Era una mañana soleada de sábado de hace poco menos de dos décadas. El campo municipal La Parellada de Sant Boi de Llobregat acogía una nueva matinal de fútbol base. Los padres llegaban, soltaban a las criaturas, compraban sus refrigerios y se acumulaban en las gradas. En el ambiente se podía respirar ese glorioso aroma a lomo con queso que desprendían las desgastadas planchas del bar. El campo, lejos de los cauchos y el césped artificial, era de tierra, y el responsable del mismo lo regaba con esmero y atino. Un arte, aquello. Pues por aquel entonces había una fina línea entre dejar el terreno de juego en perfectas condiciones o crear incómodos charquitos y zonas de barro. Posteriormente, con un carro metálico cargado de cal, repasaba las líneas del rectángulo.

Aquella mañana, como cada partido, salimos a calentar. No era de extrañar que, debido a nuestra estatura y edad, los ejercicios de calentamiento se limitasen a levantar las rodillas, a intentar forzosamente que los talones nos llegasen al culo, a mover los brazos adelante y atrás, y, sobre todo, a jugar. A darnos pases y chutar a portería. Como buenos críos que éramos, centrábamos nuestras miradas en los rivales, habitualmente buscando al jugador más alto del otro equipo. Aquel era el que seguramente nos iba a traer más problemas al ser más fuerte, y probablemente rápido, que nosotros. Y es que, en categorías inferiores, el físico importaba mucho.

Nos quedamos sorprendidos. “Tienen una niña”, se comenzó a decir entre los integrantes del equipo. Comenzaron las bromas. “Las niñas de mi cole son malísimas”, decía alguno. “En el cole cuando jugamos niños contra niñas siempre les ganamos de mucho”, decía otro. La sensación de tranquilidad era global; por lo menos así la recuerdo. Era como si fuésemos a jugar contra un equipo que partía en desventaja numérica. Tenían a una niña, por lo que salían con un futbolista menos de inicio. Recuerdo que se comentó incluso en la revisión de fichas. Para todo aquel que no haya jugado a fútbol, la revisión de fichas consiste en poner a los infantes en fila y, mientras el árbitro menciona el dorsal, el joven futbolista dice su nombre y verifica que se trata de él mismo.

Tras descubrir que no había futbolistas más altos de lo normal, nuestra atención se centraba en aquella chica. ¿Cómo jugaba? ¿Era rápida? ¿Qué hacía una chica, un sábado por la mañana, sobre un campo de tierra jugando contra nosotros? No escuché su nombre, pero tras mencionar el colegiado su número, imagino que ella respondería: “Sandra Alberola Gil”. Y saltamos todos al campo. Con la camiseta por dentro, las medias largas a la altura de las rodillas y las botas negras, nos colocamos en nuestras posiciones. El árbitro nos advirtió, como ocurría en la mayoría de los partidos, que aquel debía ser el código de vestimenta si no queríamos reprimendas. Comenzó el partido, rodó el balón y, entonces, sucedió.

No recuerdo si era pronto, cerca del ecuador o al poco de acabar la primera mitad. Simplemente recuerdo, desde el lateral, como ese balón superó la línea defensiva, y que allí estaba ella, que le había ganado la espalda a toda nuestra defensa. Corrió hacia la portería y cruzó el balón a la derecha de nuestro portero. Seguíamos por delante en el marcador, pero algo se acababa de romper. ¿Dónde quedaba nuestro orgullo? En aquel momento nadie dijo nada. Nos mirábamos avergonzados mientras el equipo rival celebraba el gol… Qué vergüenza. Qué bochorno.

No fue una buena primera mitad. A pesar de volver a los vestuarios con una victoria momentánea, no habíamos jugado bien. En aquella pequeña habitación reinaba la seriedad. Y no hacía falta que dijésemos nada. Nos daba pavor comentarlo. Hacíamos como si no hubiese pasado nada. Tratábamos de actuar normal, ante una situación completamente normal, pero que en aquel momento se nos presentaba como algo extraordinario. Algo humillante. Nos había marcado una chica… Y regresamos al terreno de juego. No recuerdo bien el resultado final, simplemente que el partido cayó de nuestro lado.

Aparecí por el bar. El bar era el lugar en el que siempre esperaban nuestros padres, fuese el campo que fuese. Nos recibían contentos, con los bocadillos y las bebidas por las que habíamos sudado una hora atrás. Nos felicitaban si habíamos ganado y nos animaban si habíamos perdido. “¡Hombre, que hoy os ha marcado una chica!”, en tono jocoso, es lo único que atino a recordar. No recuerdo quién fue el protagonista, pero sí lo que me hizo sentir. Volvió la vergüenza. El miedo a enfrentarme a los mayores. Sentir que habíamos hecho las cosas mal. Que ellos también estaban avergonzados de nosotros. “Bueno, pero hemos ganado, ¿no?”, dijo Esther. Esther era la madre de mi mejor amigo por aquel entonces. Imagino que, al ver mi cara despavorida, trató de quitar hierro al asunto y liberarme de aquellos sentimientos.

 

Quién sabe si eso también les pasa a todos aquellos jóvenes que en su día recibieron goles de futbolistas que hoy compiten en las máximas categorías de nuestro deporte. Si dirán con cierto orgullo: “Pues a mí me marco ella”

 

Sabía, de bien pequeño, que las chicas jugaban tan bien al fútbol como los chicos. La encargada de enseñarme la lección fue Carlota Meliz, quien ha acabado siendo internacional con España en rugby femenino. Carlota iba a nuestra clase y siempre jugaba en el patio con nosotros. Era la más bajita del grupo y le gustaba golear. Hacíamos una buena dupla en la hora que duraba el recreo. Sin embargo, jamás había vivido esa experiencia en uno de los campos de fútbol que visitaba al caer el fin de semana. Antes de la experiencia en Sant Boi, solo me había visto las caras con otra futbolista.

Jugaba en La Palma de Cervelló. No recuerdo el nombre ni la cara. Tan solo que caían goleados partido tras partido y solían quedar siempre en lo más bajo de la clasificación. Sin embargo, no volvimos a saber más de ella a partir de la categoría de benjamines. Por aquel entonces, lo dábamos por hecho: el fútbol era cosa de chicos. No se discutía. Se aceptaba como cualquier otra verdad del universo. De acuerdo, Carlota jugaba. Era en el patio y eso no contaba. Así que sí. Seguía siendo de chicos. Qué estupidez.

Sandra nos abrió los ojos. Más, incluso, que Carlota. Y es que en los patios, a la actual apertura la teníamos en nuestras filas. Pero Sandra fue rival. Y fue mejor que nosotros. En ese deporte que creíamos nuestro, una chica nos había ganado. En conjunto y junto a su equipo había perdido el partido, sí. Pero a título individual nos había ganado duelos, carreras, regates… Y nos había marcado. Lógicamente, tras la ida y la vuelta le perdimos la pista. ¿Qué será de ella?

Pues capitaneando al Levante Las Planas, Sandra Alberola pelea junto a su equipo por alcanzar la máxima categoría del fútbol femenino español. El club de Sant Joan Despí está cuajando una temporada sublime y a falta de dos jornadas para el final del campeonato, ocupan la segunda plaza empatadas a puntos con Osasuna, quien de momento lidera la clasificación. Dos finales y 180 minutos que pueden devolver al cuadro catalán a la primera división diez años después. Ahí es nada. Constante y en silencio, la de Sant Boi del Llobregat está cerca de competir en la primera competición profesional de fútbol femenino de este país.

Se nos llena la boca con el odio al fútbol moderno, pero la realidad es que en el de antaño las mujeres fueron completamente invisibilizadas. Más aún, si ‘solo’ se tratase de ignorarlas. En el deporte que añoramos ellas tuvieron que hacer frente al machismo, a los prejuicios, a los comentarios y a los insultos. De hecho, todavía hoy tienen que pelear frente a esas lacras. Y demostrar, día tras día, que ellas también pueden ser futbolistas y llegar a profesionales. Qué guerra tan tediosa les ha tocado pelear.

Y afortunadamente los tiempos van cambiando. La vergüenza de aquel niño se ha convertido en normalidad gracias a poder verlas de forma sistemática. Poder leer sus entrevistas en la prensa o ver vídeos con sus mejores jugadas. Aquel miedo que podía sentir al ‘qué dirán’ tras salir del vestuario es ahora admiración. Quién sabe si eso también les pasa a todos aquellos jóvenes que en su día recibieron goles de futbolistas que hoy compiten en las máximas categorías de nuestro deporte. Si dirán con cierto orgullo: “Pues a mí me marco ella”, cuando la vean a través de cualquier plataforma.

Que el fútbol no era un deporte de chicos no me lo dijo nadie. Fue algo que descubrí solo, rodeado de mis compañeros de equipo. Algo que memoricé como el aroma de las carnes que desprendían las planchas. Una de las tantas cosas que aprendí lejos de casa y de las aulas del colegio. Si el fútbol es femenino es gracias a las futbolistas que no se rindieron en su momento y que juegan hoy en día, independientemente de la categoría en la que lo hacen. Evidentemente, también por todas aquellas que fueron pioneras y comenzaron a hacer sendero. Pero cada vez que se calcen las botas y salten al campo será un éxito para este deporte. Esa fue la enseñanza que se me quedó grabada una matinal de sábado y que conseguí entender con el paso de los años. Una lección que aprendí el día que una chica nos marcó.