No tenía ni cuatro años cuando una camiseta de Miguel Ángel Brindisi y un gol del ‘Ratón’ Ayala despertaron su amor por el balompié. Justo cuando se cumplen diez años del triste adiós de su inseparable Andrés Montes, el periodista Antoni Daimiel (Ciudad Real, 1970) se presenta como un nostálgico de aquel fútbol tan heterogéneo que descubrió de niño. “Hay entrenadores a los que no les gusta que sus futbolistas sonrían”, lamenta este atípico ‘colchonero’.


 

Entiendo el deporte como un disfrute, como una distracción; incluso si estás muy comprometido con uno de los contendientes. Por esto siempre me han gustado los jugadores técnicos. Nunca me han atraído los apabullantes a nivel físico. Comprendo la necesidad de ganar, pero para mí es fundamental el porcentaje que ocupa el entretenimiento.

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Me hice del Atlético de Madrid pensando que me hacía de un equipo grande, porque, además, coincidió con la final de la Copa de Europa y con la Intercontinental. El equipo aguantó unos años, vivió una crisis y volvió a remontar, pero el gilismo destruyó la regularidad de un club habituado a estar arriba.

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Recuperé la ilusión con el ‘doblete’, pero luego volví a alejarme del Atlético. No me gusta aquello, cada vez más extendido, de exacerbar más tu vínculo con un equipo cuanto peor le va. Esta sobrerreacción ante la dificultad solo puedo entenderla en una relación familiar. El fútbol para mí es, sobre todo, un divertimento. Yo le doy a mi equipo en función de lo que mi equipo me da. Si no, me dedico a distraerme de otras formas.

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Me molestaba que en el equipo del que no podía dejar de ser, porque esto resulta imposible, fueran más ídolos los Tomás Reñones que muy buenos jugadores que habían pasado sin pena ni gloria. Me acostumbré a mirar el Atlético de reojo, sin grandes expectativas. Luego llegó la etapa de Simeone, que, aunque la inicié con cierto recelo, ha sido gloriosa en cuanto a resultados.

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No me considero un aficionado tipo. De aquellos, nada críticos, que quieren ganar siempre, bajo cualquier circunstancia. A mí lo que me gusta es que mi equipo se adapte a mi forma de entender el fútbol. Por esto estoy a muerte con el Atlético de Simeone siempre que gane títulos y me haga sentir que soy de un grande. Si gana la liga y se mete en la final de la Champions, genial. Pero si se encadenan tres años como el pasado ya es otra cosa. Ya comienzo a plantearme si no preferiría acabar quinto y que me apeteciera ver todos los partidos. No como ahora, que me pongo a verlos a ver qué pasa pero en realidad ya sé lo que va a suceder.

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En los últimos años se ha ido imponiendo el periodismo de la víscera, de la vena, de las discusiones de bar. Es muy fácil porque no se necesita nada, no es caro y resulta atractivo porque los gritos y las tonterías llaman mucho la atención. Pero a mí las cosas que me interesan, ya no solo del fútbol, también del deporte, de la vida, no tienen por qué decirse ni rápido ni en mensajes cortos. Creo que alrededor de un encuentro de fútbol hay muchísimas historias interesantes que contar. Este es el periodismo que a mí me interesa; aunque creo, sin embargo, que se ha hecho poca pedagogía para acostumbrar a la gente a esta forma de hacer las cosas. Además, eso de que a la gente le aburre, que no le gusta, es mentira. Se dice que es una locura, que nadie lo va a ver, que no se puede hacer porque es carísimo, pero es mentira. Porque los documentales de este tipo acaban siendo de los más vistos. Y porque las cosas no son caras solo en función del precio; también lo son en función del valor periodístico. Creo que es mucho más caro enviar cada día un periodista y un cámara a la rotonda de Valdebebas que hacer un reportaje humano.

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Andrés [Montes] era diferente por su imprevisibilidad. Era sorprendente, atrevido, valiente. No creía en los cánones dominantes de esta profesión. Siempre trataba de romper. Era novedoso. Revolucionario. En un mundo tan conservador e inmovilista como el del periodismo, Andrés le quitaba todos los corsés a algo que cada vez es menos variado.

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Todo se ha vuelto más uniforme, como en el básquet. Los jugadores, los equipos y los partidos cada vez se parecen más. No sé si antes había más jugadores técnicos o si es que tenían más posibilidades de destacar porque no estaba todo tan estudiado. Pero ahora casi ya no hay regateadores. A veces me pongo en la piel de los niños y lo comparo con mi infancia. Recuerdo a Paco Fortes, por ejemplo. Siempre deseaba que saliera porque me daba otra cosa. Me volvía loco. O a Onésimo, un futbolista al que no le preocupaba nada más que regatear. Hubiera jugado sin porterías. Aquello era fantástico.

 


Esta entrevista se publicó en el #Panenka89, un número que puedes conseguir aquí.