Oscar Heisserer acababa de salir del estadio del Racing Club de Estrasburgo cuando se le acercaron tres coches de las SS. No tuvo más remedio que acompañar a los soldados alemanes, que lo llevaron hasta su comandante. El oficial quería ‘invitarle’ a unirse a su organización, ahora que Alsacia, le dijo, iba a seguir siendo alemana durante los siguientes 100.000 años. Heisserer, capitán de la selección de Francia, declinó el ofrecimiento. ¿Qué otra cosa podría hacer si quería conservar una cierta coherencia? También se resistió a la llamada del seleccionador germano, Sepp Herberger, para unirse a la selección del Reich, que aprovechaba el talento de los territorios anexionados. ¿Cómo iba a ser internacional con Francia y con Alemania a la vez?, le contestó, otra vez, lúcido y coherente, adjetivos que indican cordura en tiempos de paz y locura y valentía en tiempos de guerra. Igualmente, dijo ‘no’ a las insistentes ofertas del club de las SS de Estrasburgo: su fidelidad al Racing Club no tenía precio. Era su equipo; símbolo de resistencia, con su azul, rojo y blanco franceses siempre intactos durante la ocupación. En 1940, mientras los nazis marchaban sobre París, Heisserer tenía 25 años y era el gran talento de su país. Su huella en la historia del fútbol podría haber sido más profunda, aunque la agitación en esa misma frontera que lo vio nacer le robó sus mejores años deportivos. Pero nadie escoge dónde nace, como tampoco elige los condicionantes externos que le darán uno u otro sentido a la propia identidad. Y aunque, a Oscar, la suya casi le cuesta la vida, la defendió con determinación. Aquel comandante de las SS ya le había avisado unos meses antes: se iba a arrepentir. Ya que Alemania no podría convertirlo jamás en un soldado futbolístico, la Wehrmacht lo llamó a filas un miércoles de 1943. El jueves huyó, no sin prometerle a su mujer, embarazada, que volvería. Y tras llegar a Suiza y sufrir dos años de trabajos forzados, regresó. Enrolado en el ejército francés que liberó Estrasburgo, cruzó de nuevo ese complejo enclave fronterizo y estratégico que él, simplemente, llamaba casa.


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