El lunes sonríe como sonríe un jugador victorioso: el cansancio se nota en sus ojos, en su voz, pero la alegría empapa sus respuestas, su rostro. “Estoy reventado, pero después de dos años de mierda, tenemos mucho trabajo. Y va muy bien, súper bien. Los últimos tres días solo he venido a casa para dormir. Hoy es día de relax. Iré al Ikea, que estoy de mudanza”, admite Damià Rodríguez (Terrassa, 1994), aka Lildami, uno de los principales nombres del trap catalán. Alejado de los focos, explica que sus dos primeras veces en el Camp Nou fueron un encuentro contra el Numancia que no sabe ubicar en el calendario, aunque tuvo que ser en 2009 porque perjura que ya estaba Messi, y un Gamper contra la Juventus. Googlea la fecha durante la entrevista, el 24 de agosto de 2005, y sus ojos salen de órbita al recuperar la alineación: “Mira: Valdés, buah, Valdés me encantaba; Gabri, Oleguer, Puyol, Gio; Van Bommel, Van Bommel, tío, Van Bommel, Márquez, Iniesta; Ronaldinho, Messi y Larsson. Buah, es que era una plantilla épica, mítica. Y después, Eto’o, Deco, Giuly, Maxi López…”. Como casi todo adolescente y preadolescente catalán de los 90 cayó atrapado por la magia de Ronaldinho. Fue su primer amor.

La primera camiseta que tuvo fue suya. Se la compraron un verano, en Roquetas de Mar. “No sé qué verano fue. No sé de qué temporada era. Era falsa. Pero no eran como las falsas de ahora, que son iguales. A los cinco lavados las letras comenzaban a pochear, ríe. “Con nueve, diez, once años, descubrí lo bonito que podía ser el fútbol, y de repente el fútbol era lo más para mí. Estaba a muerte con el fútbol y sobre todo con el Barça. Siempre digo que no tengo ni puta idea del fútbol y sé que hago comentarios de cuñado, pero sé que hay jugadores que son muy efectivos, Ronaldo, Messi, que marcan muchos goles y que son súper buenos, y también sé que la magia de Ronaldinho no la he vuelto a sentir. Y eso que fue mucho más irregular y nunca llegó a ser lo que podía llegar a ser. Pero recuerdo verle, de pequeño, y flipar. Recuerdo esa Champions mítica que empezó 0-1 y acabó con el gol de Belletti o el día que le aplaudieron en el Bernabéu, y siento que es impensable. Esa época del fútbol fue increíble. Y cuando se fue Ronaldinho me desenamoré un poco del fútbol. No sé por qué. Porque hay que admitir que la época que vino después fue mucho más bestia, pero ya me la sudaba. No sé si también porque ya era un poco más mayor, pero desde entonces me la ha sudado el fútbol. Si tiene que ganar alguien que gane el Barça, pero, igual que tengo amigos que si el Barça pierde de repente es todo bajona, me la suda, la verdad”, asiente.

 

“¿Qué valores le estás enseñando a tu hijo cuando si no te pitan algo a favor puedes gritar ‘hijo de puta’ y salir a pegar a quien sea?”

 

Cuenta que jugó al fútbol federado, y señala la diferencia entre el verde del campo y el gris de la plaza: “Jugué en el club del barrio dos o tres añitos, en el típico club de campo de tierra. Pero era muy malo, la verdad, y además el ambiente, al menos del equipo en el que jugaba, era súper tóxico, tanto por los padres como por el entrenador. Había visto padres correr detrás del árbitro para zurrarlo. En el momento te hace gracia porque eres un niño, pero si lo piensas es tronadísimo. ¿Qué valores le estás enseñando a tu hijo cuando si no te pitan algo a favor puedes gritar ‘hijo de puta’ y salir a pegar a quien sea? Teníamos once años y no sé en qué categoría jugábamos, pero no éramos un equipo bueno: nadie iba a llegar a nada trascendental en el fútbol, pero la presión que ponían los padres sobre sus hijos era acojonante. Estaban todas las tardes, todos los entrenos, literalmente detrás de la portería con sus quintos [botellines]. Y el entrenador, que tendría que hacer que los niños se lo pasen bien y puedan jugar todos, era un gilipollas, de estos de ‘el fútbol es mi vida y a estos niños los tengo que entrenar como si fueran cracks'”. El fútbol de la plaza era libertad. El del campo, no: “Qué pereza, al menos lo que yo viví como jugador de 12 años. Mi padre, con los años, me ha dicho que cuando me decidí desapuntar del fútbol le di una alegría, porque el ambiente era una mierda. Ellos no querían decirme nada, porque ‘si el niño quiere hacer fútbol que haga fútbol’. Y todo esto también me hizo coger distancia con el fútbol”.

Ahora no ve fútbol, y pregunta contra quién jugó el Barça el fin de semana. “Verlo me aburre. Jugar me divierte mucho”. Sigue: “Ahora ya somos mayores, ya estamos cerca de los 30, pero, hace unos días, fuimos a un camping con unos colegas y había un campo de fútbol con unos chavales que debían tener 15, 16 o 17 años, y fue ‘eh, hagamos un partidillo’. Y nos hicimos un partidillo. Durante 20 minutos, una hora, una tarde, solo estás pensando en ‘pásame la bola, a ver si puedo hacer tal’. Esto es lo que mola: haces deporte, sudas, te lo pasas bien, ríes. Juegas todo el rato, nadie tiene problemas con nadie, todo son risas. Esto es lo que me gusta del fútbol. Me encantan las pachangas con los amigos”, afirma el cantante; aún tan futbolero como cuando, de niño, comía volando para llegar al colegio media hora antes. “Entrábamos a las 3 y recuerdo que comíamos rápido y quedábamos media hora antes para hacer un partidillo en la pista antes de entrar a clase. Entrábamos a clase sudados, pero con diez años te la suda”. En Mediterrani, un canto “a lo que echamos de menos y lo que era ser pequeños”, canta, junto a Xavibo y Sr. Chen, que se meta de portero el último en tocar el palo.

En esos días, las horas volaban mientras jugaba a la Liga Máster del Pro Evolution Soccer 6, en el PC, y al FIFA 2005, en la Play 2. “El FIFA me lo regalaron esas Navidades. Te pilla en una época, con diez u once años, que aún no tienes edad para quedar con tus colegas y mis padres por Navidades trabajaban, así que yo estaba en casa todo el día, y recuerdo haber hecho viciadas de diez u once horas, todo el día. Era una cosa salvaje. Ahora no soy capaz de estarme diez u once jugando al Age of Empires, aunque tuviera el tiempo. Ahora siempre encuentro cosas más importantes”. El Age of Empires ha sido siempre su juego favorito. “Incluso lo tuve para la Play, que ni cuento lo mal que iba. No sé si era peor jugar al Pro con las teclas del ordenador o al Age of Empires con el joystick de la Play”, sonríe. Continúa: “Mis colegas siempre se ríen porque yo tengo un vacío existencial: antes del 2004 no me sé ningún jugador, del 2004 al 2007 me los sé todos, y no solo del Barça, y del 2007 hacia adelante ya no me preguntes por ninguno. Mi pasión por el fútbol se concentró entre 2004 y 2007”. Con una sonrisa, rescata nombres del baúl de los recuerdos: “Me encantaba Van Nistelrooy, por ejemplo. Y Edwin van der Sar. Víctor Valdés, dios. Eto’o, Ronaldinho y Deco eran míticos. Van Bronckhorst me encantaba. También me gustaba mucho, porque se hizo muy viral en aquella época porque marcó un gol de muy lejos, como de medio campo, Pernía. Lo fiché en el FIFA. Recuerdo muchos nombres de aquellos años porque me vicié mucho, sobre todo al FIFA 2005. Al Pro había jugado mucho, con Castolo y compañía, porque además era como muy arcade y muy customizable, pero sobre todo me vicié al FIFA 2005. Fue la hostia: Edgar Davids. Del Piero, Del Piero, tío, y Totti. Recuerdo que todos estos italianos eran la hostia chutando las faltas. Y Trezeguet”. Y sonríe.

Hombres como Davids, dice, parecían de videojuego, “con las gafas y tal”. “Quizás era porque nosotros éramos más pequeños. Y ahora si viéramos a, cómo se dice, Adama, que es como un bicho, diríamos ‘qué tío más mazado’, y también nos parecería de otra dimensión. Pero, claro, le ves con casi 30 años y dices ‘joder, qué cabrón, es un tío más joven que yo y mira lo que está haciendo. Llega un momento, cuando ya tienes 25, que ves a chavales de 17 y dices ‘buah, qué cabrón, se ha solucionado la vida en un año’. Hacerse mayor es esto: darse cuenta de que no podrás ser jugador de fútbol profesional. Y de que hay niños con diez años menos que tú que ya lo han petado, asuma. El fútbol es el país de la nostalgia: “Si ahora habláramos con alguien que tiene 20 años se iría al 2010, a la época mítica del Barça de Guardiola. Es lo fácil. Es como que eran momentos más fáciles y más sencillos. Y viene del miedo inherente a preguntarse: ¿y si ya he dejado detrás de mí los mejores años de mi vida?”, añade.

“Es algo en lo que es mejor no pensar”, ríe. Y asegura que el fútbol es un atajo hacia la infancia. “Porque además te hace conectar con toda tu generación. Porque a la gente de mi edad le hablas de Ronaldinho y automáticamente nos transportamos todos al mismo sitio. En la música es súper importante establecer estos puntos de unión, ya sea con el fútbol, el detective Conan o los Manel. Son cosas que te conducen al ‘hostia, ¿te acuerdas?’, puntos en común que unen a mucha gente, que nos juntan en un mismo saco. Y creo que en la música, cuando compones, es súper importante que tú cuentes tu vida, cosas que te han pasado o ideas que tienes, pero que intentes hacerlo siempre desde un punto que todo el mundo se pueda sentir partícipe y con referencias que todo el mundo pueda sentirse suyas. Con nexos que nos unen: si yo digo ‘Ronaldinho’ es una tontería, pero con estos códigos la gente dice ‘buah, Ronaldinho, también era mi ídolo’. Son paridas, tonterías, pero son lo que hace conectar a la gente”.

 


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Fotografías de Pau Griera.