Advertisement

Enfatizaba el poeta Rainer Maria Rilke que la verdadera patria del hombre es la infancia. A ella, pienso, regresamos en los momentos en los que todo se tambalea; quizás para refugiarnos de un presente que en ocasiones nos supera, para escondernos en ella como lo hacíamos con un par de sábanas cuando, de críos, montábamos cabañas en el salón. Pensaba en todo ello este lunes mientras leía el me cuesta imaginarte ausente para siempre. Tantos recuerdos de ti se me acumulan que ni dejan espacio a la tristeza y te vivo intensamente sin tenerte que acompañaba el recordatorio de mi abuelo; uno de aquellos hombres y mujeres, nacidos bajo la penumbra de una guerra que les robó la infancia, crecidos bajo la oscura noche del franquismo, para quienes el Barça fue siempre, hasta el final, el Barcelona; el club al que se entregaron en aquellos grises tiempos en los que los valores eran más que palabras vacías, artificiales, con las que comerciar; en los que no hacía falta colgar un luminoso letrero en la fachada, ni en Instagram, proclamando que eras más que un club ni más que nada. “He sufrido mucho. He trabajado mucho. Pero he disfrutado muchísimo”, me decía 17 días antes de irse; orgulloso, quizás despidiéndose, regresando a la época en la que malvivió en la calle, abandonado, apañándoselas para sobrevivir. 

Te me haces presente en las pequeñas cosas. Y es en ellas que te pienso. Que te evoco, prosigue el bello poema de Miquel Martí i Pol, en un verso, sencillo, precioso, igualmente pequeño, que me devolvió, al momento, a la infancia, al país de la niñez. A los años en los que, ojipláticos, vivíamos abducidos, hipnotizados, por el teletexto; siempre alerta, junto a nuestros padres, al parpadeo de los números que indicaba un cambio en los marcadores de la página de los resultados, la 202. La 203 era la de la clasificación. Y la 204, la de los partidos de la jornada de Segunda; con el Ciudad de Murcia, el Racing de Ferrol, el Poli Ejido, el Terrassa o el Algeciras de Luis García Tevenet, por mencionar algunos de los equipos a los que mi ordenador vio protagonizar algunas de las gestas más imposibles, más irreales, de la historia del fútbol. No había límites. Ni en el FIFA ni, tampoco, en la vida real; en aquella vieja, olvidada, pista de cemento, con las porterías oxidadas, en la que, orgullosos de lucir las elásticas de Van Nistelrooy, del Villarreal o del Manchester United de Giggs, Scholes, Keane, Beckham, Ferdinand o los Neville, con el Vodafone despedazado; nos cogíamos a nuestros ídolos e intentábamos emular a Ronaldinho en las faltas; a pesar de que el Roteiro casi siempre se fuera dolorosamente lejos, por encima del travesaño, o incluso del muro que separaba la pista de la calle; deteniéndose bajo algún coche o estrellándose directamente contra el cristal o el techo o, todavía peor, contra algún retrovisor; las principales víctimas colaterales, junto con las puertas de garaje, de aquellas inolvidables e improvisadas finales de Copa de Europa disputadas en la calle, entre bordillos, entre aceras; entre amigos, entre abuelos, padres, primos e hijos.

En aquellos mundialitos, en aquellas batallas por el honor, sin cuartel, contra los de la clase de los de un año más o ante la de los de un año menos; los nacidos en la década de los 90, insaciables coleccionadores de cromos, de recortes de periódicos, de pósteres de Don Balón, de guías de la liga o del Mundial de las que nos memorizábamos hasta la altura de los futbolistas, intentábamos poner en práctica lo que hacíamos en la Play, lo que veíamos en Campeones y en la televisión, tanto en la de casa como en las de nuestros abuelos; eternamente cabreados con los colegiados por ir contra el Barcelona. Una de las imágenes más bellas que a muchos nos acompañarán siempre es la de nuestros abuelos rematando un balón imaginario, chutando el aire, empujando, con el pie, al equipo hacia arriba, desde el sillón; que siempre acababa los partidos unos metros más adelante. “Ahora que el pie ya apenas se mueve del suelo, uno repara en que el fútbol, en realidad, no es más que el recuerdo de la vida”, concluía Francisco Cabezas en un maravilloso artículo en el que apuntaba que aprendió a descifrar, a entender, el balompié a partir del pie de su padre. Ahora que los pies ya no se mueven, ni el del abuelo que cerró los ojos apenas seis meses antes de que el Barcelona de Guardiola conquistara el universo ni el del que se fue hace unos días, de repente, uno constata, con una melancólica sonrisa, que Rilke estaba en lo cierto; que la niñez, la infancia, y los abuelos y los balones que nos acompañaron en ellas, son nuestra verdadera, y única, patria.