“La fama no me ha cambiado”, “sigo siendo el mismo que salió del barrio” y frases del estilo suelen escucharse en boca de los deportistas de elite. Y quizás sean sinceras. Tengo para mí que yo no sería el mismo con una cuenta corriente bien nutrida, un par de deportivos durmiendo en el garaje y una presentadora de televisión flotando en la piscina. Me habría resultado muy difícil no convertirme en un imbécil integral durante mi adolescencia como nueva estrella en ciernes, entre otras cosas porque ya me convertí en uno siendo más pobre que una rata y ligando menos que los hermanos Calatrava. Resulta sencillo criticar según qué comportamientos ajenos, y algo pretencioso imaginar que cada uno de nosotros no caería en ellos si la vida nos hubiera colocado en esa tesitura.

Así que, por ese lado, creo que acerté aquella noche de tercero de BUP en que abrí los ojos: no me compensaba seguir entrenando para no jugar, pasar frío sólo para calentar banquillo, dejar de salir los sábados por la noche para tampoco salir (al campo) los domingos por la mañana. ¿Series de abdominales bajo la lluvia cuando puedes estar en casa quemando la MegaDrive? ¿Chuparme tediosos viajes en autobús a Alcorisa o las Cinco Villas para que los viejos del pueblo se caguen en mi madre? No, definitivamente eso no era para mí. No me compensaba esa vida de sacrificios, pero sobre todo porque -a diferencia de los creyentes- yo no intuía que más allá me esperase una vida mejor.

De golpe, el ateísmo futbolístico me hizo entender que jamás podría cumplir mi sueño redentor: saltar a La Romareda en una tarde de frío invernal, con la general bañada por los rayos del sol y el humo de los puros, para matar con el pecho una diagonal de Santi Aragón, tirarle una pared a Juan Señor y aprovechar un hueco abierto por el Kily González o Juan Eduardo Esnaider o Savo Milosevic. Y entonces, estando mano a mano con el portero rival, con toda la grada conteniendo el aliento y amasando ya el grito de gol en las entrañas, yo empezaría a pensar en cómo celebrarlo, corriendo hasta la posición en la que siempre me había sentado con mi padre y mi hermano para, con un gesto estúpido y cursilón, dedicarles un tanto que les llenaría de orgullo y a mí me llevaría hasta las portadas de la SuperPop y del Don Balón.

Y mientras pensara en todo eso, mientras saboreara los contratos y las novias por venir, los viajes por medio mundo y quién sabe si la internacionalidad en un amistoso contra San Marino, el portero ya me habría tapado la posición, el central me habría encimado y yo tendría que improvisar un disparo con la uña que se iría por encima de la publicidad -Galerías Primero, Cervezas Ámbar- del marcador del estadio.

Algo así debe ser madurar, crecer, cumplir años. Asumir tus propias limitaciones, elegir en qué invertir los esfuerzos, entender que el único plan es la falta de plan. Hoy, a mis 34 años, en una edad en que mi yo futbolista estaría pensando en retirarse, básicamente sigo sin saber por dónde me llegan los pases. Lo único que tengo claro es que, por muy buenos que sean, probablemente fallaré el remate.