“A pesar de las duras derrotas encajadas, siempre hay que sonreír. Porque el fútbol es para disfrutar. Veníamos con una maleta de sueños, y regresaremos a Chile con una maleta repleta de experiencias para toda la vida. Eso nos lo llevamos en la sangre”, acentuaba, justo hace un año, Kevin Sebastián Oyarce, el capitán del equipo cadete del humilde Club Deportivo, Social y Cultural CEFF, que cerró su participación en la Mediterranean International Cup (MIC), el prestigioso torneo de fútbol base que se celebra durante la Semana Santa en la provincia de Girona, con un balance de cuatro incontestables derrotas en cuatro partidos, con ni un solo gol a favor y con hasta 36 en contra. No importó. Deshicieron los 10.000 kilómetros que separan la Costa Brava de la provincia de Copiapó con una sonrisa inmarcesible, de oreja a oreja. Así es el MIC, el campeonato que un día vio pasar a futuras estrellas de la talla de Leo Messi, Neymar, Philippe Coutinho, Gerard Piqué o Marcelo, el torneo que la semana pasada, con motivo de su 19ª edición, volvió a reunir a más de 6.500 jugadores de una cuarentena de países de los cinco continentes en torno a una pelota, un elemento socializador de un potencial inigualable que, cual idioma universal, convierte el MIC en un crisol de culturas. El MIC, con todo, es la competición de las grandes promesas y de las mejores canteras del panorama internacional, como la del Barcelona, la del Real Madrid, la del Espanyol o la del Brommapojkarna sueco, los cuatro dominadores de esta última edición, pero es también la de cientos de clubes pequeños, modestos, que sobreviven al margen de los focos. Como el Club Deportivo, Social y Cultural CEFF. O como el cadete sub-15 de la Unió Esportiva Quart, que dos días antes de que arrancara el torneo publicó en sus redes sociales un inequívoco mensaje: “Tu hijo probablemente no jugará nunca en el Real Madrid, ni en el Barcelona, ni en la Juventus, ni en el City. Quizás nunca juegue en Segunda, ni llegue a ser un futbolista profesional. Deja que se divierta”.

Cierto es que la actuación del equipo de esta pequeña localidad de las afueras de Girona, que quedó apeado en los cuartos de final, no pasará a la historia de la Mediterranean International Cup. Pero ellos posiblemente la recordarán para siempre. El cuadro de Josep Rochés y Àlex Caballero empezó su andadura ante el Olympique de Marsella, que, después de eliminar al Everton en las semifinales, acabaría cediendo ante el Liverpool en la gran final. “Estaban muy ilusionados. El año pasado ya habíamos ganado al Porto en la fase de grupos y habíamos llegado a cuartos de final. Sabíamos que si lo hacíamos bien podíamos volver a conseguirlo”, arranca Caballero, el segundo entrenador de un Quart que, acosando los nervios de medirse a todo un campeón de Europa, perdió ante el conjunto francés por culpa de un gol en propia puerta en el minuto 3 (0-1). Pero los gerundenses, anhelando un billete para la fase final de la competición, se sobrepusieron rápidamente para derrotar a la Barça Academy Pro New York (2-1) y al Uno World Sports japonés (10-0) y para avanzar hasta los octavos de final, donde derrotaron al intenso Újbuda Labdarúgó, de Hungría, con un tanto de Denis Cano desde los once metros (1-0). “Estábamos súper motivados. Sabíamos que podíamos hacerlo. Íbamos a disfrutar, pero también a competir”, sentencia el talentoso delantero del Quart, de 14 años.

El Quart celebra la victoria contra el Újbuda Labdarúgó húngaro.

El equipo había cumplido el objetivo de volver a plantarse en los cuartos de final. Pero, a pesar de que su camino se hubiera cruzado con el del Everton, uno de los grandes favoritos al título, querían más. “No era necesario motivarlos. Ya lo estaban, aunque quisimos sorprenderlos haciendo que padres, madres, abuelos, abuelas, hermanos y hermanas entraran al vestuario para hacer el grito todos juntos. Fue un momento muy especial”, recuerda Álex Caballero, rememorando los instantes previos al inicio de uno de aquellos partidos que todos soñamos con jugar desde niños. “Nos dijeron que lo diéramos todo, que demostráramos quien somos, que no estábamos ahí por casualidad. Y que disfrutáramos. Sobre todo, que disfrutáramos”, añade Denis Cano. El Everton se hizo rápidamente con la iniciativa y con la posesión del balón, pero los ‘toffees‘ eran incapaces de frenar, de templar, la ilusión y la ambición del cuadro catalán, que resistía heroicamente al empuje visitante, que percutía una vez tras otra la espalda de la defensa del cuadro de Goodison Park, imbatida hasta aquel momento, con rápidos contraataques. El encuentro, precioso, entró en ebullición en el minuto 10, cuando Cano culminó una vertiginosa transición firmando un gol eterno, el 1-0. “Cuando recibí la pelota supe que sería gol. Fue un subidón increíble”, reconoce el ’11’ del Quart, que desató la euforia, el éxtasis, la locura, con un disparo inolvidable, con un tanto que no olvidará jamás.

Fue un estallido de felicidad. Fue un instante de felicidad pura. En el terreno de juego. En el banquillo. En las gradas del viejo Estadi de Vilatenim, de Figueres. “Fue un momento precioso, extremadamente bonito. Un momento que nos acompañará siempre. Les hizo una ilusión tremenda, imposible de describir”, continúa Caballero. El Quart intentó resistir heroicamente al asedio visitante, pero dos goles del Everton (uno, de penalti, en el minuto 25, en los últimos instantes del primer acto, y otro, de jugada de estrategia, en el 47, en los últimos suspiros del segundo) enterraron su sueño. La tristeza invadió sus caras, frustrados por haber acariciado una gran proeza, por haber perecido en la orilla. Pero las sonrisas pronto volvieron a iluminar sus rostros. “Sabían que habían hecho una cosa buena, algo grande. Si hubiéramos ganado el MIC se hubieran llevado muchas más fotos para colgarlas en Instagram. Pero lo bien que se lo han pasado, todo lo que han vivido, no lo vale ningún trofeo. Y aquellos 15 minutos contra el Everton en los que fuimos por delante en el marcador…”, prosigue Caballero. Aquellos 15 minutos. Aquellos 15 minutos que constituyen una victoria tan pequeña, tan minúscula, como perenne e inmarcesible, un tesoro, para el cadete B de la Unió Esportiva Quart, para todos los románticos amantes del fútbol modesto. Probablemente nunca jugarán en el Real Madrid, ni el Barcelona, ni en la Juventus, ni en el City. Quizás nunca jugarán en Segunda, ni llegarán a ser futbolistas profesionales. Quizás nadie volverá a escribir sobre ese equipo. Y quizás algunos de ustedes incluso duden de si lo que hicieron esos chavales merece estas líneas. No lo harían si aquella soleada mañana hubieran disfrutado de la pasión con la que, desde el más silencioso anonimato, honraron el balompié entregándose a él de la forma más genuina, más pura.