Ser aficionado de un equipo modesto es un auténtico deporte de riesgo. El placer por lo azaroso, lo repentino hecho costumbre. Es comprarse una camiseta con el nombre y número de Mido, o salir de fiesta con Royston Drenthe. Uno sabe cómo empezará la aventura, pero a saber cómo termina. La derrota para un equipo modesto es el pan de cada día, el empate es el consuelo y la victoria un premio que rara vez toca. Eso sí, nadie disfruta una victoria como sus seguidores. Y da igual si es de rebote en el minuto noventa, mucho mejor que sea así. De hecho, asusta pensar cuando nos adelantamos 2-0 en el marcador, uno no se lo termina de creer y sabe que antes o después algo malo ocurrirá. Efectivamente. Ahí está esa expulsión tonta, ahí llega el típico penalti absurdo o ese gol en el último instante. Cuando los equipos grandes vengan a nuestro estadio se repetirán dos tópicos: el terreno de juego es pequeño y el estado del césped es un desastre. Para la próxima vez perfumaremos el córner… Se valora muy poco la reinserción social que ofrecen los clubes modestos. ¿Usted tiene un delantero que lleva cinco meses sin hacer gol? No se preocupe, póngalo frente a mi equipo y verá un doblete en los primeros treinta minutos. ¿Su portero ha encajado una media de tres goles por encuentro? Tranquilidad, le prometo que ante nosotros no encajará un solo disparo.

Whoops!El ritual hacia el estadio no sufre alteraciones. Dos horas antes del inicio del encuentro uno sabe que va a presenciar una derrota, otra más. A falta de una hora se envuelve en un halo de optimismo, mira la alineación y coño, pero si estos futbolistas no son tan malos. Conforme uno llega al estadio cree ser socio del Brasil de los 70, el Milan de Sacchi o el Barcelona de Guardiola. Qué cojones, !somos una mezcla de todos ellos! Ya sentado en la localidad la única respuesta que nos sirve es la victoria, esto está ganado. Hoy se gana sí o sí. Arranca el partido, y para el minuto dos ya vamos por detrás en el marcador. A la mierda todo. ¿Dónde están Rivelino, Gullit y Messi? Todo era un espejismo, hay que bajarse al barro. Un aficionado de esta índole tan solo exige a sus jugadores una cosa: vaciarse en el campo. “Oiga, pero si hemos perdido 0-3”. Sí, nos han metido tres goles, pero al menos se han dejado los huevos. Y ya está, esa es la conclusión definitiva. Quizá sea triste, pero con eso nos sirve. Cuando el equipo da tres pases buenos seguidos el estadio se vuelve loco, y ya ni os cuento si se trata de un envío en largo preciso. Apoteosis. En equipos así suele haber uno o dos que saben regatear, al resto se les está prohibida semejante brujería. Cuando alguno de ellos coge la pelota, encara y se marcha del rival ya se convierte un nuevo ídolo de la parroquia. Tenemos a un tipo capaz de irse de dos rivales, no necesitamos más. Eso sí, como pierda dos balones tontos será el punto de mira del pueblo.

De ilusión vivimos, no hay más. Tan solo hay que observar cómo transcurre el mercado de fichajes. Llegarán dos o tres veteranos, soldados del escudo. De esos que tanto nos gustan, no poseerán una técnica pulida pero sangrarán por el equipo. Literal. También vendrá un delantero falto de gol. Ese mismo que en las primeras jornadas anotará dos goles, corearán su nombre y no volverá a perforar la red hasta el penúltimo partido. Pero mi perfil favorito es el del fichaje exótico. El futbolista de Youtube, el clásico vídeo de cinco minutos donde hemos fichado a Maradona. Qué suerte tenemos, por fin nos hemos reforzado con una gran estrella. “Seguro que el Real Madrid o el Barça no se han dado cuenta del pedazo jugador que hemos fichado”. El susodicho poseerá un nombre difícil de pronunciar, y en Youtube aparecerá su nombre junto a una descripción tipo: “New persian star”. Una cosa está clara, ganar no ganaremos pero nos divertimos. Ya sea en Primera, Segunda o Regional Preferente. Sin la obligación de vencer, todo adquiere tintes heroicos. Es la historia de nuestras vidas.