El fútbol es increíble. Es una macedonia de sensaciones que dentro de la licuadora que supone una Copa del Mundo fabrica un jugo que pone a funcionar nuestro sistema límbico y nos embauca con todo tipo de sensaciones irracionales. Capaz de resquebrajar el hermetismo emocional de ciertos hinchas que en condiciones normales de la vida se muestran impasibles ante los sentimientos. Capaz de levantar a todo un país de sus asientos por una ‘gambeta’ al borde del área rival. Capaz de hacer brotar las lágrimas de toda una hinchada -de alegría o de tristeza, según la circunstancia- con un gol en el descuento. Un caño, un desborde, un centro al área, cualquier excusa es buena para dar rienda suelta a la que para muchos es la pasión más pura concebida por el ser humano. Una pasión multidisciplinar. Para cada aficionado, este deporte representa una cosa distinta; un prisma completamente diferente para ver todo lo que le rodea, un condicionante adaptado a las circunstancias de cada persona.

Y, precisamente, esa variedad es lo que lo hace tan brillante. Porque cada aficionado adopta una perspectiva única. Hay muchas formas de entender el fútbol y ninguna de ellas es idéntica al resto. Como la de Marcelo Ordás, un argentino de 45 años que colecciona camisetas históricas de fútbol, unas manchadas de sangre, otras empapadas de sudor y algunas prendidas del olor de la victoria que atesoran en sus telajes la historia de este deporte. Para Ordás, esta afición no es más que “guardar el recuerdo de esos héroes de pantalones cortos que han defendido con alma y vida los colores de cada uno de nuestros corazones”. Y, como tantas otras cosas buenas, este afán por el coleccionismo surgió de la casualidad.

 

“Mi intención es guardar el recuerdo de esos héroes de pantalones cortos que han defendido con alma y vida los colores de cada uno de nuestros corazones”

 

Domingo 24 de junio de 1990. Bajo el abrasante sol veraniego del norte de Italia se batían en duelo a muerte las dos reinas históricas del fútbol sudamericano: Argentina y Brasil. En Delle Alpi casi 70.000 aficionados abarrotaban las gradas del histórico coliseo turinés y un pensar general inquietaba antes del partido a todos los asistentes -tanto brasileños como argentinos-: “A ver con cuántos goles se va Argentina hoy para casa”. Eran los octavos de final del Mundial de Italia’90 y Brasil venía en una dinámica arrolladora. La Albiceleste, en cambio, no podía decir lo mismo. Se había clasificado para las eliminatorias como mejor tercera de grupo después de hacer una primera fase más que discreta -perdiendo en su debut contra Camerún (0-1) y empatando contra Rumanía (1-1)- contaba en su casillero con tan solo una victoria en la fase de grupos, contra la URSS; 2-0. Mención aparte tiene este partido, que no pasará a la historia de los Mundiales por su calidad futbolística pero sí por otra pillería de Diego Armando Maradona: la otra ‘Mano de Dios’.

Fruto de esa rivalidad histórica, casi enfermiza, con la que Brasil y Argentina mantienen una guerra sin cuartel, los brasileños recordaron durante todo el día a los hinchas argentinos el momento de forma en el que llegaban ambos equipos, acrecentando así el temor estos últimos a sufrir una humillación histórica. Entre los atemorizados se encontraba Marcelo Ordás, un joven hincha venido desde Buenos Aires cuya vibrante pasión por su combinado nacional le había motivado a recorrer los más de 11.500 kilómetros que separaban Italia de su país natal. El partido fue según lo esperado: dominio de la selección canarinha y muchas oportunidades de adelantarse en el marcador; sin embargo, Claudio Paul Caniggia vio uno de los pocos huecos que dejó la defensa brasileña ese día. Maradona fintó a dos jugadores rivales y arrastró a otro más para dejar solo al Pájaro, que batió a Taffarel en el minuto 80 de partido. 0-1 y éxtasis en la grada argentina. Ordás se lo dejó todo en la celebración, tanto es así que minutos después se desmayó, cayó inconsciente y despertó en una camilla de la enfermería del estadio. Sin fuerza, confundido y tirando más de corazón que de cabeza, intentó levantarse, cosa que la enfermera encargada de cuidarle no le dejó hacer.

Marcelo solo quería saber si su selección había pasado a cuartos de final, y la sanitaria, en un perfecto italiano le respondió: “Sì, ragazzi. L´Argentina ha vinto”. A Marcelo se le cayó el mundo a los pies. Comenzó a llorar desconsoladamente de alegría por haber logrado una gesta histórica y en ese momento de locura inmóvil, atado a su camilla, entró un conocido suyo que formaba parte del staff de la federación argentina.

Este hombre le ayudó a levantarse y le llevó al vestuario de Argentina. “Imagínate lo que era para mí, en el ‘90, entrar a ese vestuario ganador con Maradona, Caniggia, Ruggeri, Goycochea… A medida que íbamos entrando se escuchaba el ‘Siga el baile’. Y allí se abre la puerta. Era la antesala a la gloria. Vemos a Diego, en la mesa de masaje, con la camiseta número ’15’ de Brasil y desbordando una gaseosa”, explica a Panenka.

Ya acomodado en el vestuario, el hombre que le había llevado allí le presentó a Caniggia, héroe del partido, que había llevado al combinado, con su gol, a cuartos de final. Ordás representaba en ese momento el sentir general de 43 millones de argentinos. Euforia, incredulidad y la alegría de haber convertido aquella gesta en casi una fiesta nacional. Marcelo confiesa: “Claudio Paul Caniggia me adoptó en ese momento en el que yo todavía no sabía muy bien donde estaba y me preguntó por mi estado de salud. Al final, después de pedirle un abrazo y cuando ya me iba, me llamó. Abrió su bolso de cuero y me dio su armadura toda sudada. Me dijo: ‘Toma, es para ti. Te la ganaste’. La tenía. La camiseta con la que ganamos a Brasil. Y hasta hoy, esta parte de la argentinidad presente en esta historia está guardada en mi colección”. Argentina continuó pasando rondas hasta caer en la final contra Alemania, pero la leyenda de Marcelo Ordás, ‘el coleccionista de los Mundiales’, ya estaba forjada.

A partir de ese momento, Marcelo comenzó a coleccionar camisetas históricas de los Mundiales. Desde la del doblete de Kempes en la final del Mundial de Argentina’78, la de la Naranja Mecánica de Cruyff en el Mundial de Alemania Occidental’74, la de Pelé en el Mundial de Chile’62 o la del último campeón: la camiseta de Özil con la Alemania de 2014. “Es una manera de legarle algo, aunque suene muy pretencioso, a toda la humanidad. Yo, en un momento caótico, de esos que trae la mayor pasión creada en todo el planeta, que es el fútbol, dije: ¿Qué le vamos a dejar al mundo? Lo que pensé fue en reclutar, resguardar, custodiar y, algún día enseñar lo que es el fútbol a través de su testimonio tangible y palpable. Su historia a través de los objetos”, aclara.

En su placar guarda casi 3.000 camisetas en una muestra de la historia del fútbol mundial. Pero le haría ilusión conseguir una más, el ‘santo sudario’ para miles de argentinos que ven el fútbol de manera casi dogmática: la camiseta con la que Maradona hizo el gol de todos los tiempos. Esta camiseta, que esconde una intrahistoria bastante particular, está expuesta en el Museo Nacional del Fútbol, en Mánchester. Por exclusiva, histórica e imposible, esa es una de las quimeras que Ordás desea conseguir algún día. Mientras tanto, el argentino seguirá perseverando en su trabajo de guardián histórico de este deporte, dejando un crujiente legado, con el memorándum que supone tener una de las mayores colecciones de camisetas del fútbol mundial.