Con su vida actual de diputado, el ex Primer Ministro francés Manuel Valls (Barcelona, 1962) goza ahora de más tiempo para dedicar a su otra pasión: el fútbol, al que se enganchó en los años 70 después de visitar por primera vez el Camp Nou.


 

Empecé a amar el fútbol en 1973, cuando con 11 años fui con mis primos de Barcelona por primera vez al Camp Nou. Era verano, con mis padres pasábamos largas temporadas en Barcelona y una de esas noches decidimos ir al Gamper. Descubrí el fútbol por primera vez en el estadio. Esa noche, lo que más me llamó la atención fue el ambiente; había muchos sentimientos entremezclados. En esa época vivíamos el declive del franquismo y Johan Cruyff acababa de llegar. Cruyff era magnífico y además representó muchísimo para la sociedad catalana de aquella época. Mi familia de España es muy aficionada al fútbol. Siempre he ido al estadio con mis primos, hasta los 18 años no me perdí ningún Gamper. El primo hermano de mi padre, mi tocayo Manuel Valls, compuso el himno del Barça a finales de la década de los 70. Un día llegó radiante y nos gritó: “¡Me han pedido componer la música del himno del Barça!”. Ganó más dinero con esa composición que con todas sus obras juntas.

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De joven tocaba en un grupo de música, en el Bois de Vincennes, con amigos de origen italiano, español y portugués, y solía ir con ellos al Parque de los Príncipes para ver al PSG. En 1978, cuando cumplí 16 años, por fin tuvimos televisión en casa, antes no teníamos porque mi padre, que era un artista, un intelectual, creía que no era necesario para nuestra educación. Fue entonces cuando empecé a ver muchos partidos, especialmente los de la Copa del Mundo de Argentina. Aquel Mundial, bajo la dictadura, lo viví con un sabor agridulce: por un lado con espíritu de denuncia ante un evento que servía de propaganda del régimen y, por otro, con el deseo de disfrutarlo. Ese torneo tuvo de todo: la revancha de los Países Bajos, una gran selección francesa y la gran Argentina con Mario Kempes, que me encandiló.

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Nunca he simpatizado con la selección española, solo con la francesa. En París me siento parisino de nacionalidad española, pero en Barcelona me siento barcelonés con un exacerbado sentimiento antimadrileño y antimadridista. Hasta la llegada de la democracia a mediados de los 70, el arbitraje fue muy favorable al Madrid. La victoria por 0-5 en febrero de 1974 en el estadio Santiago Bernabéu me marcó mucho porque era un período en el que me estaba formando políticamente. En 1976, salí a la calle en la manifestación para la autonomía catalana. El estadio era un lugar donde se podía expresar una identidad que nos había sido negada. Incluso después de la muerte de Franco, el Camp Nou era muy reivindicativo.

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Hace unos meses estuve con mi hijo en el Barcelona-PSG, quizá el partido más apasionante al que he asistido. Los últimos minutos fueron apoteósicos, no podíamos creerlo. Aquello no fue un partido de fútbol, fue un solo equipo frente a su propia historia. Había un ambiente especial, yo estaba en el palco y no pudimos dar rienda suelta a nuestras emociones. Los dirigentes parisinos con los que compartía asiento estaban perplejos, como si intuyeran lo que iba a suceder. Cada partido es una vida entera que comienza de nuevo cada fin de semana. Y aquel partido nos lo recordó.

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En el fútbol moderno hay demasiado dinero, los jugadores están en una burbuja y los agentes tienen demasiado poder. Sin embargo, creo que el fútbol continúa mejorando. Quizá ya no vemos futbolistas con la personalidad de Stoichkov o Cantona, pero cada vez hay más talento. La selección francesa, por ejemplo, es buena muestra de ello, con jugadores como Mbappé. Tenemos una gran generación. A pesar de que el fútbol está orientado más hacia el espectá- culo, sigue repleto de historias fascinantes: las rivalidades Boca- River, Roma-Lazio o las de los clubes de Estambul, por ejemplo.

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Guardiola se ha posicionado a favor de la causa independentista y esto es algo que me preocupa mucho por el riesgo de desmembramiento de España y, en consecuencia, de Europa. Amo al FC Barcelona y el antifranquismo fue una buena causa en su día, pero hoy soy muy cauteloso con el nacionalismo y me preocupa el riesgo que entraña que un club se signifique políticamente. En Francia, cuando la política se ha relacionado con el fútbol, no nos ha ido muy bien. A veces los políticos y la prensa nos empeñamos en mezclar cuestiones sociales con el deporte, como con el fenómeno de la Francia black-blanc-beur, pero hay que tener cuidado: dos años después, La Marsellesa fue silbada durante un Francia-Argelia y cuatro años más tarde Le Pen multiplicó sus votos.