El patio del colegio es el aula más poderosa: configura tu autoconcepto. Y te define por matices. Uno de ellos es, claro, el fútbol. No ser del Barça o del Espanyol en Barcelona es raro por poco frecuente. Pero ser del Racing de Santander es señalarse. Y aprender que la derrota existe, duele… Y enseña.


 

“Uno no deja de ser nunca el que era en el patio del colegio”, dijo -o creo que dijo- Natalia Verbeke en una entrevista. Y la frase, más allá de la opinión que cada uno tenga sobre la autora, es demoledoramente cierta. El patio del colegio define quienes somos, aunque sea por poderes. En el patio del colegio empezamos a ver cómo nos ven nuestros iguales. Y el primer elemento diferenciador de quiénes somos -si no el único, en edades tempranas- es el fútbol. Uno es del Barça o es del Madrid. O es del Barça o es del Espanyol si tu infancia transcurre en Barcelona. Aunque también puede pasar que seas del Racing de Santander. Y eso marca, necesariamente. Porque pondría una mano en el fuego a que en toda la Barcelona del otoño de 1982 yo era el único niño que a la pregunta “¿Quién es mejor, Maradona o Paolo Rossi?”, respondía: “Chiri, porque es del Racing”.

El patio del colegio define quiénes somos a través de un balón de fútbol. De repente, se hacen equipos. Si te eligen pronto eres de los buenos. Y ya siempre lo serás. Si te eligen de los últimos, eres de los malos. Y desde entonces, desde los tiernos siete años, sabes que eres de los malos. Aunque a veces la confección de los equipos para el recreo se hace de forma más sencilla. “¡Barça-Espanyol!”, gritaba una voz en el patio, generalmente el dueño del balón, que tenía la sartén por el mango. Y unos y otros se iban para cada portería.

Pero aquel día -noviembre de 1982-, al simpático dueño del Tango que todos envidiábamos le dio por decir, mirándome a los ojos, que se jugaría un Barça-Racing. Seguramente porque el Barça de Maradona acababa de visitar los Campos de Sport de El Sardinero y de meternos cuatro. Y lloré, claro, como lloran los niños de siete años. Porque era del Racing, sí, pero también sabía que era el único del Racing. Eran, iban a ser, todos contra mí.

Ser del Racing en Barcelona -imagino que será igual en cualquier otra región que no sea Cantabria- es algo más que un acto de fe. Obliga y condiciona. Te haces del Racing porque te tira la tierra, la familia, el sentimiento de pertenencia, en definitiva. Te haces del Racing porque te distingue, te da raíces en terreno hostil. Y te condenas a un desahucio emocional: nunca vas a ver al Racing a El Sardinero, sino al Camp Nou -derrota segura- o a Sarrià, Montjuïc o Cornellà -derrota probable-. O haces más kilómetros que un viajante de comarcas para ir a verlo a Palamós, Sabadell, Figueres, Lleida o Binéfar. Lo que te lleva a estar donde no ha estado casi ningún racinguista, claro: en el municipal binefarense viendo como a tu equipo, que pena en Segunda B, le meten tres ante la hilaridad del respetable, dicho sea de paso, que siente que conquista tu grandeza. Porque eres pequeño, sí, pero entre iguales. En cuanto caes un peldaño deportivo, te conviertes en un grande.

 

Ser del Racing en Barcelona es algo más que un acto de fe. Obliga y condiciona. Te haces del Racing porque te tira la tierra, la familia, el sentimiento de pertenencia

 

En el campo eres un aficionado visitante. Siempre. No tienes, no tendrás nunca, un núcleo de amigos con los que compartir campo, afición y colores. Apenas tu padre, y su paciencia. Ser del Racing lejos de la ‘tierruca’ es leer. Leer mucho, con ansia. Devorar cada reportaje, breve, libro, reseña, vieja o nueva, que cae en tus manos. Como si así pudieras simular una memoria, una historia. Es nombrar a fantasmas. Es saber que Óscar fue un delantero formidable allá por los años 20. Que a los entrenadores les llaman Míster porque el primer entrenador profesional que hubo en España fue Mister Pentland. “Que entrenó al Athletic”, te comentan. “Pero antes al Racing”, matizas. Es recitar el salmo Nemes, Joseíto, Mariano, Alsúa y Echeveste, la delantera racinguista de la temporada 49-50, que metió 99 goles en Segunda División y que echó al que sería el Barça de les Cinc Copes de la Copa del Generalísimo.

Y lo aprendes todo, y lo recitas como una letanía. Aunque sabes que no le importa a nadie.

Y es saber que tus ídolos se irán, y aún así les aplaudirás. Porque es lo que has aprendido. Porque tuviste a Gento, y se fue; a Marquitos, y se fue; a Miera, y se fue; a Santillana, y se fue. Aunque por alguna razón prefieres a los que se quedan: Chiri, Piru, Villita, Alba. Te dan cierta ternura: debe ser que eran de los tuyos, de los malos. Pero entiendes a los que se van, y nunca, rara vez, ves una traición a los colores, sino una oportunidad que deben aprovechar. Quizá por eso la nómina de los que vuelven es larga: Sañudo, Quique Setién, Gelucho, Geli, Munitis, Colsa. Y tal vez por eso prefieres que juegue gente de casa: el exilio interior es un camino hacia un cierto integrismo, hacia la demanda de pureza en unas raíces que -es duro admitirlo- te son ajenas. Eso tiene sus consecuencias, claro: aplaudes a Amavisca cuando firma por el Racing y no puedes evitar una mueca cuando te hablan de Iván Helguera, Engonga o De la Peña. Porque te hubiera gustado verlos de verdiblanco, aunque fuera en plena decadencia.

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Eso tiene sus consecuencias, decía. Te ves capaz de defender con argumentos sólidos y muy razonables que no ha habido ni habrá mejor trío de centrales que Merino, Zigmantovich y Pablo Alfaro. O que jugar con cinco centrales y un pivote defensivo en Las Gaunas contra el Logroñés de la 94/95 -13 puntos en toda la temporada- no es solo necesario, sino adecuado e inteligente. O que Maguregui es un osado.

Ser del Racing cuando habita en Primera, es ‘un día de la Marmota’ que dura un año. Cada temporada arranca con las bajas de los mejores jugadores del año anterior. Cada temporada harás cábalas y dirás que, oye, con un poco de suerte hay equipo para ir a Europa. Cada temporada verás como en la décima jornada estás más cerca del descenso que de cualquier puesto medianamente noble. Cada temporada ficharás a un extranjero desconocido, pero que es delantero centro y que metió un par de goles en la fase previa de la Champions. Y cada temporada el que acabará salvándote los muebles será un chavaluco de la cantera.

Ser del Racing en el exilio, en definitiva, es aprender a perder. Porque todo el mundo recuerda -prodigiosa memoria- cuándo su equipo te ganó. Es hacer la derrota normal por insistente frecuencia. Es aprender a lamentar los goles rivales, mucho más asiduos que los propios. Es saber desde muy pronto, desde demasiado pronto, que las derrotas existen. Que las desgracias existen.

Y hoy ser del Racing también es saber que una directiva desnortada, con el aplauso del político de turno y al arrullo de unos petrodólares que -magia- nunca existieron, puede acabar con tu memoria sentimental, con una de tus coordenadas vitales, con tu primera raíz elegida. Así de fácil. Un golpe de codicia y, bum, una parte de ti se borra. Con sello y membrete oficial.

 

Ser del Racing es aprender a perder. Porque todo el mundo recuerda cuándo su equipo te ganó. Es hacer la derrota normal por insistente frecuencia. Es aprender a lamentar los goles rivales, mucho más asiduos que los propios. Es saber desde muy pronto, desde demasiado pronto, que las derrotas existen

 

Ser del Racing es saber que eso existe. Vaya si es saberlo. Pero también es saber que existe la dignidad.

Once-cero-cero. La dignidad.

Una dignidad germinal e inveterada que se haría carne más de 30 años después, muy lejos del patio. Fue en El Sardinero, cuando el Racing, por una vez, fue el equipo de todos. Y lo fue por no querer jugar la eliminatoria de Copa ante la Real Sociedad. Por enfrentarse a la codicia del fútbol con un planteamiento que hizo saltar por los aires sus cánones: Once-cero-cero. Un sistema inédito para un partido imposible en el que la única manera de ganar -¿recuerdan Juegos de guerra?- es no jugar. Paradojas: para salvar al fútbol hubo que renunciar al fútbol.

Once-cero-cero. En realidad, el esquema más valiente de todos.

Esa misma dignidad que, a mis siete años y en el patio del colegio, me hizo llorar. Porque podía aceptar perder, porque perder ya era un hábito. Pero, ¿para qué la saña? Si el Racing ya se había llevado cuatro del Barça, ¿por qué tenía que perder también en el recreo?

Un compañero se me acercó. Y me dijo: “Auni va con el Racing”. Palabras mayores. Fernando Auñón Castellanas, Auni, era un niño valenciano recién llegado al colegio. Y definitivamente, era uno de los buenos. De los que metía goles. Muchos. Siempre. Y sí, Auñón iba con el Racing. Y también los pocos que eran del Madrid, y que en los habituales Barça-Espanyol preferían no implicarse. Y los del Espanyol, por supuesto. Y también los que eran del Sabadell, en el eco de sus años dorados. Y otros, que preferían al Athletic. Y hasta los que no jugaban habitualmente a fútbol: aunque fueran de los malos-muy-malos estaban ahí, dispuestos a estorbar y hacer bulto.

Once-0-0. Porque también existe la dignidad.

Y ese día, en aquel patio de colegio, un niño del Racing, otro del Valencia, varios del Sabadell, un puñado del Athletic y otros tantos vieron que eran pocos, sí, pero que no eran menos.

Y que nunca iban a serlo.