Florentino Pérez se equivocó contratando a Benítez. Benítez se equivocó en su forma de gestionar el vestuario. Los jugadores se equivocaron al despreciar la autoridad del nuevo técnico. La dirección deportiva cometió un error gigantesco al no saber que Cheryshev no podía jugar aquella eliminatoria de Copa contra el Cádiz. El entrenador no acertó con su planteamiento contra el Barcelona y salió goleado de su propio estadio. Cristiano erraba cada vez que se empeñaba en tener diez años menos. El Real Madrid sufría un fallo multiorgánico, pero al moribundo casi nadie le lloraba. Y así, golpe a golpe, empezaba 2016 para los madridistas. Quizá el año más feliz de sus vidas.

 

Ganando, y luego preguntando, es como el Real Madrid ha pasado desde el 2016 de la miseria a la gloria

 

Cuando ven el mundo caerse bajo sus pies en pleno apocalipsis, la mayoría de clubes grandes optan por sellar las ventanas, cerrar la puerta con llave y sentarse a la mesa para discutir durante horas y horas sobre la estrategia, el estilo y la filosofía más conveniente para salir con vida de este entuerto llamado fútbol de élite. No así el club blanco, que vive cómodo en el caos, saltando, uno diría que hasta feliz, entre grieta y grieta, celebrando con golpes en el pecho cada vez que esquiva un pedrusco en llamas caído del cielo. Sin un plan marcado -ni falta que hace- solo queda cargar y demostrar lo que la historia te ha enseñado: que no has sido el mejor gracias al debate, a la reflexión, a la ideología. Ni hablar. El triunfo te lo ha dado algo que ni te planteas lo que es. ¿Para qué? Calla y corre.

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Y llegó Zidane, un jugador que vestía un traje de entrenador que le venía que ni pintado, pero al que le acababa de quitar la etiqueta con los dientes, como hacemos cuando tenemos prisa y no caemos en que mejor habría sido comprar antes unas tijeras. Pero su inexperiencia fue un grado. Y cuajó. Quizá porque esa falta de rodaje en los banquillos es irrelevante en el Bernabéu. En lo futbolístico, en el Real solo importa lo que sucede en el césped. Las respuestas al cómo, al cuándo y al por qué, que se buscan antes y después de cada encuentro, no le interesan. El club ha forjado su leyenda porque entendió antes que nadie que el fútbol, en estado salvaje, es un fenómeno de futbolistas. Porque ha intuido que los esfuerzos de los teóricos del banquillo para domar ese estado selvático son una pérdida de tiempo si uno cuenta con los mejores en nómina. Hacerse preguntas es un incordio. Discutir sobre sus respuestas, un absurdo. Si los grandes clubes de Europa se reunieran en un salón cada final de temporada para debatir sobre estilo, estrategia y táctica, el Madrid se presentaría tarde a la cita, vestido de punta en blanco y bien peinado, con gesto serio, pero aguantándose la risa, aún algo chispeado después de la esta, y sin recordar nada que no sea esencial de la noche triunfal que lo ha llevado hasta otro mayo. Ganando, y luego preguntando, es como el Real Madrid ha pasado desde el 2016 de la miseria a la gloria. ¿El año más feliz de sus vidas? Pregúntenselo a los madridistas. Quizá les contesten con algún monosílabo, con los ojos entreabiertos. Como pensando: ‘sinceramente… ¿a quién diablos le importa?’