Marwan Abu-Tahoun Recio (Madrid, 1979) es el Sergi Roberto de las letras: Un músico de corazón que ha triunfado por casualidad como poeta. Hijo de un palestino y una española, empezó a desear el éxito en el equipo de su barrio, lo alcanzó sobre los escenarios y lo multiplicó en las redes sociales, con sus poemas virales. Desde que cambió el balón y las botas por la guitarra y los versos, ha publicado cuatro discos, cinco libros e infinitas poesías. Ha llenado pabellones, teatros y auditorios, pero sigue soñando con un estadio de fútbol abarrotado… y marcar el gol que lleve a Palestina a su primer Mundial.


 

Soy muy futbolero, nunca me pierdo un partido del Barça. Cuando sale el calendario me apunto todos los partidos importantes para que no coincidan con conciertos. Estudié educación física y siempre me han gustado mucho los deportes. Aunque de pequeño jugaba más a baloncesto y voleibol, a partir de los 14 o 15 años empecé a jugar a fútbol a muerte. Me apunté al equipo de fútbol justo cuando me compraron mi primera guitarra, pero soñaba más con ser futbolista que con ser músico. La música era un hobby pero el fútbol era casi mi vida. Un poco más mayor me lesioné en la rodilla y empecé a componer, entonces fue cuando me volqué definitivamente con la música. Como buen cantautor con ego, jugaba de delantero centro para poder llevarme los méritos del gol. No se me daba mal; aunque jugaba en categorías bajas, era el típico delantero tanque goleador.

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Me hice culé por Zubizarreta. De muy pequeño jugaba de portero y era del Athletic porque la familia de mi madre es de Soria y en aquella época mucha gente de Castilla era del Athletic. Me encantaba Zubi y cuando fichó por el Barça me cambié automáticamente. Viviendo en Madrid, siempre ha sido difícil ser del Barça, en mi clase todos se metían conmigo porque, además, por entonces no ganábamos tanto. Ahora es distinto, en Madrid conozco a muchísima gente que es del Barça.

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Este año veo al equipo muy bien: con los fichajes que se han hecho, por fin tenemos fondo de armario y contamos con jugadores que pueden suplir con garantías a los titulares. Iniesta es uno de mis ídolos, por eso le he dedicado varios escritos. Ha marcado una época junto a Xavi y Messi, para mí, los tres futbolistas más importantes de la historia del club. Lo vamos a echar de menos. En alguna ocasión he dicho que el gol de Iniesta en Sudáfrica ha sido el mejor momento de mi vida: no tengo hijos y discos, tengo muchos, así que ganar un Mundial fue lo mejor que me ha pasado.

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Mi padre es palestino y tuvo que emigrar a España para buscarse la vida. Aunque me siento más español, si hubiera sido futbolista hubiera sido feliz de jugar en la selección palestina. Jugar por España te puede dar más títulos y repercusión, pero a mí me toca más la ‘patata’ Palestina: en general, las patrias no me gustan, sólo me emocionan las que han sido golpeadas. La gente que rechaza a los refugiados o a los inmigrantes son lo peor de este planeta. Me parece atroz que se pueda rechazar a gente que está sufriendo guerras o está pasando hambruna y tienen que irse del país que aman. No se odia al extranjero, se odia al pobre: en Francia está creciendo la xenofobia, por ejemplo, pero cuando ganan el Mundial todos aplauden la multiculturalidad.

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Creo que el fútbol es un arte, igual que lo puede ser la música o la poesía. Se trata de conjugar una serie de destrezas que emocionan por su belleza plástica. Una volea, una chilena o un regate son, sin duda, arte. He escrito varias poesías sobre fútbol porque lo entiendo desde su vertiente épica y es un elemento que puede arrebatarte tanto como el amor o el desamor. Yo amo el fútbol; a pesar de que veo que se ha convertido en un negocio macabro, sigo disfrutándolo sin excesiva nostalgia de cuando no era un negocio de tal calibre, porque la competición sigue siendo fascinante. Ahora, el exceso de dinero que se mueve contrasta mucho con las necesidades sociales que hay en todo el mundo. Y eso es macabro. Hay que ser crítico, pero prefiero quedarme con lo bueno y disfrutarlo desde el punto de vista deportivo.

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Los músicos y los futbolistas podemos pasar del éxito al fracaso de la noche a la mañana. En este sentido somos iguales. No sabría decir quién de los dos lo tiene más fácil para gestionar esos picos emocionales. Quizá los músicos tenemos más oportunidades de levantarnos de los fracasos, porque nuestras carreras suelen ser más largas. Hombres G, por ejemplo, triunfó en los 90 y volvió a hacerlo 20 años después. A menudo, en ambas profesiones nos llega el éxito a una edad en la que somos demasiado inmaduros y, quizá, los músicos tenemos más tiempo que los futbolistas para reinventarnos cuando las cosas van mal. La clave está en relativizar
el éxito: tengo a muchos amigos músicos desconocidos que son felices porque viven de lo que aman y otros que están forrados y son profundamente infelices. Imagino que en el deporte pasa igual.