“El mundo es un lugar peligroso para vivir. No por aquellos que hacen el mal, sino por aquellos que se ponen a ver lo que sucede y no hacen nada”.

Albert Einstein.

 

Son tiempos raros, que canta Kase O. Son días grises, de cifras y acrónimos que no entendemos y que nos han horrorizado hasta el punto de dejar de ser conscientes que detrás de los datos se esconden las personas, de curvas que nos doblegan más a nosotros que a ellas mismas, de virus que, como la lluvia, parece que nos afectan a todos por igual, aunque, como en tantos otros aspectos de la vida, no todos tenemos el mismo paraguas. Se hace complicado tener que luchar contra una cosa que ni siquiera vemos, pero parece que los enemigos de nuestra generación siempre serán invisibles. Ayer lo fue el mercado. Hoy lo es un virus minúsculo, imperceptible. Mañana quién sabe. Y mientras nos vamos acercando a la nueva normalidad, sin que demasiada gente de este país de seleccionadores y epidemiólogos parezca alarmarse por lo que puede esconder este término, ni por el motivo por el cual alguien ha escogido distancia social y no, por ejemplo, distancia física o distancia de seguridad, y mientras vamos acostumbrándonos a cambiar de acera o a dar dos pasos hacia atrás antes de mediar palabra con alguien, y a hablar a dos metros de distancia, a ver las mascarillas, las mismas mascarillas con las que ya no nos sorprende que tantos comercien, como una parte más de nuestros rostros, algunos, abanderados de una vacua, eterna, equidistancia, del ni machismo ni feminismo, y cansados ya de hacer de policías de balcón o de aplaudir a quienes mañana les echarán en cara que reivindiquen sus derechos, han hallado un último pasatiempo en pregonar que quemar una comisaría de Mineápolis o un coche en una calle de Dallas les quita razón a quienes reclaman su derecho a vivir o, mejor dicho, a que no les maten. Cuando nos indigna más que se incendien coches que que se incendien vidas, cuando nos indigna más que se saqueen supermercados que que se saqueen derechos, o cuando nos indigna más que se queme un contenedor que que se queme el futuro de una generación que nunca cobrará al mes lo que vale ese contenedor, quizás tenemos un problema como sociedad. “La memoria de Floyd está siendo explotada por alborotadores, saqueadores y anarquistas”, dijo Trump hace unos días; poniéndonoslo más fácil a quienes estamos acostumbrados a votar siempre al menos malo, a quienes elegimos el barco en el que queremos estar al ver quien salta al campo para cada equipo.

Quizás algunos hubieran celebrado que permaneciera en silencio, como tantísimas veces ha hecho antes y como, tampoco nos engañemos, todos esperábamos que pasara de nuevo ahora, pero el balompié mostró este fin de semana su firme rechazo a lo acontecido en Mineápolis, en la autoproclamada tierra de las libertades. Lo hizo, entre muchos, muchísimos, otros, a través de un hispano-marroquí de 21 años, de un inglés de 20 años, de un estadounidense de 21 años y de un francés de 22 años, que demostraron que la lucha contra el racismo es internacional y, a la vez, que estará liderada por una generación que se ha cansado de aceptar lo que otras aceptaron antes. Lo hizo a través, entre muchos, muchísimos, otros, de Achraf Hakimi y Jadon Sancho, que ojalá en la celebración de su segundo tanto en el partido contra el Paderborn (1-6) se hubiera vuelto a quitar la camiseta del Borussia Dortmund para mostrar, de nuevo, la de Justice for George Floyd para que el colegiado se viera obligado a sentar un precedente o a expulsarlo, quedando, así, en evidencia, una de las normas más estúpidas del fútbol. Lo hizo a través, entre muchos, muchísimos, otros, de Weston McKennie, del Schalke 04, que lució un brazalete con el lema Justice for George Floyd, y que justo después de caer ante el Werder Bremen (0-1), remarcó, a través, de las redes, que “me siento muy bien al ser capaz de usar mi plataforma para llamar la atención sobre un problema que ha estado sucediendo durante mucho tiempo. ¡Tenemos que defender lo que creemos, y creo que ya es hora de que nos escuchen!”. Y también lo hizo a través, entre muchos, muchísimos, otros, de un Marcus Thuram que, después de ratificarse como uno de los mejores jugadores de la Bundesliga al firmar el segundo gol del Borussia Mönchengladbach, y el primero de su cuenta personal, en la contundente goleada contra el Union Berlin (4-1), clavó su rodilla izquierda en el suelo, imitando el gesto de Colin Kaepernick, que en 2016 decidió arrodillarse durante la interpretación del himno estadounidense que precede el inicio de todos los encuentros de la NFL, en un gesto que acabó costándole su carrera deportiva, y que estos días, convertido ya en uno de los grandes referentes de la América que lucha por una sociedad inequívocamente igualitaria, libre de racismo y de brutalidad policial, afirmó que “cuando los actos cívicos nos conducen a la muerte, las revueltas son la única reacción lógica que nos queda. Vuestra violencia ha traído nuestra resistencia y tenemos el derecho de volver a pelear”, reescribiendo el precioso respect existance or expect resistance que alguien pintó en una pared de mi pueblo.

Mientras la lluvia añadía una capa de tristeza al cuadro, agregando electricidad a un aire cortante, que pesa más que nunca, mientras pensaba en qué pensaría Eduardo Galeano, que en su día escribió que “no haya nada menos vacío que un estadio vacío, ni nada menos mudo que las gradas vacías”, si tuviera que vivir en estos tiempos de graderías de cartón pluma; encontré, googleando, que Marcus Thuram, nacido en Parma hace 22 años, apenas un año antes de que su padre, el legendario Lilian Thuram, se coronara campeón del mundo, suele celebrar sus goles y los triunfos del cuadro de Mönchengladbach alzando el banderín de córner; y entonces pensé en que, por mucho que algunos que se quedaron en hace un siglo, cuando menospreciar el fútbol quizás confería algún estatus social, continúen denostando este deporte, en un ejercicio de ilustrado esnobismo, y desde su autoconstruida atalaya de superioridad moral, para esto, precisamente, sirve, y puede y debe servir, el fútbol: para alzar banderas. Para ayudar a hacer del mundo un lugar mejor. Porque, aunque no quieran entenderlo quienes utilizan su proyector para gritar al mundo que se podía vivir sin fútbol, el fútbol no es solo fútbol. Es mucho más que eso. Es, de hecho, una de las cosas más políticas de cuantas nos rodean; y es que, como acentuaba el exfutbolista y historiador uruguayo Gerardo Caetano, “los que creen que el fútbol no tiene nada que ver con la política o no saben nada del fútbol o no saben nada de la política”.

Está hecho una mierda. Enfermo. Desgastado. Corrompido. Pervertido. E irreversiblemente prostituido. Pero sigue siendo, a pesar de todo, una herramienta súper útil; tal y como demostraron Achraf, Sancho, McKennie o Thuram. “El balompié es una arma súper poderosa. Más que cualquier otra; con una capacidad para transformar cosas enorme. Quizás inigualable. Te pone al mismo nivel, seas quien seas. No entiende de clases ni de clases sociales. Cuando la pelota empieza a rodar no hay ricos ni pobres. Solo compañeros y rivales. Es tan universal, une e iguala tanto, arrastra tantas cosas, tanta gente, y tiene tanto poder, tanta fuerza, que es una herramienta que puede ser muy útil. Tiene una capacidad para derribar barreras, para favorecer la integración, y para todo, en definitiva, que no la tiene absolutamente nada más. Es, creo, como un cuchillo, con el que puedes matar a alguien o hacer muchas cosas útiles”, asentía hace unos meses, en estas mismas líneas, Juancho Marqués.

En la misma línea se expresaba el propio Lilian Thuram, exfutbolista del Mónaco, el Parma, la Juventus y el Barcelona, y el jugador que ha defendido más veces la camiseta de la selección gala (142), hace ya casi un par de años en las páginas de El Periódico. “El fútbol no puede eliminar el racismo de la sociedad. Pero puede cambiarla”, enfatizaba el futbolista de Guadalupe antes de insistir en remarcar que “muchas veces los blancos piensan que el racismo es algo que no va con ellos y respecto a lo que no pueden hacer nada. Y es un error. Porque el racismo es, ante todo, un problema de los blancos, al igual que el sexismo es, fundamentalmente, un problema de los hombres. Pero, claro, cuando yo digo esto, mucha gente blanca se lo toma como una cuestión personal y se siente atacada”. Y en otra imperdible entrevista en la agencia EFE, en la que contaba que “mi hijo cambió recientemente de equipo de fútbol y su madre llamó por teléfono para saber la nueva dirección en la que se encontraba. La persona al otro lado del teléfono le dijo que no se preocupara ya que en el barrio no había negros ni árabes. Cuando le contestó que ella era negra la persona se defendió asegurando que todos somos hijos de dios. La gente tiene esa capacidad de darle la vuelta a todo y hacerte creer que no has oído lo que has oído o que ha sido un malentendido, y que ese malentendido sale de ti”, Lilian, que siempre ha querido aprovechar la notoriedad y el altavoz que le han dado su pasado como futbolista para conseguir que su mensaje llegue mejor a los niños, y así se lo ha inculcado a su hijo Marcus, concluía, con unas palabras, imprescindibles, que sirven a la vez para concluir este texto: “No nacemos racistas. Nos convertimos en racistas. Cuando nacemos nos ordenan por categorías. Hombre o mujer. Blanco o negro. Por unas categorías que son una invención ideológica. Luego nos dicen que hay roles que hay que cumplir en función de tu color de piel, y hay jerarquías entre colores. Hoy hay personas que se creen superiores porque son blancos, hombres o heterosexuales. Y la neutralidad sobre estas cuestiones no existe. Cuando eres neutral ante el racismo, el sexismo o la homofobia quiere decir que lo respaldas”.

 


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Fotografías de Getty Images.