Lucho no viene de Luis, en este caso. Lucho es la primera persona del indicativo del verbo luchar. Lucho García, nacido en Barranquilla hace 24 años y hoy segundo portero de la soñadora Ponferradina, habla con pausa, manoseando con calma entre el cajón de las palabras. Sonríe, degustando el feliz presente. “Es un fenómeno”, dicen desde El Toralín. “Siempre está con la sonrisa puesta”, añaden desde el club berciano. La Ponferradina está firmando el mejor año de su historia: es sexta y vive, desde hace días, en puestos de play-off de ascenso a Primera, justo en el año de su centenario. “Aún queda. Queda una vida aún, pero estamos haciendo un año espectacular. Aún no teniendo el presupuesto que tienen grandes clubes en Segunda, hemos competido contra todos. Ninguno ha sido muy superior y hemos podido ganar todos los partidos. Ojalá siga así. Y podamos mantenernos en play-off. Hoy por hoy estamos haciendo historia. Nos gustaría poder dejar nuestra huella. Todo el mundo tiene la ilusión de pelear por ascender a Primera División. Y hay equipo para hacerlo. Ahora nos queda lo mejor y lo más bonito: el final. Tenemos que apretar”, subraya el guardameta.

“Haciendo play-off tendríamos muchas posibilidades, porque somos un equipo que en casa es muy difícil de ganar. Somos un gran bloque: si llegamos, tendremos oportunidades”, anticipa, con convencimiento. “Este es el año para hacerlo. Tenemos la plantilla, tenemos la confianza y tenemos un estadio que siempre nos anima y nos apoya”, remarca. “No haya que tener miedo. Mucha gente lo ve como impensable, muy difícil, pero estamos ahí. No es descabellado. Hay que tener ilusión. Siempre con los pies en el suelo, pero con ilusión. Porque la ilusión es lo que te da el impulso. Hay que creérselo. Hay que tener mentalidad grande”, apostilla.

Sus ojos centellean al hablar de El Toralín. “Es cierto que llevo poco tiempo aquí, pero me he dado cuenta de que la afición es muy cercana, y todo lo que se escucha nace de la ilusión que tiene la afición por nosotros, de todo lo que movemos. Eso es muy grande. Muchas veces los jugadores no nos damos cuenta de los sentimientos que la gente puede tener hacia nosotros, hacia el equipo. Tenemos una gran responsabilidad por eso. Movemos una pasión, la ilusión de muchos niños y la emoción de muchas familias que los fines de semana vienen a sitios que están a horas en coche, y es muy caro por la gasolina. Tu sales de un partido y los niños te piden fotos, autógrafos, los guantes o la camiseta, y ves la ilusión en sus ojos”, prosigue el ’13’. Repite que este año ha visto aficionados llorar en las gradas. “De la emoción. De alegría. Varias veces”, asiente, como quien ha visto un extraterrestre. Respira. Continúa: “Lo que estamos viviendo es un sueño. Y si el aficionado que está fuera lo siente así, cómo no lo voy a sentir yo, que veo el trabajo, cómo luchamos, cómo nos ilusionamos. Queremos hacer algo diferente. Algo grande. Algo que nunca se ha conseguido en la Ponferradina”, afirma Lucho. Llegó a El Toralín en verano, procedente del Deportivo de La Coruña. Antes jugó, y creció, en las canteras del Real Madrid, el Rayo Vallecano y el Sevilla.

En Ponferrada, Lucho es el suplente de Amir Abedzadeh y juega cuando su compañero, fichado este curso del Marítimo luso, vuela con la selección iraní. Hasta la fecha ha disputado cinco partidos. “Es una posición complicada. Durante toda mi vida y profesión lo he ido comprobando. Porque solo juega uno y a veces te toca esperar. Y trabajar para revertir la situación. Este es mi primer año en Segunda. Lo tomo con ilusión y con agradecimiento por la oportunidad que me han dado. Las cosas han podido salir mejor o peor, pero el esfuerzo que doy todos los días no me lo va a quitar nadie, ni la ilusión. Es cierto que quizá no se han recompensado con partidos, pero soy joven. Tengo 24 años y sé que, tarde o temprano, me va a llegar mi oportunidad. Es esperar. Mi posición es una posición de paciencia y experiencia. Ya estoy en Segunda División. Y tengo cinco partidos en el fútbol profesional. Sigo entrenando y trabajando para demostrar cuando me dan la oportunidad, sin frustrarme”, dice.

Se sabe diferente por su condición de portero, “en todos los sentidos”. Y mira hacia atrás: “La primera vez me puse porque era el más alto y me eligieron. A partir de ahí, me enamoré de la profesión. Tiene mucha responsabilidad, prácticamente tenemos que hacer un partido perfecto, sin fallos, pero esa responsabilidad es adictiva y es bonita”. La portería y ese saber que no podía fallar forjaron una personalidad fuerte, casi hermética. A base de golpes, “a base de errores”. “De niño lloraba por cada gol que me metían. Pero me ayudó a madurar. Cuando te equivocas es como ‘tierra, trágame’, pero eso te hace madurar. Cuando te equivocas, esa responsabilidad te hace levantarte y crecer como futbolista y como persona. Esto es lo que me enamora: poder levantarme”, admite, sincero. “Con el paso de los años, vas aprendiendo que te van a meter un millón de goles. Los que me quedan. De cada gol hay que aprender, pero sin comerse la cabeza ni obsesionarse. Porque no todo es parable, afirma.

Habla de la portería y de la vida. Ha madurado, pero los goles continúan doliendo como un puñetazo en el abdomen: “uno se lo toma a lo personal. Portero al que no le duele no es portero. Me duele cada gol que me meten. Podemos ganar 6-1, que ese gol lo tendré ahí”. “No hay mayor satisfacción que conseguir una parada. Yo las celebro como un gol. Les doy mucha importancia. Amo mi profesión. Es mi pasión. Disfruto mucho de la portería”, clama, escribiendo una carta de amor. Y continúa: “Y el Lucho portero lo traslado a la vida. Ese Lucho luchador que siempre se curra las cosas, que siempre está trabajando, que sabe que es joven y que tiene que mejorar un montón de cosas. Ser portero me ayudado en muchas cosas de la vida”, acentúa. Dice que en su camino ha llegado a sentir momentos de “una tristeza inmensa”.

En parte, porque “sabes la responsabilidad que tienes, que ahora no solo juegas por tu ilusión, también por la familia, por los compañeros: cada uno tiene su carrera y nos estamos jugando cosas importantes. Pero nunca me he planteado dejar el fútbol. Te puedes poner triste, pero hasta este extremo nunca llegué”. La tristeza ha servido como gasolina para seguir persiguiendo el sueño que persigue desde la niñez. Abre la buhardilla de la memoria. Llegó a España con apenas tres años. “Aquí era el colombiano y ahí era el español. En la familia me llamaban el españolete. Cuando llegué a la sub-15 me decían el español. Me he criado aquí, pero me considero 100% colombiano. Es mi tierra, la tierra que llevo en la sangre. Para mí es un orgullo tremendo ir con la selección y ver cómo mi familia se siente orgullosa. Eso me da la vida. Mi etapa en España siempre ha sido de trabajo, tanto en el ámbito futbolístico como en la vida”, reconoce Lucho. Aprendió pronto lo dura y difícil que puede ser la vida.

Ahonda en la memoria: “Fui un niño al que nunca le faltó de nada. Pero mis padres son humildes. A mi madre le tocó limpiar cuando llegó y mi padre era pintor de brocha gorda. Otros compañeros podían tener botas de gama alta. A mí me tocaban de gama baja. Siempre en transporte público a entrenar. Para ir a Vallecas tardaba una hora y media. Y tenía que hacer un montón de transbordos. De cadete a juvenil siempre fue así. Hasta que me pude sacar el carnet. Ahora me ven todos bien con el coche, ‘qué bonito, tienes un Jaguar, no sé qué’, pero yo me sé la línea de Renfe de Móstoles a Atocha y de Atocha a Vallecas. Me la sé enterita”, enfatiza. Algunas veces iba solo y otras con su madre: “recuerdo días lloviendo, con rayos, con mil historias”. “Muchas veces me colaba en el metro. Siempre he sido muy despistado. Siempre perdía el abono de transporte y no había dinero para comprar más”, dice. Juan Carlos Martín, Cristian Álvarez, Toño Martínez y Paulo Gazzaniga, en el Rayo, y Tomáš Vaclík y Yassine Bounou, en el Sevilla, le regalaban guantes. “Ellos iban con guantes nuevos y veían los míos, reventados, y me daban guantes para que estuviera a la par”.

Respira. Continúa: “valoro la situación en la que estoy, y estoy muy agradecido por lo que tengo. Porque no ha sido fácil. Y vivir de mi profesión y poder haber sacado a mi madre de trabajar en la limpieza es el mayor logro de mi vida. Ahora estoy en otros objetivos: asentarme en Segunda División, pelear para subir a Primera División e ir a la selección absoluta y haber hecho todos los procesos desde la sub-15 hasta la absoluta. Son los objetivos que tengo ahora. Pero el más grande ya lo tengo hecho: es tener a mi mamá aquí. No soy conformista, y siempre voy a querer más, pero estoy orgulloso de todo lo que he luchado, de todo lo que estoy consiguiendo”. Se emociona al hablar de su madre: “se levantaba a las 4 de la mañana para ir a trabajar. Y llegaba tipo a las 6 de la tarde. Limpiaba en tres casas diferentes. Uno, de niño, no es consciente y ves eso, siendo cadete y tal, y no te das cuenta de que tu madre se va a trabajar, de cómo paga las facturas a final de mes. Tú vas a entrenar tan tranquilamente y disfrutas del fútbol, de tu ilusión, y estudias, pero no te das cuenta de todo eso hasta que no maduras. Ahora me doy cuenta. Y por eso estoy tan agradecido con ella. Por lo que me dio, por esas cosas que no veía. Y de las que ahora soy tan consciente. Son cosas que nunca se me van a olvidar. Mi madre es la reina de mi vida”.

Consciente de las raíces, y de su realidad privilegiada, incluso tiene una fundación a su nombre para ayudar a mejorar la vida de jóvenes. Su padre es el presidente. “Yo le apoyo en todo lo que puedo. Está yendo espectacular. Hay casos de familias que gracias a la fundación hoy están en España, los padres están trabajando y el chico está estudiando y jugando en un equipo. Ahora son unos diez chicos que están viviendo en una casa en Sevilla. Consta de eso: traer a chicos de diferentes países y dar la oportunidad de que puedan estudiar y hacer pruebas en un equipo. Mi padre le echa muchísimas horas. Ha cambiado vidas. Hemos vistos casos de chicos que en Colombia iban en mal camino y han podido cambiar su vida. Estoy súper orgulloso. Es una satisfacción enorme”, admite. “Durante mi vida me han ayudado muchísimo. Y esta es mi forma de devolvérselo a la gente”, afirma Lucho García. Y concluye: “La ayuda más bonita es siempre una enseñanza. Cuando doy charlas en escuelas o hablo con chicos siempre digo que hagan el bien. Siempre es mi mensaje: que cuando puedan ayudar a las personas, lo hagan. Si uno da bien, lo recibe tarde o temprano”.

 


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Fotografías cedidas por Quinito Bierzo Digital.