El hombre que inmortalizó la ‘mano de Dios’ recuerda cómo logró intuir la trampa de Maradona en México’86. La imagen, icónica, es también el reflejo de una época en la que la mirada del fotógrafo todavía destapaba situaciones controvertidas.


 

Mi primer contacto con la fotografía ocurrió de forma tangencial, a través de una revista que editábamos en el colegio. Un hobby que se truncó al terminar la secundaria, pues tuve que hacer la colimba, el servicio militar obligatorio. Era 1978, Argentina estaba en plena dictadura, y aquel año hubo un intento de guerra con Chile. Pasé cinco meses acampado en la frontera, esperando instrucciones que por suerte nunca llegaron.

Al regresar cursé la Licenciatura de Historia pero, como también quería trabajar, fui a ofrecerme a una agencia de noticias que quedaba cerca de mi casa. Se llamaba Noticias Argentinas. Lo que empezó de forma improvisada y algo descarada acabó convirtiéndose en mi escuela de fotografía. Yo no sabía nada del oficio, mi equipo era muy modesto, pero mis colegas, mayores que yo, fueron mis verdaderos maestros.

En 1979 la dictadura todavía era muy fuerte y la gente estaba cada vez más desesperada. Las madres de la Plaza de Mayo, la represión, las luchas obreras y las protestas estudiantiles llamaron mi atención de inmediato. La fotografía se convirtió en una herramienta de militancia política. Tenía 20 años.

Por otra parte, me gustaba mucho el fútbol. Verlo y practicarlo, dos cosas que sigo haciendo en la actualidad. Empecé a ir cada domingo a los terrenos de juego a cubrir partidos. En aquella época la fotografía era analógica, las cámaras no contaban con programas incorporados y todo era manual y mecánico. El fútbol me daba mucho ritmo para los trabajos que luego me interesaba realizar en la calle. Acudí a mi primer Mundial en España’82 y, cuatro años más tarde, ya era editor de Noticias Argentinas. Insisto: el fútbol no era lo que más me apasionaba, lo cual es paradójico porque, habiéndome dedicado más veces a la política y a la sociedad, una de mis fotos más conocidas tiene a Maradona de protagonista.

Aquella imagen, obviamente, la capturé en México’86, la segunda Copa del Mundo a la que asistía. Y no reniego de ella, de hecho la valoro mucho en términos identitarios porque sintetiza algo que está muy metido en nuestros genes, ‘la argentinidad’, que es algo así como la posibilidad de hacer algo creativamente importante pero también la posibilidad de recurrir a la picaresca para lograr un objetivo. Ante Inglaterra, Diego explotó estas dos aptitudes.

En 1986 ya existía el color, y de hecho un fotógrafo mexicano, Alejandro Ojeda Carbajal, de El Heraldo, publicó la misma foto que yo en ese formato, pero con la pelota más cerca del puño de Maradona. Yo ‘disparé’ en blanco y negro solamente por la imposición de la agencia en la que trabajaba. Y me alegro porque la hizo más conocida, ya que la mayoría de diarios suscritos a nuestros serivicios operaban sin color. Solo algunas revistas empezaban a hacerlo. La imagen se ‘viralizó’.

¿Cómo pude captarla? Por muchas razones. En primer lugar, porque quedé mal ubicado en la cancha, lo cual me obligó a trabajar con un lente corto. La intuición es importante, hay que estar preparado para anticiparte a lo que va a suceder, pero en este caso la suerte jugó un papel muy grande. Siendo sincero, nunca intuí que Maradona fuera a saltar, porque ni siquiera lo vi, con la cámara en el ojo. Lo que sí que fui es veloz cuando percibí una sombra elevarse cerca de Shilton. Sentía cierta desesperación por sacar fotos, ya que hasta el momento tenía pocas imágenes. Y esa ansiedad me hizo seguir con la cámara en el ojo en una situación en la que muchos la bajaron. A fin de cuentas era un rechazo de un defensor que iba a acabar cómodamente en las manos del portero… Realicé tres disparos.

 

En mi época, la televisión te mostraba el partido y la fotografía te ofrecía la pasión, la fuerza, los dientes apretados del jugador. Hoy la TV te muestra ambas cosas

 

 

Por una cuestión de oficio, intuí que alguno de ellos estaría dentro de foco, lo que no sabía es si la pelota estaba o no dentro del negativo. El partido me llevó a permanecer atento y postergar esa impaciencia antes de revelar el rollo, algo que hacía en las entrañas del Estadio Azteca, en un pequeño cuarto alquilado donde teníamos el laboratorio. Tras acabar el partido también había que editar las fotos y copiar aquellas que fueran necesarias para la transmisión. Confieso que cuando vi que tenía la foto, me puse contento, pero no tuve la sensación de que estar ante una foto extraordinaria. De hecho, pensé que la mayoría de los fotógrafos iba a tenerla.

Siempre digo que un fotoperiodista debe ser curioso y paciente. Pero con la irrupción de la fotografía digital, y la posibilidad de ver al instante lo que se ha fotografiado, estos atributos a veces se resienten, provocando más distracciones. Veo muchas veces a fotoperiodistas en plena acción que están mirando la pantalla y yo pienso que, mientras lo hacen, se están perdiendo cosas interesantes delante suyo.

Me parece que el cambio de la fotografía analógica a la digital lo que ha traído es, a mi juicio, un cambio del lenguaje y un modelo también de digitalización en el periodismo y de negocio distinto que el que teníamos en la sangre con las revistas y el papel de esa época. Fotográficamente al final lo que sigue estando detrás de la cámara es la mirada del fotógrafo. Solo tiene la virtud de la inmediatez.

También pienso que aquel Mundial fue el último en el que la fotografía le ganó a la televisión. La prueba es que las cámaras nunca llegaron a captar con todo su esplendor la jugada polémica de Maradona. A partir de ahí, las retransmisiones televisivas evolucionaron. Ves un partido y está metido casi dentro de la cancha. Es una experiencia envolvente, se ven las gotitas de transpiración de los jugadores, la humedad de la hierba, las gotas de agua saltando de un travesaño tras el impacto de un balón… La fotografía avanzó mucho menos. En nuestra época había una certeza: la TV te mostraba el partido, y la foto te ofrecía la pasión, la fuerza, los dientes apretados del jugador. Ahora la TV te muestra ambas cosas. A veces me pregunto incluso si tiene mucho sentido seguir fotografiando de la misma manera que lo hacíamos en los 80 o los 90. Y la respuesta es que pocas veces una foto deportiva te cuenta algo que no te haya contado ya la televisión.

Pienso por ejemplo en el cabezazo de Zidane en la final del Mundial de 2006. Fue el cuarto árbitro el que confirmó la agresión tras verlo repetido por TV. Y tampoco es que haya demasiadas fotos de aquello. En defensa de la profesión hay que decir que la situación se produjo con el esférico en otra parte, y el balón sigue siendo un gran imán para los fotógrafos, una presa a seguir. Digamos que se han invertido los roles. Ahora es la televisión quien rescata aquello que se pierden las cámaras.

Esto ha modificado la forma de fotografiar el fútbol. Hoy las grandes imágenes brillan por su componente estético, plástico. Pero ya no se destapan situaciones controvertidas dentro de un terreno de juego, que son las que quedan en la historia. Aquí caemos de nuevo en un viejo precepto de la fotografía, no tanto a nivel periodístico sino desde el punto de vista del estudio de la mente. Recordamos muchos episodios históricos a través de imágenes fijas y pocas veces en movimiento. Si pensamos en Vietnam, se nos aparece la foto de la niña quemada con Napalm; y si piensas en el 23-F español, te viene a la cabeza la foto de Tejero con la pistola en alto. Lo más curioso es que el Argentina-Inglaterra de México’86 tiene dos componentes: el del gol genial, en movimiento; y el de la trampa, en imagen fija. No creo que vuelva a darse nada igual.

Hoy el negocio del periodismo está en jaque. Y los departamentos de fotografía, que siempre han sido caros, han sido los que más han sufrido los recortes. Hay medios que han suprimido fotógrafos en su plantilla y han entregado a redactores teléfonos inteligentes para convertirlos en ‘hombres orquestra’. En los diarios digitales es donde más se está resintiendo la calidad fotogáfica. Suben cualquier video o imagen que esté por ahí dando vueltas, del nivel que sea. Y aunque no se vea bien, te lo van a vender como ‘espectacular’. Mi parámetro es el diario Clarín, donde trabajé 25 años. Profesionalizamos el departamento hasta alcanzar las 120 personas entre fotógrafos, editores y laboratoristas. Hoy apenas cuenta con 35 personas.