Imagínense al Celtic de hoy, al de estos días, levantando una única Premier League escocesa en 27 años. Imposible, ¿verdad? No entra en la cabeza de nadie que uno de los dos clubes que han monopolizado el fútbol caledonio desde los inicios de su existencia se pase casi tres décadas sin proclamarse como mejor equipo del país. Pero hubo un tiempo en el que ocurrió justo lo contrario. Entre 1939 y 1966, con el parón de las competiciones a causa de la Segunda Guerra Mundial de por medio, por no asomarse, el Celtic ni se asomaba casi a los subcampeonatos. Solo dos segundos puestos en un periodo en que los títulos, en su gran mayoría, caían del lado protestante de Glasgow. Y si no se celebraban en Ibrox Park, se iban a Edimburgo -a casa del Hearts o del Hibernian-, o a Aberdeen, o incluso Dundee y Kilmarnock se sumaron por primera y única vez a la fiesta. Pasaba de todo, excepto ver al Celtic campeonar.

Todo cambió en marzo de 1965. La directiva del Celtic decidió darle un nuevo aire a su banquillo. Palabras mayores. En 68 años, desde que en 1897 Willie Maley fuera el primero en ser asignado como entrenador de ‘The Hoops’, por el banquillo del club solo habían pasado tres técnicos: él, Jimmy McStay y Jimmy McGrory, quien tras 20 años en el cargo dio un paso al costado para ser el responsable de las relaciones públicas del club. Aparecía en escena Jock Stein, el primer técnico protestante de la entidad e histórico capitán del equipo en la década anterior, donde permaneció hasta su retirada, antes de pasar a dirigir a los reservas del Celtic en 1957. Tras su primera experiencia en los banquillos, dejó atrás Glasgow para dirigir a un Dunfermline que coqueteaba con el descenso. Lo sacó del pozo por la vía rápida. Y en apenas cuatro años el club pasó de ser un eterno candidato a perder la categoría a ganar la primera copa escocesa de su historia, en 1962. También lo llevó a las competiciones europeas.

A Jock Stein se le quedó pequeño aquello. Tocaba asumir retos más exigentes, más concordes al estatus que se estaba labrando como entrenador. El Hibernian, uno de los clubes más populares del país, con tres ligas conquistadas ente finales de los 40 y principios de los 50, y que ya le había tanteado cuando el Dunfermline comenzó a romperla, sería su siguiente desafío. A su llegada, situó al equipo en el cuarto lugar de la tabla y en las semifinales de la copa escocesa, devolviéndolo a la pelea con los grandes, después de unos años en los que el conjunto de Edimburgo había ido a menos. Aquel fue su único curso en el Hibernian, pues el Celtic, su querido Celtic, llamó a su puerta pidiendo socorro, deseando que hiciera con el club de su vida lo mismo que había logrado con Dunfermline y Hibernian, rescatarlos de un estado crítico del que parecía imposible salir.

Dicho y hecho. En su primer curso de vuelta en el club, en la 65-66, el título de campeón de la liga escocesa, resistente desde hacía más de una década, regresaba a Celtic Park. Y al año siguiente lo mismo. Y al otro. Y al otro. Y así hasta sumar nueve ligas consecutivas, un hito sin precedentes en la historia del fútbol escocés -el Rangers, entre el 89 y el 97, y el propio Celtic, desde el 2012 hasta hoy, lo igualaron-. Pero no solo eso, además de esas tantísimas ligas -volvería a conquistarla en 1977-, incluyó en el palmarés del Celtic ocho copas escocesas, seis copas de la liga y la madre de todas las competiciones de clubes, la Copa de Europa; conquistada en 1967 ante el brutal Inter de Helenio Herrera, en Lisboa, para que sus muchachos fueran recordados eternamente como los ‘Lisbon Lions’ y ser el primer club británico en inscribir su nombre en la ‘Orejona’.

Tras permanecer durante 12 cursos al mando del Celtic, y viendo el bajo rendimiento del equipo en su última temporada en el banquillo, desde los despachos de Celtic Park se le ofreció la posibilidad de hacer un movimiento similar al de su predecesor Jimmy McGrory: dar un paso al costado, tomar nuevas responsabilidades dentro del club y dejar atrás su vida en los banquillos. A Stein no le gustó la idea, creía que le quedaba cuerda para rato y se marchó de Glasgow recomendando que Billy McNeill, el capitán que levantó la Copa de Europa, fuera su sucesor.

 

El fútbol escocés perdía a uno de los mayores referentes que hayan visto nunca sus banquillos. A la altura de los Busby, Ferguson o un Shankly tan devoto de Stein que, cuando conquistó Europa en el 67, le recordó que a partir de entonces sería “inmortal”

 

Los caminos de Stein y el Celtic se separaron. Los ‘Hoops’ continuaron alternándose títulos con el Rangers mientras Aberdeen y Dundee United se colaban en la pugna de vez en cuando, y Jock Stein decidió probar suerte en el fútbol inglés, en el Leeds. Pero tan pronto como llegó se fue. Apenas duró 44 días en el cargo, como Brian Clough cinco años atrás, aunque por motivos distintos. La causa de la marcha de Stein fue la vacante en el puesto de seleccionador de Escocia, después de que el anterior técnico, Ally MacLeod, renunciase al cargo meses después de caer eliminado en la fase de grupos del Mundial de Argentina’78.

En octubre de 1978 arrancaba la segunda etapa de Stein en el banquillo escocés. La primera fue justo cuando fichó como entrenador del Celtic, combinando ambos cargos durante poco más de medio año y con apenas siete partidos disputados por la ‘Tartan Army’. Y la segunda comenzó con dudas. El juego que había desarrollado la selección en los años previos a Stein, fervoroso, con más corazón que cabeza, poco tenía que ver con la manera de entender el fútbol del nuevo seleccionador, quien asimilaba el juego de una manera más asociativa, con el balón como hilo conductor para practicar un fútbol atractivo y vistoso. Quizá por ello llegaron las primeras estocadas: adiós a la Eurocopa de 1980 y un triste papel en la British Home Championship de ese mismo año, quedando relegada a la cuarta y última posición del torneo.

El cuento cambió de cara al Mundial de España’82. Los escoceses, con Stein ya asentado en el cargo, cuajaron una gran clasificación para la cita, cayendo derrotados en un único encuentro de los ocho disputados. Ya en España, la cosa arrancó con un convincente 5-2 ante Nueva Zelanda, pero el 4-1 que le endosó Brasil en el segundo encuentro obligaba a Escocia a ganar el último partido de la fase de grupos contra la Unión Soviética. Empataron a dos, y la diferencia de goles con los soviéticos envió a la ‘Tartan Army’ para casa.

Escocia, como en 1980, tampoco pudo clasificarse para la Eurocopa de cuatro años después, así que el siguiente gran torneo al que podían aspirar acudir era el Mundial que iba a disputarse en México en el 86. Encuadrada en el mismo grupo que España, Gales e Islandia, las dos selecciones británicas y la ‘Roja’ llegaban a la última jornada con todo el pescado por vender. Las tres empatadas a seis puntos y los islandeses ya fuera de cualquier pugna. El 10 de septiembre se lo jugaban todo Gales y Escocia. Dos semanas después, tocaría el turno de España. El empate le valía a los escoceses en su visita a Cardiff. A los 13 minutos, gracias a un tanto de Mark Hughes, los galeses tomaron la delantera. Y así se mantuvo el resultado durante el primer tiempo. A falta de diez minutos para el pitido final, penalti para Escocia. El empate les metía, como mínimo, en la repesca para el Mundial. David Cooper la metió dentro. Y justo después del éxtasis, la tragedia. Mientras Escocia entera celebraba el gol del empate, a su seleccionador, al hombre que les estaba guiando hasta su tercera Copa del Mundo consecutiva, el corazón comenzó a fallarle. El primero en acudir a su auxilio fue precisamente su homólogo del banquillo rival, Mike England, y pronto las asistencias médicas acudieron a su rescate. El partido continuó su desarrollo. Empataron a uno, Escocia seguía viva, pero a pocos metros del césped en el que sus paisanos celebraban un empate in extremis, su entrenador se debatía entre la vida y la muerte.

Una hora después del encuentro, el corazón de Jock Stein dijo basta con 62 años. Las lágrimas de felicidad tornaron en llantos de tristeza. El fútbol escocés perdía a uno de los mayores referentes que hayan visto nunca sus banquillos. A la altura de los Busby, Ferguson -asistente suyo en aquella Escocia- o un Bill Shankly tan devoto de Stein que, cuando conquistó Europa en el 67, le recordó que a partir de entonces sería “inmortal”. Aquel hombre de fútbol, inmortal en el recuerdo de los aficionados del Celtic y de Escocia, se despidió de la vida de manera trágica, aunque en el sitio donde siempre le gustó estar, cerca del terreno de juego.

 


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Fotografía de Getty Images.