La última puerta que abrió Asier Garitano (Bergara, 1969) en esta conversación fue la del gimnasio del Leganés en el propio estadio de Butarque. Una sala amplia y moderna, llena de aparatos que explican que “el fútbol de hoy es imprescindible sin ellos”. Nada que ver con el día de ayer y que podría retratarse a través de su etapa en Lezama, en la Meca de la cantera. Por eso, antes de explicar los objetivos, hay que insistir en lo que ha cambiado el fútbol y comprender que lo de ayer ya no vale para hoy. Ni siquiera en Butarque, donde no se pelea por la Champions League, sino por una permanencia que exige tener todo en regla, desde las cabezas de los futbolistas hasta la hierba del estadio, que hoy muestra un aspecto tan envidiable. “El césped no gana y pierde partidos, pero si no está en perfecto estado la Liga te pone una multa”, justifica Garitano, que ayer fue un futbolista corriente y hoy es un apreciado entrenador.

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Esta conversación habla de valores que explican el sueño de una permanencia y cómo llegar a ella sin cometer faltas de ortografía. La posibilidad de ser dueño de uno mismo y de la gente que te entrega tu confianza en una ciudad como Leganés, encariñada con esa humildad que Garitano también pone de ejemplo. Quizá porque él es una prueba fiel, alejado de tentaciones que podría permitirse, porque su voluntad es lo primero. A su lado, queda tiempo para reflexionar, para viajar al pasado e imaginar un futuro en el que el entrenador no se envalentona: “No sé qué más podemos pedir que no sea la permanencia”, vuelve a insistir en una declaración de intenciones que podría durar toda la vida. Él llegó aquí un día de hace cinco años y se encontró con la misma jerarquía que hoy, la presidenta Victoria Pavón, con la que en todo este tiempo nunca discutió de dinero. Hay dos palabras, “atrevimiento y mentalidad”, que no se negocian por nada en el fútbol. Al menos, en el fútbol de Garitano, trabajado a fuego lento desde que salió de Lezama y pasó por tantos sitios. “Mi hijo nació en Alicante y es del Barcelona porque allí todos son de Messi”.

¿Qué es más emotivo, soñar la permanencia en Primera o lograrla?

Pero es que nuestro sueño ya es viejo. No es de hoy: nosotros en el Leganés primero soñamos con ascender de Segunda B a Segunda A; luego nos atrevimos a soñar con ser de Primera y, una vez que llegamos aquí, descubrimos que la permanencia es posible. A partir de ahí, no sé qué más podemos hacer. No sé qué más podemos pedirle nosotros a la vida.

Pero un entrenador siempre pide más.

No. Una cosa es que un entrenador siempre le esté dando vueltas a la cabeza. Pero hay que adaptarse a lo que hay, a la gente, a los medios o a la ciudad en la que vives porque eso también es parte de tu trabajo. No eres tú solo. No son solo los jugadores.

No todo es ganar o perder, entonces.

No, claro que no, pero es que lo uno va unido a lo otro. Si yo sé dónde estoy es más fácil que la gente se sienta identificada conmigo. Pero eso no solo pasa por decirlo, sino también por saber el precio de las entradas, por ir a taquilla y sacar un abono a mi mujer y otro para mi hijo de diez años o por no cerrar las puertas en los entrenamientos a esos jubilados que vienen a vernos todos los días, hasta los más fríos del invierno.

Hoy está de moda que el entrenador cierre las puertas.

A lo mejor yo lo he hecho en algún momento aislado o en un trozo del entreno, porque vi que había gente que venía a grabarnos. Pero no es lo normal aquí en Leganés.

¿Y si entrenase al Manchester City sería usted distinto?

Imagino que sí que sería diferente. Tendría que adaptarme a un sitio distinto que no tiene nada que ver con Leganés, tendría que saber cómo es esa ciudad y hasta ese tipo de gente. Una de las cosas que elegí en Leganés fue vivir en el mismo centro de la ciudad y no me arrepiento de nada, porque eso me ha ayudado a conocerlo todo mejor.

¿Y no nota el agobio de la calle?

No, para nada, aquí la gente es muy respetuosa y puedo bajar a desayunar a una cafetería o irme a tomar una cerveza sin problemas [ríe].

¿Qué es la vanidad del entrenador?

No sé cómo enfocar esa pregunta, porque no creo en la vanidad. Uno depende totalmente de los jugadores. Su rendimiento es el que me va a hacer mejor o peor entrenador. Otra cosa es que en algún momento me pueda enfadar con ellos. Pero en estos pocos años que llevo ejerciendo como entrenador he descubierto que mis enfados duran poco tiempo: en el fútbol los enfados no ganan partidos.   

 

“Quizá en otros lugares tendría más medios, pero no esta tranquilidad”

 

¿Uno no necesita más medios?

No lo sé. Pero cada uno tiene lo que tiene. Puedo hablar por mí de lo que tengo en Leganés y no de lo que tendría si entrenase al City, al Betis o al Eibar. Quizá en otros sitios habría más medios, pero tal vez no tendría la tranquilidad que tenemos aquí, ese silencio, esa facilidad de no sentirte examinado a la hora de expresarte en un entrenamiento… Eso te permite decir unas cosas que a lo mejor, de otra manera, no las dirías.

¿La dificultad engancha?

La dificultad es muy chula, pero es complicado, sí.

El Leganés representa a los mileuristas en Primera, ¿no?

No, no, aquí se cobra más, para nada, para nada… ¿En comparación a los demás? En ese sentido la diferencia puede ser abismal. Pero debemos pensar en nosotros mismos. Hace años teníamos un millón de presupuesto en Segunda B; luego fueron 4,5 millones en Segunda y ahora estamos por encima de los 30. ¿No sería estupendo seguir creciendo cada año con esta misma progresión? ¿No es eso a lo que uno aspira siempre y nosotros lo estamos consiguiendo?

La pasada campaña fue como vivir el primer amor en Primera División. ¿Cree que volverá a ser igual esta temporada?

Será diferente, pero el objetivo es el mismo, el de seguir demostrando que podemos estar con los mejores y que no queremos irnos de aquí. Cuando empecé a entrenar yo siempre decía, ‘quiero llegar algún día a Primera’. Por lo tanto, ahora que estoy, no puedo cansarme de estar en Primera, no puedo ni siquiera pensar que esto va a ser repetitivo. Al contrario. Necesitamos volver a demostrar que podemos estar aquí con nuestros medios, que es lo que tenemos. No podemos pensar en lo que no tenemos.

El entrenador del Leganés nunca viste chaqueta y corbata en los partidos. ¿Tiene que ser así?

Para mí, sí. Creo que no debo hacerlo. Pertenezco a una ciudad del sur de Madrid, trabajadora, llena de fábricas y de polígonos industriales y yo, como entrenador, pretendo ser un reflejo de lo que veo en la calle, no quiero ser otra cosa.

¿Quién le compra a usted la ropa?

Mi mujer me ayuda, sobre todo con los colores o en lo que me puede sentar mejor, pero generalmente soy yo el que la compra en las tiendas. No puedo aportar nada diferente en ese sentido, porque no me considero especial.

Hay entrenadores que reconocen abiertamente que les queda mucho tiempo libre.

Eso me dice la gente a mí también. Pero no, de veras que a mí no. Quizá porque no tengo la capacidad de esos entrenadores. Pero la realidad es que una vez que empezamos yo no tengo tiempo libre. Me paso las tardes preparando entrenos, viendo vídeos, no me da tiempo a otra cosa. Seguro que si me organizase mejor sería diferente. Pero es lo que hay. He aprendido a vivir así, a aceptarme tal y como soy.

¿Y entonces si mañana por la tarde le invitase al cine?

Sería complicado.

¿No le hace peor entrenador dedicarle tanto tiempo al fútbol?

No lo sé, pero a mí me gusta. Intento gozar de lo que hago, porque es la vida que he elegido. Siempre quise ser entrenador y, a ser posible, un buen entrenador, y el buen entrenador es el que se atreve a hacer cosas diferentes. Al menos, a plantearlas. Pero para plantearlas, antes necesitas tiempo. Tienes que verlas tú, tienes que meditarlas, tienes que comparar si realmente es posible modificar el dibujo, cambiar a un jugador de posición… Si yo mañana pretendo que el central juegue de lateral derecho antes habrá que planteárselo a él, habrá que trabajarlo con él y habrá que comprobar si es factible. Antes de hacer algo, hay que probarlo. No debes arriesgarte. No puedes atreverte si no hay motivo.

¿Fue usted un futbolista atrevido?

Siempre me sentí cómodo en el césped. Creo que hasta entendía bien el fútbol. Pero eso también fue porque me preocupaba por entenderlo y porque me gustaba. Y si algo te gusta tienes esa ventaja. Y lo comprobé cuando llegó ese día en el que empecé a preguntarme insistentemente si yo podría sentirme cómodo de entrenador. Y al principio no era una pregunta tan fácil.

¿Y lo ha logrado?

Sinceramente, creo que sí. Desde el primer partido en Orihuela, creo que lo he logrado y que me he afianzado. Al principio, tenía mis inquietudes, mis dudas. No sabía si me iban a condicionar demasiado los resultados. No sabía demasiadas cosas que quería saber. Pero ahora que las he ido descubriendo poco a poco… Ahora sé que, lo haga mejor o peor, me siento cómodo con lo que hago.

¿De quién aprendió?

Tuve una escuela incomparable. Desde los diez años hasta los veintitantos estuve en Lezama. Allí escuché como entrenadores míos a futbolistas que lo habían sido todo: Jesús Garay, Txetxu Rojo, Nico Estéfano… No podría enumerarlos a todos. Sí sé que hubo días en los que hasta Piru Gaínza pasaba a mi lado. Hoy, no sé dónde hubiese podido tener una formación mejor que esa. Por lo tanto, es algo que está en mí y que me demuestra que luego también volví a tener suerte. De futbolista tuve a muy buenos entrenadores que a lo mejor me enseñaron a hacer cosas que ahora me parece que son mías. Y no son mías, no, sino que las aprendí de ellos.

¿Y esos viejos entrenadores valdrían para el fútbol de hoy con lo que ha evolucionado?

Se hubieran reinventado. Los buenos entrenadores nunca tienen problema en hacerlo, porque esta es una profesión que cambia mucho. De jugador ya empezaba a darme cuenta y hoy, que soy entrenador, no podría resumir todos esos cambios.

 

“Adaptarte al entorno del club también forma parte de tu trabajo”

 

¿La inquietud por ser técnico no le hizo peor futbolista?

No lo creo. Ser capaz de entender el juego siempre te hace mejor futbolista. Si tú sabes por qué se hacen las cosas, te preocupas por averiguarlo, eso siempre es importante. Te ayudará a pensar, te ayudará a ser mejor, sobre todo porque de futbolista te lo dan todo hecho y, sin embargo, yo, que era uno de ellos, ya quería saber cómo se hacían esas cosas.

¿Qué le queda de entonces?

Yo apuntaba muchas cosas que aún conservo. De hecho, a veces las releo y al hacerlo, sobre todo, me doy cuenta de lo que significaba ser jugador o de que no hay nada más apasionante que eso. De entrenador siempre me falta tiempo porque quiero estar en todo. Sin embargo, de jugador es diferente, porque te lo dan todo hecho: te dicen cómo debes colocarte, cómo debes alimentarte o cómo debes descansar.

¿Sus éxitos actuales son una revancha de lo que le faltó?

Podría ser. Quizá porque me niego a echar la culpa a nadie de que yo no llegase a lo más alto. Me niego a culpar a las lesiones, me niego a culpar a terceros… La culpa fue mía, que tuve la oportunidad y me faltó mentalidad. Desde entonces, sé que la mentalidad es fundamental para un futbolista: uno puede tener piernas y talento, pero si le falta mentalidad…

¿No existe la mala suerte entonces?

El deporte no deja de ser un juego y la suerte siempre existe.  Pero en mi caso no fue mala suerte, sino que fui yo que no aproveché esa posibilidad.

¿A qué aspira a partir de ahora?

A seguir viviendo, a seguir mejorando, a explicar que fue difícil llegar y que es más difícil mantenerse aquí, a comprobarlo por mí mismo y, sobre todo, a no cambiar. Sigo siendo el mismo que llegué aquí, el mismo que entonces había escuchado hablar del Leganés y que veía que llevaba diez años en Segunda B. La diferencia es que ahora lo conozco y que me gusta lo que hay aquí porque me siento identificado.