Cada época habrá tenido sus peculiaridades y cada persona es un universo particular, pero la inmensa mayoría de los que han pasado por ese momento seguro que han experimentado una sensación bastante similar. Algunos la podrán definir como inseguridad, otros como responsabilidad o incluso, los más extremistas (o sinceros) como miedo. Es de esos instantes en la vida de uno que no se borran, el momento en el que entiendes que esas lágrimas en su mejilla, ese gesto de inquietud en su rostro o esas dos tiras (o era una) en un predictor recién orinado significan que en unos meses tu existencia pasará a ocupar un lugar totalmente secundario en favor de un minúsculo ser de mayúscula trascendencia. Piensas en la palabra padre, la usas en primera persona y la ración de inquietud recién digerida se instala permanentemente en el estómago.

Tras la impresión del fogonazo inicial, pasas las semanas enfrascado en tratar de concluir el monólogo interno que lleva por título: ¿qué tipo de padre vas a ser? ¿Cariñoso? Cómo no. ¿Paciente? Se hará lo que se pueda. ¿Modélico? Por supuesto. Y entonces, te surge la duda. ¿Encajan los conceptos cariñoso, paciente y modélico con un balón esférico de cuero? Odias al equipo rival, te desesperas con facilidad con tus jugadores, ves ejemplos de intolerancia, violencia y homofobia en los estadios… Concluyes que el fútbol no es el mejor escenario en el que educar a tu descendencia. Tú quieres ser cariñoso, paciente, modélico…, así que convienes que mejor emplearás tu tiempo leyéndole cuentos en inglés, haciendo que aprenda a valorar la música clásica y potenciando su vena artística.

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El tiempo de la teoría termina casi sin darte cuenta. Un pequeño ser inunda tus días y tus noches (sobre todo tus noches). Su fragilidad te sobrecoge y quieres que sienta tu protección, pero la comunicación es compleja. ¿Qué hacer si ni ve, ni habla y a duras penas gesticula?

Y de repente, juega tu equipo. Somnoliento y agotado, te sientas ante la pantalla para, de manera natural, narrarle cada incidencia con una ilusión inusitada. Y de pronto intuyes que con el gol de la victoria su llanto ha cesado e inevitablemente te proyectas hacia sus primeras patadas a una pelota, su primer día en el estadio, la felicidad cómplice cuando vuestro equipo tenga una buena tarde.

Al instante entiendes que ya no quieres ser ese padre moderno que fomenta el talento de su criatura de manera aséptica. Quieres ser tu padre, que con sus defectos y virtudes, te introdujo en la constancia, el sacrificio o la elegancia mientras te explicaba una jugada, te acompañaba a todos tus partidos o te hablaba de Platini, Butragueño o el Brasil del 82. Puede que no hablase idiomas, pero te enseñó el lenguaje más emotivo y efectivo entre padres e hijos, el de la pelota.