“Recuerdo que tenía la típica camiseta Meyba. Y una foto de Guardiola con otro jugador”, explica un nostálgico Roger Padilla. “Yo tenía una pelota firmada por Pelé. Del Pizza Hut, creo”, añade, entre risas, Arnau Vallvé. “Las hicieron por el Mundial del 1998. Las regalaban con dos pizzas familiares”, matiza, convencido, Martí Maymó antes de que Guillem Gisbert afirme que “el único autógrafo que he pedido en toda mi vida se lo pedí a Dertyicia. Fue en verano; después de uno de aquellos finales de liga en los que el Real Madrid se la jugaba contra el Tenerife. Me lo firmó en lápiz. Recuerdo que yo estaba muy preocupado por si el lápiz se borraba, por si desaparecía. Pero, al final, acabó desapareciendo antes el autógrafo que el lápiz”. Los cuatro músicos barceloneses conforman Manel, que acaba de iniciar la gira de presentación del que, cogiendo el testigo de Els millors professors europeus (2008), 10 milles per veure una bona armadura (2011), Atletes, baixin de l’escenari (2013) y Jo competeixo (2016), es su quinto álbum: Per la bona gent (2019).

La banda catalana irrumpió en la escena musical nacional, revolucionándola, en el año 2008; justo cuando Pep Guardiola aterrizó en el banquillo del Camp Nou para escribir las páginas más bellas de la historia del Barcelona. La brillante carrera de Manel, de hecho, se ha ido desarrollando en paralelo a la del entrenador del Manchester City; con quien, aunque Guillem Gisbert proclame, bromeando, que “nuestro referente es el Milan de Arrigo Sacchi”, comparten la necesidad casi vital de experimentar, de evolucionar, de innovar, constantemente. De reinventarse continuamente; creando las mismas dudas alrededor de quién actuará en el lateral izquierdo en los onces del entrenador de Santpedor que alrededor de cómo será la última canción del inclasificable grupo barcelonés. “Una de las cosas más bestias de Guardiola es el día en el que vio que si movía a Messi de la banda al centro el potencial del equipo se multiplicaba. Es un entrenador que es capaz de cambiar las reglas del juego. Un técnico creativo. No uno que tan solo se dedica a colocar unas piezas sobre el césped”, acentúa Martí Maymó, el bajista de la banda. “Una de las cosas que nosotros más valoramos al grabar un disco es el proceso. El hecho de experimentar durante el proceso. En el caso del fútbol hay técnicos más resultadistas y hay entrenadores a los que también les importa el proceso. En este último disco nosotros hemos empezado a trabajar con sampleos sin tener claro dónde iríamos a parar. Pero teníamos muchas ganas de probar cosas nuevas. De crear”, añade Roger Padilla, el guitarrista de un grupo que lleva ya una década vendiendo discos por todo el país.

Salpicando el estilo dulce, exquisito, de sus comienzos con matices eléctricos, electrónicos, tanto Guardiola como Manel, igualmente imprevisibles, igualmente abiertos a cambiar paradigmas, se han erigido en dos de los grandes referentes nacionales de sus respectivos mundos; tan estancos, tan inamovibles, en ocasiones; tan sujetos a la dictadura de la inmediatez, tan propensos al olvido, a crear héroes fugaces, villanos eternos, a los juicios sumarísimos, a los entierros precipitados. “El balompié es una cosa colectiva que, a la vez, puede concentrar la tragedia, el drama, el conflicto, en un solo individuo; como en el penalti fallado por Miroslav Djukic que le dio aquella liga al Barça. En Banda de rock hablábamos de un grupo que hace tiempo que se separó y del que nadie se acuerda. Pero podríamos haber transmitido la misma idea hablando de un jugador que, después de estar en primera línea, desaparece. Existen mil casos así”, asevera Roger Padilla. “De un central del Zaragoza del 87 que cayó en el olvido, por ejemplo. Es un tema acojonante, y muy comparable, muy similar, a lo que sucede en la música, el del deportista de élite que se ha dedicado siempre, con una disciplina férrea, a lo que ha sido su vida hasta que lo deja, todo queda en un recuerdo dulce y él se ve forzado a reinventarse”, sintetiza Guillem Gisbert, el vocalista de la banda, destacando el potencial narrativo de los deportes como el balompié o su ciclismo; al que Manel rindió tributo en la brillante Boomerang haciendo referencia a la pájara de Miguel Indurain en la ascensión al puerto de Hautacam del Tour de Francia que acabó coronando al danés Bjarne Riis (1996).

“El deporte es una gran manera de conectar emocionalmente con recuerdos. Con el pasado, con la infancia. Es un recurso al que quienes escribimos canciones podemos recurrir a veces porque además no es una conexión con una experiencia meramente personal, individual. Mucha gente puede entenderlo porque ha vivido, ha experimentado, lo mismo”, subraya el cantante de Manel antes de que los cuatro se adentren en un viaje interior para confeccionar una lista con los recuerdos futbolísticos más felices de toda su vida. Mencionan el brutal empate en Stamford Bridge; con aquel potente e imparable derechazo de Andrés Iniesta que guio al Barça de Guardiola hacia su primera Copa de Europa. Y el 5-0 contra el Real Madrid de José Mourinho. Y el 2-6 en el Santiago Bernabéu. Y la chilena de Rivaldo contra el Valencia. Y el 6-1 contra el Paris Saint-Germain de hace dos años. “Los goles en el último minuto, que cambian el guion de los partidos en los últimos instantes, como el de Sergi Roberto, lo superan todo. Todo. Son una explosión de emociones. Una cosa muy física. Muy extraña”, acentúa Roger Padilla. Son, quizás, los momentos en los que el balompié más se acerca a la belleza, a la pureza, a la que Manel canta en los primeros compases de la maravillosa Jo competeixo. “Estos momentos quizás tienen un punto mucho más barroco. Porque las imágenes que crea la canción son de orden, de armonía. Estos momentos son más de entraña. De un caos, de un desorden, que te hace emocionar“, puntualiza Guillem Gisbert.

 

Una camiseta Meyba. Una pelota del Pizza Hut firmada por Pelé. O un autógrafo, en lápiz, de Dertyicia. Recuerdos de un tiempo que ya no es. Pero que siempre será.

 

Y también sale, como no podía ser de otra manera entre cuatro hombres que se hicieron mayores, que descubrieron el balompié, con el Barça de Cruyff, el gol de falta de Ronald Koeman en Wembley que le dio al club azulgrana la primera Champions League de toda su historia. “Cuando era un niño era muy rubio y muy blanco de piel. En Alcover, el pueblo en el que veraneaba, los niños, todo el mundo, me llamaba Koeman. Y siempre quería el ‘4’. Siempre”, rememora Martí Maymó; regresando a la infancia, a aquellos días en los que cada tarde, después de comer, bajaba al patio del colegio en el que crecieron los cuatro para jugar más de media hora al balompié. Él es, de lejos, el más futbolero de la banda, pero todos siguen disfrutando de este deporte; de una manera o de otra. Y a todos se les iluminan los ojos al recordar los Mundiales de su niñez. “Hace unos días un amigo, que también iba con nosotros a la escuela, me contaba que está en un equipo de fútbol nuevo. Hostia, me pareció muy bestia porque durante todos estos años él ha seguido jugando al fútbol; cuando yo el hecho de jugar al fútbol lo tengo asociado, básicamente, a la infancia. A una infancia más que remota. No he vuelto a jugar nunca más al fútbol. Se ha quedado allí, y allí se quedará, pero me devuelve a la infancia”, acentúa Guillem Gisbert. Quizás es, precisamente por esto que nos encanta, que nos apasiona, que tanto nos atrae, el fútbol; aunque ya no ocupe todos nuestros pensamientos como cuando éramos niños, aunque hayamos crecido, aunque se nos olvide que juega nuestro equipo. Porque nos devuelve a la típica camiseta Meyba, a la pelota del Pizza Hut firmada por Pelé que regalaban con dos familiares durante el Mundial de Francia o a aquel viejo autógrafo de Dertycia que, por más que el lápiz se borre por el implacable paso de los años, jamás desaparecerá de nuestra memoria. Porque nos devuelve a los recuerdos de un tiempo que ya no es. Pero que siempre será.