Dickie Best era irlandés y de clase trabajadora, una combinación que irremediablemente lo deja a uno con los pies fijos en la tierra. Así que aprovechó que aquella tarde tenía cerca a Matt Busby para llevárselo aparte y pedirle que no alargara la situación más de la cuenta. “Tengo un trabajo para George en una imprenta. Así que si el chaval no va a conseguir ser futbolista, le agradecería que me lo dijera en los próximos seis meses”. Pero el jefe del Manchester United, que veía el futuro con la misma precisión con la que leía el fútbol, tenía razones para afirmar que el hijo de Dickie era mucho más de lo que aparentaban su físico escaso y su enorme timidez. Era un elegido de 17 años.

El 14 de septiembre de 1963, la imprenta ya estaba lejos, lejísimos. Después de comer, Matt Busby se le acercó para darle la noticia. “Hoy juegas, hijo”. Y George saltó al campo con un desparpajo cándido que ya no abandonaría en toda su carrera. Un fútbol surgido de la inconsciencia de los que solo buscan en el juego el propio placer de jugar. Algo puro, gracioso, innovador y entretenido. Música pop. Los golpes de la defensa del West Brom, terribles novatadas del fútbol de los 60, sirvieron de lección, pero no lo intimidaron. No se achicaría ni ante su compañero Bobby Charlton, al que le negó la pelota en más de una ocasión. Jugó un buen partido, pero no quedó del todo convencido. Busby, tampoco. Había actuado con demasiada juventud, incapaz de distinguir entre ambición y egoísmo. De vuelta al juvenil, trabajó duro hasta que el técnico lo volvió a reclamar. Aquel 28 de diciembre de 1963, un Best menos inocente grabó su primer gran éxito: volvió locos a los marcadores del Burnley y anotó uno de los cinco goles de su equipo.

El fenómeno Best asciende en paralelo a la Beatlemania. Mientras el niño de Belfast descarta acabar en una imprenta, el cuarteto de Liverpool se precipita hasta el número uno con I want to hold your hand, una canción de letra fácil, adolescente, encajada dentro de una melodía endiabladamente sencilla, genial. Se parece demasiado a ver jugar a Best. Por primera vez, el chillido femenino que persigue a las bandas de pop guarda relación con el griterío viril de los campos de fútbol. Los Beatles y George Best se encuadran dentro del mismo revolcón cultural, por lo que a alguien se le ocurre bautizar al jugador del United como el ‘quinto Beatle’. La comparación resiste si nos quedamos en la superficie, en los titulares de la prensa, en los modelitos a la última, en lo que se ve en los resúmenes de la BBC y en lo que se escucha en los surcos del vinilo. Pero Best no tenía la visión de McCartney, ni la militancia de Lennon, ni la mística de Harrison, ni el conformismo de Ringo. Debajo de la fachada, lo suyo era un poco más ‘Rolling Stone’, desenfrenado, rápido y peligroso. Una simpatía por el diablo bañada en alcohol que crecía a medida que se separaba del balón. Cuando el fútbol dejó de darle placer, tendió a buscarlo fuera de él, allí donde reina el caos. Un sitio alejado de casa, de sus gentes que ven la vida pasar. Un lugar oscuro en el que, por más que lo intentes, resulta imposible volver a fijar los pies en la tierra. Bien lo sabía Dickie cuando, 42 años después de su conversación con Busby, tuvo que enterrar a su chico.


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