celebrando los saques de esquina…”, me relató un periodista azteca hace exactamente una semana. Lo que define perfectamente como el seleccionador convivía con una sola versión del fútbol, la de quien teme lo innovador y la de un pueblo que no confiaba en poder alcanzar así sus sueños, una vez más.

 

“Al profesor hay que disculparse. Todos los tiempos, todos los días, todos los minutos. Porque el ‘profe’ Osorio hoy ha planteado una táctica que en México no se había visto nunca”

 

“Al profesor hay que disculparse. Todos los tiempos, todos los días, todos los minutos. Porque el ‘profe’ Osorio hoy ha planteado una táctica que en México no se había visto nunca. Supo hacer los cambios necesarios y lo hemos logrado. Desde ahora me toca respetarlo y me quedaré calladito”, me dijo anoche ese mismo periodista. ¿Qué había sucedido para cambiar por completo la opinión de todo un país en apenas 90 minutos? Un partido, un resultado, una sensación, un respeto ganado, un aviso mandado, un respaldo logrado y, sobre todo, una victoria que mostraba a México la otra cara del mensaje. La que no habían comprendido, la de seguir una idea, madurarla, corregirla, borrarla, rehacerla, elegir por fin los actores adecuados y conseguir, en apenas una tarde soleada en la capital moscovita, que el fútbol mexicano gire por completo su destino y conozca lo que ocurre cuando las puertas no se cierran ante tu nariz y sí llegas a tiempo a tomar tu tren.

Decía Osorio que habían estado seis meses trabajando para ese partido ante Alemania y resulta tan contundente en sus palabras como realista en su ejecución. Sí, fue inteligente para entender que si el mediocentro germano se mueve a través de Kroos y eres capaz de incomodarlo con una lapa llamada Carlos Vela para evitar que aparezca en salida de balón y, además, mantener a tu jugador siempre activo en esa zona para ganarle la espalda cuando tienes la pelota para obligar a retroceder a todos los rivales. Sí, fue inteligente para entender que sin Kroos activo, Alemania iba a buscar salir por la soltura de su latera diestro (Kimmich), pero no lo podría hacer si le colocas un futbolista de velocidad y constante atrevimiento en el desborde como Hirving Lozano (autor del gol). Y sí, fue inteligente para entender que Hummels-Boateng están lejos de su mejor nivel y que Chicharito apareciendo de espaldas para recibir, les iba a sacar de zona una vez tras otra para obligarles a girar, un tiempo perfecto para que los extremos le destrozaran. En tres o cuatro pases, México, con una sola idea pero perfecta ejecución, lapidaba la base del juego de Alemania y, a partir de ahí, podía igualar las fuerzas.

Pero, pese a todas esas enormes lecturas tácticas de Juan Carlos Osorio, premiadas además con un gol fundamental para que la energía del grupo no decaiga sino aguante con el corazón en la mano, lo verdaderamente fundamental y determinante fue el elemento psicológico. Porque tú puedes tener grandes ideas y reflejarlas en una pizarra, pero conseguir que los futbolistas respondan ante ello como hicieron los mexicanos (mención especial para Vela-Hirving-Chicharito cuando la idea condicionaba todo y a Salcedo-Herrera cuando había que agarrarse las vestiduras porque la tropa alemana embestía), sólo responde a un trabajo de convicción verdaderamente destacable. Porque Osorio no quería crear problemas a Alemania en base a un planteamiento que le dañara, sino que lo que de verdad marcó diferencias, es que Osorio quería ganar, pretendía vencer, deseaba eliminar cualquier duda sobre su capacidad. Y conseguir que los futbolistas sigan esa vía hacia el éxito en base a una idea principal, es notable, pero mucho más lo es que cuando han visto que era posible, hayan mantenido sus credenciales hasta el final. Dos mil años de historia habían indicado que Alemania acabaría acertando, acabaría marcando y acabaría derribando la ilusión mexicana. Pero no ayer, no con Osorio, no a este planteamiento.

Hoy, México se aprovecha de una de las mejores camadas de futbolistas que están ya compitiendo en Europa semanalmente a buen nivel e incluso del crecimiento exponencial de su campeonato nacional con cada vez más ojos intentando convencer a sus futbolistas de un nuevo test al siguiente nivel. Y aunque es cierto (y doloroso a veces) que la cercanía cultural de Estados Unidos acabe por reconvertir a sus estrellas en iconos de ‘soccerlandia’ (la MLS estadounidense les reclama como iconos de las masas mexicanas que abundan en sus aficiones por todo el país), la realidad es que la mezcla ha propiciado un grupo de futbolistas con más experiencia, predisposición al cambio sistemático y convicción en la propuesta que llega desde el banquillo.

Es sólo la primera escena de la película azteca de Rusia 2018 y la amenaza del quinto partido seguirá siendo un obstáculo endémico que tocará contrarrestar, pero mejor será hacerlo con quien sabe el camino para buscarlo desde un enfoque jamás antes enfrentado. Acabe bien o acabe mal, Osorio ha conseguido, en sólo 90 minutos, que México haya roto un factor mental incrustado en su cabeza en forma de derrota cada vez que se cruzaba con un grande. Romper los miedos son pasajes fundamentales en la historia de los Mundiales y las nuevas generaciones ya han visto cómo ganarle a la mismísima Alemania. Es el momento que el ‘profe’ estaba reclamando, el de que la afición lo creyera, el de que el país lo apoyara. Es un táctico. Es un genio. Este Osorio es Kasparov.