Ya has llegado, Jenni. Lo que para muchos sería una cuesta prácticamente infumable, para ti ha parecido ser un paseo de domingo con las manos en la espalda. Y, desde luego, cualquier aficionado a este deporte sabe de lo complicado de la hazaña que has logrado. Incluso es más que probable que tú misma no estés de acuerdo con esto del paseo. Es evidente que has sudado tinta para escalar hasta ese primer puesto, pero desde las gradas se ha visto tan fácil, tan claro, tan evidente. Un hito reservado para ti. Esperado y aplaudido por todas y por todos.

Tus últimos tantos ante el Santa Teresa fueron directos a la corona que hasta este último fin de semana era propiedad de Sonia Bermúdez. Como si de una película se tratase, la tiara voló por el cielo en un anárquico remolino para reposar sobre tu cabeza. El fútbol, simplemente, tuvo que rendirse a tus pies. En Barcelona ya te has convertido en la reina del gol y estás cerca de llevarte también dicho distintivo en la selección nacional.

Tu trayectoria te ampara, Jenni. Cada paso ha sido una costura perfecta en una trayectoria que parece hecha a medida. No es fácil estar en el momento y en el lugar indicado. Sin embargo, allí donde se veía oro estabas tú. En los mejores años de aquel Rayo campeón. Acompañada de auténticas referentes como Natalia Pablos o Ali Gómez. Regalaste a ‘La Franja’ un buen puñado de goles y pudiste disfrutar de su trayectoria en Champions. Levantaste tus primeros títulos y te consagraste. También en Suecia se acuerdan de ti tras subcampeonar con el Tyresö. Pero aquel viaje relámpago al norte europeo fue la precuela del inicio de esta historia.

Llegaste a Barcelona hace siete años. Eran las navidades de 2013 cuando te vestiste de azulgrana por primera vez. No tardaste ni una quincena de partidos en dejar tu sello a base de balonazos contra la red. Tu nombre aparece en los registros del partido decisivo con el que ganasteis la liga sobre el Atlético de Madrid. Y, cómo no, también dejaste tu firma en la final de la Copa de la Reina ante el Athletic Club. Los títulos iban cayendo sobre tus brazos a la par que se alimentaban las vitrinas de un club que no paraba de crecer.

 

Si miras para arriba, ya no hay nadie. Solo queda cielo y la ambición por registrar tu nombre lo más alto posible

 

Pero los años venideros nos cogió, a muchos, a contrapié. Con resbalón incluido, me atrevería a afirmar. Te acercaste cada vez más a las áreas rivales y merodeabas la portería rival hasta hincar el diente. Tus registros se dispararon sobremanera hasta triplicarse. Era tu tercer año y el gran público rompía sus manos de tanto aplaudir. Y esa extenuación se acentúo todavía más en tu último año de ese primer ciclo ganador. 42 goles te sirvieron para encauzar una media de más de un gol por partido. Y, a todo esto, repartiste otros nueve a tus compañeras. Barcelona, en aquel momento, era tuya. Pero volaste.

Durante un año, hiciste de París tu casa y volviste a Madrid con una copa bajo el brazo. Regresaste allí donde todo empezó para darle una liga al equipo que te vio crecer. A tu primer equipo. Pero, al término de la temporada, retomaste la historia que había quedado a medias. Aquella que habías dejado pausada. Parece que haga un mundo, pero apenas hace un año y medio desde que volviste a enfundarte el azulgrana en la piel. Y eso es lo que has necesitado para ponerte en lo más alto de la clasificación goleadora. Sin vértigo. Sin miedo a las alturas. Si miras para arriba, ya no hay nadie. Solo queda cielo y la ambición por registrar tu nombre lo más alto posible. Y desde el balcón goleador que construyas podrás mirar los éxitos que has venido cosechando.

Porque como hemos venido diciendo, tu nombre va atado al éxito. La gloria pasea por tus botas en el inimitable baile que llevas a cabo sobre el césped. Una danza que se mueve entre líneas rivales y que suele culminar cerca de la línea de cal. Cerca de esa estrecha franja que separa a los mortales de la esencia del gol. Así que no nos sorprende que en la Ciudad Condal se atrevan a soñar en grande. Creerán que el mayor trofeo europeo de clubes algún día caerá de vuestro bando y, más pronto que tarde, el Johan Cruyff petardeará en ráfagas de fuegos artificiales. El fútbol es un deporte de equipo y el que vosotras practicáis roza la excelencia, todo sea dicho.

Cincel en mano has dado forma a tu propio récord. No sabemos cuántos goles te quedan todavía por esculpir enfundada bajo estos colores. Pero lo que parece claro es que el idilio casi romántico que tienes con el gol está en un momento dulce. Parece que esa cifra que escribe tu nombre en el primer lugar no tiene intención de detenerse y empuja hacia lugares todavía inexplorados en la historia azulgrana. ¿Dónde morirá el contador? Quién sabe y qué más da. De momento, ya llevas 126 dianas, Jenni. Que se dice pronto.

 


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Fotografía de Getty Images.