Nostálgico, hace cuatro años, el cineasta catalán Carles Barba, fallecido hace dos semanas y famoso por sus documentales sobre la Barcelona de la segunda parte del siglo XX, lamentaba en la contraportada de La Vanguardia que “hoy todo el mundo se parece, es plano. Todos son iguales. Me excitaban los tíos singulares que había antes. Ya no existen. No queda nadie”; e inmediatamente pensé en cuando, sentados ante un viejo televisor, descubríamos el mundo a través de los Mundiales. Y en que Dani Martín me decía hace unas semanas que su primer recuerdo futbolístico era fijarse en los peculiares bigotes de algunos jugadores en el Mundial del 82. Y, sobre todo, en que a muchos lo que decía Barba nos pasa hoy con los partidos de fútbol y con el propio deporte rey, más homogéneo, más gris.

Son días difíciles, muy complicados. Desde una de esas residencias en las que mantenemos encerrados a tantos abuelos, previniéndoles del virus mientras les privamos de un final digno, previniéndoles, en definitiva, de la vida, mi abuela, criada en la dura posguerra, me escribía que le dolía ver que nos tocaba vivir algo así. Son días, en definitiva, en los que la niebla no termina de alzarse nunca, que pesan como una losa. Incluso la pelota parece pesar más en este balompié frío, aséptico, esterilizado, de hospital, de decorado, de cartón piedra, en el que todo parece fingido, forzado, sobreactuado, guionizado; hasta las emociones y las sonrisas. Con más patatas que carne, con más efectos especiales que sustancia, que teca, como decimos en catalán. Nos hemos echado tanto gel hidroalcóholico en las manos que hemos acabado de esterilizar el fútbol también. Tenemos mapas de color hasta de los utilleros, pero quizás el fútbol ha dejado de calentarnos el alma. Cuesta hallar un poco de fútbol, del bello deporte que un día nos excitó, en palabras de Barba, un atisbo de pureza, entre las lonas que hoy cubren los fondos, vacíos.

Quizás ya nos hemos cansado de pensar, de iniciar batallas perdidas antes de lucharse, pero deberíamos plantearnos qué implica, en esencia, en definitiva, que hayan sustituido a los aficionados por hologramas y los gritos de la gente, por sonido ambiente artificial, enlatada. Quizás el fútbol debe llevar bata y mascarilla durante unos días, ya meses, pero arranquémosela en cuanto podamos porque algunos se la dejarían puesta siempre y porque en cuanto nos despertemos quizás nos habrán acabado de robar el fútbol y nos lo habrán cambiado por una Superliga de superhéroes.

 

Hoy todos sabemos de todo porque no podemos permitirnos el lujo de dudar, de parecer que no sabemos los sprints de Iñaki Williams, los kilómetros recorridos por Mikel Vesga, las clean sheets de Unai Simón o lo que sea

 

Cuesta no parecer arcaicos luditas, viejos cascarrabias peleados con el mundo, a pesar de que ni siquiera hemos llegado a las 30 primaveras, pero nos sigue faltando profundidad. Y pausa, como reclamaba Juancho Marqués en estas mismas líneas. Y la humildad para mirar hacia el pasado que Barba, “un enamorado de la estética, de la belleza, de lo que es singular”, filmaba con su cámara. “Esos chavales que hacen raíces cuadradas con sus calculadoras, ¿sabrían resolverlas si el mundo se quedara sin pilas?”, aseguraba, hace un tiempo, el escritor Joan Barril, fallecido hace casi seis años, en un artículo en el que reivindicaba la necesidad de mirara hacia atrás para progresar.

Hoy todos sabemos de todo porque no podemos permitirnos el lujo de dudar, de parecer que no sabemos los sprints de Iñaki Williams, los kilómetros recorridos por Mikel Vesga, las clean sheets de Unai Simón o lo que sea, de decir que no hemos visto el Tottenham-City. “Todo el mundo muestra su inquebrantable discurso. Todo el mundo se ha hecho a sí mismo. Los mejores viajes, los libros más interesantes. Cada vez más hundidos en un mundo encorsetado, perfecto, predecible”, afirmaba Antonio Agredano, en un texto titulado Un artículo de mierda. Y es que la final la realidad no es otra que cada vez vemos menos fútbol. Porque hay fútbol cada día, pero cada día hay menos futbol.

Frecuentemente pienso que somos una generación que, sin enemigos físicos, sin un futuro demasiado esperanzador, nos haremos mayores fatal. Pero cuesta no sentir la sensación de que nos lo quitan todo. Y no enfadarse con el fútbol de hoy. Nada dura para siempre, ni siquiera la fría lluvia de noviembre, cantaban los Guns n’ Roses, y quizás solo es que no nos gusta hacernos mayores, y que lo pagamos así, enfadándonos con todo y con todos cada dos por tres porque hemos descubierto que cuando eres adulto no puedes apagar la Play cuando pierdes. Pero la verdad es que se hace difícil ser optimista estos días.

***

¿Qué siente ahora si mira aquellas cintas?

Mucha nostalgia.

[…]

¿Qué le parece la Barcelona de hoy?

Cada día me gusta menos. Ya no es la Barcelona que me fascinó. Ha perdido el alma.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Getty Images.