Por si la diatriba fútbol versus entretenimiento no fuese suficiente, reconozco mantener un debate interno paralelo: ¿de verdad necesito incorporar más fútbol a mis ratos de ocio? La respuesta suele ser negativa, pero hoy resulta complejo disociar las dos almas del sportainment en el que hemos sido educados como consumidores. Deporte y entretenimiento conviven, se miran de reojo, sospechan el uno del otro y se funden para sobrevivir (supongo). Así las cosas, no siempre consigo entregarme a la terapéutica ‘suspensión de la incredulidad’ que garantizan el cine, la literatura o el teatro. En otras palabras, no siempre soy capaz de ver películas, series o documentales que no traten sobre fútbol. Y eso que la ficción se me antoja cada vez más necesaria. Un refugio intelectual. Cuando suspendemos el sentido crítico y pasamos por alto la factibilidad o verosimilitud de lo que vemos, la mente disfruta de un merecido descanso. Muchos futboleros viven buscando los porqués del juego (así los llaman), o peor aún, intentando convencer a los demás de que están en un desmarque de ruptura, en una transición o en un desdoblamiento del lateral derecho. No hay porqués en un maravilloso arte que no es ciencia exacta y no necesita ser ciencia ficción.

La actual oferta de ocio me abruma tanto como a ti. En las últimas semanas me he rendido al emotivo biopic del Divin Codino’ Roberto Baggio, a la premiada y sensible serie Ted Lasso y al crudo documental de la BBC sobre Paul Gascoigne. Haciendo honor a la peculiaridad del personaje que retrata, Gazza se desmarca de otros formatos deportivos al no replicar el habitual baño y masaje autocelebrativo. Todo lo contrario. Desgrana la figura del bad boy inglés con severidad y realismo e incide en la dimensión mediática, social y psicológica del ídolo. No se parece a los éxitos pandémicos que humedecían nuestros ojos con trocitos de emoción. No inspira como The Last Dance ni regala adrenalina como Sunderland ‘Til I Die, pero el soplo de aire fresco se agradece. Gascoigne, que pronto cumplirá 55 años, aparece fugazmente al principio y al final de la obra en su faceta de pescador residente en la South Coast. La historia no está narrada desde su perspectiva, sino desde la del fan —aún pasivo y sin móvil en los 90— que disfrutaba del hype del ascenso del mito y del guilty pleasure de su estruendosa y mediatizada caída. En palabras del director Sam Collins, “en 2015 ya hubo una película con el punto de vista de Paul y queríamos diferenciar el contenido”.

Los cineastas lo saben: las escenas de juego son puntiaguda arma de doble filo. Gancho irresistible para la audiencia, pero también la enésima confirmación de que el balón es caprichoso e irreproducible. Da reparo llevarlo a la pantalla y a mi lado purista le gusta que así sea. En Gazza solo vemos imágenes de archivo, ergo problema resuelto. Campos embarrados. Newcastle. Pantalones demasiado cortos. Tottenham. Bengalas. Lazio. Un sombrero de (Euro)copa. Inglaterra. Una pared con rima asonante. Glasgow. La curva de la edad y su peso. Middlesbrough. Bastan pocas secuencias para percibir la dureza del fútbol de principios de los 90, cuando la FIFA estaba obsesionada con embellecer el producto antes de exportarlo a nuevos mercados. Gascoigne iba a todas: la estúpida amarilla que le hubiese apartado de la final de Italia’90 o un par de acciones criminales en la FA Cup de 1991 muestran un jugador acelerado y ciclotímico. Quizá por culpa del sesgo de actualidad, cada jugada desprende una sensación de inevitabilidad previa a la tragedia. La sensibilidad arbitral ha aumentado y, lo que me parece más interesante, el espectador moderno se ha ablandado y contempla ciertos tackles con una mueca de terror.

Portada de The Sun previa a la Euro’96 y respuesta de Gascoigne tras su gol ante Escocia (crédito: The Sun e Imago).

También ha evolucionado ¡por suerte! la conciencia social del hincha. A mediados de los 90, el mundo del fútbol miraba hacia otro lado ante —por ejemplo y ciñéndonos a Gascoigne— la violencia doméstica. Las agresiones a su mujer Sheryl copaban las portadas del momento. Casi al unísono, expertos y comentaristas opinaban que lo importante era el campo. Glenn Hoddle siguió contando con Paul en las eliminatorias de camino a Francia en lo que hoy se antoja un papelón impensable. La siguiente noticia tiene 24 años y no cuenta como spoiler: la controvertida decisión de no convocar a ‘Gazza’ para el Mundial 98 tuvo más que ver con el estado de forma del centrocampista que con la integridad moral del seleccionador. Sin embargo, cabe preguntarse si el literal circo mediático en el que estaba envuelto añadió más contras a la ecuación del técnico de los ‘Three Lions‘. Revisando la hemeroteca, llama la atención un infeliz juego de palabras con el que The Irish Times denunciaba al establishment balompédico. En 1996, el exfutbolista Rodney Marsh y el extravagante agente Eric Hall deslizaron en televisión que “if he can beat his man on the field it doesn’t matter who the hell he beats off it” (si puede irse de su hombre en el campo, da igual a quién diablos pegue fuera de él). Escalofriante.

Sabemos de memoria cada fotograma de su proeza ante Escocia y conocemos muchas otras diabluras técnicas de su carrera. La esencia narrativa y la función didáctica del documental es su minucioso análisis del aparato mediático inglés. Entender la ‘Gazzamanía’ no es captar la referencia cuando Phil Foden se tiñó de rubio platino ni sobrepagar una camiseta Umbro con el ‘8’ a la espalda, sino zambullirse en un fenómeno social emblemático de una década que añoramos por defecto. Los tabloides exprimieron económicamente el ascenso de Gascoigne y utilizaron su popularidad olvidando deliberadamente la persona. Su brillantez y sus lágrimas en Italia’90 lo convirtieron en superestrella y, casualidades de la vida, ayudaron a rehabilitar el fútbol británico justo a tiempo para el pistoletazo de salida de la glamurosa Premier League. Como escribe Sam Parker en GQ, “la prensa sensacionalista, encabezada por Rupert Murdoch, Rebecca Brooks y Piers Morgan, comenzó a experimentar malas prácticas como sobornos, reporteros encubiertos o infames escuchas telefónicas”. En el campo y en la vida, Gascoigne no sabía decir que no. Acabó siendo un juguete (roto, a la postre) en medio de la encendida circulation war entre The Sun y The News of the World. Antes de los clics, la tirada de un periódico decretaba el ganador de la guerra por nuestra atención. Sin redes sociales ni medios digitales, el sensacionalismo en papel reinó soberano en los 90. Cuando lo había, el derecho a réplica de los protagonistas era una exclusiva en los mismos medios que los habían extorsionado, engañado y/o denigrado previamente. Ayer y hoy, la banca siempre gana.

Gazza debe ser, sobre todo, una invitación a revisitar la melancolía que nos asalta. La fijación con los porqués balompédicos conduce a un único lugar: la infelicidad de no poderlos encontrar siempre. El mecanismo es eterno, un viejo conocido del ser humano. Como lo de hoy es inexplicable, lo de ayer nos rescata. Echamos de menos al por mayor. Es cierto que la imaginería de los 90 se nos presenta más inocente, pura, pausada o espontánea que el actual cinismo frenético, pero… ¿no estaremos centrando el tiro en el aficionado (lo que nos gustaría volver a ser) y olvidando al jugador que ya vivía bajo los reflectores? Ahora la hiperconectividad y la sobreexposición son cosa de todos, admiradores y admirados, pero en los años 90 el foco ya iluminaba la cima de la pirámide social. La despiadada maquinaria mediática trituró un genio que ya estaba lleno de excesos y defectos, de vicios y virtudes. El documental zarandea al espectador durante dos horas hasta hacerle sentir culpable. Absorbiendo las imágenes con ojos contemporáneos, descubrimos un Gascoigne infantil y vulnerable. Saltaba a la vista. Por qué no se puso freno. Su extravagancia y sus muecas, los gags grotescos y las ansias de protagonismo a favor de cámara revelan su fragilidad. La que nadie supo o quiso ver. Cuidado con la nostalgia. No es poliéster todo lo que reluce.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Imagen de portada: BBC.