Nació en Pamplona, pero creció, y empezó “a entender el mundo”, en Vitoria, en el Fernando Buesa Arena y en Mendizorrotza, y este 2021 Mikel Izal, vocalista de la popular banda de indie Izal, ha alumbrado el himno del centenario del Alavés. “Gracias por regalarnos la forma de querernos un poco mejor. Y de acercarnos a los que están lejos, que regresan con cada gol”, reivindica en la maravillosa Alta la frente el cantante alavés, un apasionado del deporte desde niño; subrayando su potencial para unir a la gente y vertebrar recuerdos comunes.

¿Qué supone hacer el himno del equipo de tu vida?

Supongo que me daré cuenta de lo que es en el futuro, porque suelo relativizar mucho las cosas que vivo y porque prefiero no darle demasiada importancia a según qué cosas para poder seguir viviendo con la normalidad que me gusta vivir. Sigo siendo el mismo que he sido toda mi vida, Mikel, y lo mismo puedo estar haciendo todo esto que podría estar siguiendo con la ingeniería, pero sí, lo he vivido con mucha intensidad. Con ese pequeño granito de arena, formo parte de la historia del club de la ciudad que me vio crecer, y eso es algo increíble para cualquier ser humano. Cuando digo que vuelvo a casa vuelvo a Vitoria. Y me ilusiona mucho pensar que el himno ha gustado, tanto a la afición como al club, y que gente de muchas partes se ha hecho un poco del Alavés porque les ha emocionado y les ha motivado este Alta la frente. Ojalá haya llegado para quedarse, porque lo disfrutaría muchísimo cuando sea viejito. Cuando esté en una época más tranquila, más de libro y mecedora. Un día me daré cuenta de que alguna lagrimilla cae por mi mejilla porque recordaré cosas muy chulas, y esta será una de ellas.

¿Futbolero desde niño?

Vamos a quitarnos la careta: yo soy muchísimo más de baloncesto que de fútbol. El básquet ha sido mi deporte. Estuve dos años en la selección de Álava y llegué entrenar con el Caja Vital. Soñé con dedicarme a eso durante un tiempo. Influye tener al lado un equipo como el Baskonia, que ha conseguido gestas increíbles para una ciudad del tamaño de Vitoria. Obró milagros. Es de locos lo que ha pasado en Vitoria con el básquet. Cuando yo llegué a Vitoria era vecino de Randolph Keys, que es un jugador del Baskonia poco recordado, pero al que yo veía como un superhéroe. Para mí era como Jordan. Eran los años en los que hacía la colección de cromos de la NBA. Era carísima, y recuerdo que tenía que ahorrar durante toda la semana para poder comprarme un sobre. Yo en seguida me bajé del carro de la alta competición. Pronto vi que no iba conmigo. Era, y soy, una persona a la que le gusta divertirse, y el básquet lo vivía como un juego. En el momento en el que me presionaba de repente me notaba en un entorno más serio y me hacía pequeñito. Pronto vi que por ahí no iban a ir los tiros, pero durante un tiempo la ilusión estuvo ahí y recuerdo todos aquellos años con mucho cariño; al igual que mi primer día en Mendizorrotza, con 11 o 12 años. Fue un partido contra el Barça. Del partido no recuerdo demasiado, pero sí recuerdo la emoción de descubrir un sitio que nunca había pisado, de estar en las gradas, y, sobre todo, cómo me impactó el tamaño del estadio. De pequeños todo nos parece enorme.

¿Qué más recuerdas de tu infancia?

Recuerdo muchísimo deporte en mi juventud, y recuerdo Vitoria como una ciudad muy deportiva. Yo estaba muy a tope con el baloncesto, pero también recuerdo jugar mucho a fútbol. El fútbol, de hecho, era lo que predominaba en el patio: de los 15 partidos que se jugaban a la vez tres eran de baloncesto y 12 de fútbol, a pesar de ser una ciudad tan baloncestística. Creo que al fútbol es más fácil jugar si no tienes ni puñetera idea. El básquet es más difícil, más técnico, y si no tienes ni idea estarás cometiendo infracciones constantemente, y por eso el fútbol es más popular. Se jugaban 12 partidos a la vez con 12 pelotas en un mismo campo, con 150 chavales, y recuerdo que cuando metías el gol que hacía que tu equipo ganara ese partido diario de 20 minutos en el recreo eras muy feliz. Son los años en los que algo se comienza a activar dentro de ti y te empiezas a fijar en lo que hacen aquellos superhéroes y superheroínas a los que después intentas imitar a pequeñísima escala, y son, también, los años en los que empiezas a sentirte parte del deporte.

 

“El megafútbol está llevando a algunos clubes tan lejos de sus ciudades, de su tierra, que a veces la gente tiene la sensación de no tener nada que ver con los que están jugando, pero aquí, afortunadamente, no tenemos que gustar en Filipinas”

 

¿De dónde viene la pasión por el Alavés?

La pasión por el Alavés se respira en Vitoria. Es el equipo de la ciudad. Mola pensar que hay gente de la ciudad jugando ahí, aunque a veces sea mentira. Me gusta ver un poco de mí, algo de mi barrio, ahí. El megafútbol y la globalización están llevando a algunos clubes tan lejos de sus ciudades, de su tierra, que a veces la gente tiene la sensación de no tener nada que ver con los que están jugando, pero aquí, afortunadamente, no tenemos que gustar en Filipinas. El fútbol, a nivel general, se ha metido en una dinámica muy de Barça-Madrid, con el Atlético como invitado, y está empezando a echarse muchísimo de menos un Deportivo de la Coruña. Parece, a veces, que todo se limita ya a llevar el conteo general de títulos. ¿Tú cuantas ligas llevas ya? ¿30? Yo 28. Y al final la sensación es que para ellos solo es poner una muesca más; una muesca más que ni siquiera se saborea porque solo se mira el conteo total, en medio de una especie de competición infinita que nunca jamás acabará. ¿Cuándo celebramos qué? ¿Cuándo se acaba esto? En Vitoria se celebra muchísimo menos, y por eso se celebra y se vive el ahora. Son dos sentimientos completamente diferentes. 

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“Ser de un equipo pequeño te ayuda a entender la vida”, suele decir Toni Padilla.

La historia del Alavés está repleta de altibajos: desde las peleas en el barro hasta una final de UEFA. Es un equipo humilde de una ciudad pequeña con una literatura preciosa, y la ciudad vive con mucha intensidad sus logros. La final de Dortmund la recuerda todo vitoriano, aunque no haya visto un pelota de fútbol en su vida y aunque el Alavés no esté en su boca a diario. Todo aquello paralizó la ciudad. Yo lloré. Y no sabía que el fútbol y el Alavés podían afectarme de esa forma y emocionarme hasta ese punto. Aquellos días me dio la sensación de que toda España iba con nosotros. Yo estudiaba en Bilbao, que ahí son muy del Athletic, y, joder, me impactó que olvidaran los piques de cada domingo y fueran con el Alavés. Es el momento cúspide de la historia del Alavés. Yo nunca me he creído aquello de que a veces una derrota puede saber a victoria, pero si hay una derrota que puede acercarse a saber como una victoria fue esa. Ganar hubiera estado genial, claro, porque, además, entonces la UEFA incluso era más importante que ahora, que tengo la sensación de que se ha ido diluyendo un poco entre tanta competición, pero creo que estaríamos hablando exactamente igual de todo aquello. El discurso no variaría nada, solo se añadiría una frase al final. El relato apenas cambiaría en ese y encima ganamos final, pero el orgullo con el que lo recordamos sería exactamente el mismo. El mismo. Todos nos sentimos muy orgullosos de perder y caer de esa forma. Europa no sabía quienes éramos, pero dimos guerra y plantamos cara hasta el último minuto. Hay formas y formas de perder, y se perdió de la mejor manera posible.

 

“Es vital que en nuestra vida existan cosas poco importantes. Como el fútbol. Sin ellas, nos volveríamos locos: si todo fuera importante, si todo fuera grave, si todo fuera trascendente, esto sería una pesadilla”

 

¿Qué es el fútbol para ti?

El fútbol es quedar con tus colegas para ver el partido en el garito en el que tomas calimocho los sábados y, de repente, sentir que estás en compañía, que todo el mundo va a una, y cómo se genera una emoción común. El fútbol es una pasión común que es difícil de explicar. Es algo alrededor de lo que nos abrazamos. Porque luego te paras a pensarlo y es un poco ridículo que nos afecte tanto que un balón entre entre tres palos. Pero creo que nos emociona e interpela tanto porque nos conduce a recuerdos. La pasión por el fútbol nace de cosas mucho menos espectaculares que las que se generan alrededor del fútbol, nace de que te recuerda que fuiste con tu padre a tus primeros partidos, que tu abuelo era muy aficionado al fútbol y te contaba historias. Te lleva a muchos momentos. Es como un catalizador muy potente de emociones, como un creador de recuerdos y vivencias, y por eso se vive con tanta intensidad. En el fondo no importa tanto que el balón entre o no entre, pero lo que pasa es que cuando entra automáticamente regresan a tu cerebro imágenes del pasado. El fútbol es un hogar, en definitiva, y es una excusa para escribirte con tus seres queridos y juntarte, y si no existiera el fútbol, el baloncesto o el deporte en general nos hubiéramos tenido que inventar otra cosa que hiciera que el fin de semana tuviéramos una cita obligada con los colegas o con tus padres. Es algo que se ha convertido en tradición y costumbre, y alrededor de lo que se vertebran recuerdos y vivencias. Es como la Navidad, que cuando llega te vienen a la cabeza un montón de momentos y te acuerdas de gente. El fútbol es una excusa para generar y construir recuerdos, y es mucho más que un balón, dos porterías y cuatro líneas. El partido en sí solo es una pequeña parte. El fútbol es, también, ir al campo y pasarte más tiempo hablando y riéndote con tu colega que fijándote en lo que pasa en el campo. El fútbol es toda la liturgia que lo envuelve, toda la experiencia, y al final es una forma de querernos de una forma más divertida, y una forma de querernos un poco mejor.

“Es la cosa más importante de las cosas menos importantes”, según dice Jorge Valdano.

Es un alimento para el corazón, y es imprescindible tener esos vehículos que, como el fútbol, nos conducen a momentos felices y distendidos. La vida sería una mierda sin estos vehículos, sin estas excusas. ¿A qué estamos aquí sino? ¿A ser esclavos del trabajo constantemente? Es vital que en nuestra vida existan cosas poco importantes. Sin ellas, nos volveríamos locos. Si todo fuera importante, si todo fuera grave, si todo fuera trascendente, esto sería una pesadilla.

 


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Fotografías de Ana Máñez.