“La memoria crea la gratitud y la fidelidad” (F. Tönnies)

 

El gran visor de promesas y docente, el ‘Loco’ Bielsa, de inquebrantable lealtad a la institución que le formó como jugador y técnico, reconoció en una charla reciente, de cierto modo en nombre de todos los hombres de su profesión –el peso de su figura en el ámbito es incontestable—, la enorme responsabilidad otorgada en la actualidad a los que encabezan el banquillo. Cuenta el rosarino con enorme sentido de la responsabilidad, que sobre los hombros del entrenador recae en gran medida la felicidad misma de los más humildes de la sociedad. Lo cierto es que buena parte de los fines de semana, el técnico dispone que su equipo juegue de manera que o bien agrada y representa los valores y las aspiraciones de una hinchada, o bien queda debiendo. Si bien el resultado es importante, lo principal es estar a la altura de aquellos.

Lo quizá más llamativo de la reflexión del ‘Loco’ en realidad no reside en detallar el papel del técnico en la actualidad, ni en señalar la importancia de cumplir con las expectativas de la afición, pese a la irrevocable relevancia de ambos. El meollo del asunto radica en la preocupación por la felicidad de los que normalmente no cuentan –para nadie. Muy posiblemente semejante inquietud no surgía de manera tan clara en un hombre sabio desde hace dos milenios. Pero surgió en una conferencia de Bielsa, vestido con su buzo (jogging) habitual, y hablando del juego que llevó a más del 45% del orbe a sintonizar un partido de la Copa del Mundo el mes pasado.

Lo cierto es que la felicidad de los que viven acostumbrados a jugar en cancha inclinada, contra 12, por decirlo de cierto modo, no es tema menor a pesar de su olvido sintomático (¿de qué grupo social provienen los filósofos?). Cabe destacar que el ‘Loco’, sabio de los códigos de vestuario, de las dinámicas de ataque y recuperación, y más importante aún, en cómo lidiar con el fracaso y el éxito en la vida (lo último es mil veces más delicado, dicen quienes la han experimentado alguna vez), señaló en su reflexión a aquellos que dan sentido y fundamento a la actividad deportiva más importante que hay –y cuya importancia yace precisamente en el efecto que tiene sobre el ánimo de los mismos. Podemos llamar a los referidos por el técnico argentino, de manera conjunta y no sin cierto grado de imprecisión, la comunidad del fútbol.

Aún no existen historiadores de la comunidad del fútbol, ni existen cátedras en las mejores universidades de Europa albergando expertos en este colectivo social. Sin embargo, arrancando de un empirismo, digamos, algo preliminar, nos atrevemos a resumir algunas de sus particularidades. Podemos afirmar que la comunidad del fútbol reúne elementos varios de lo que han llamado a través de los siglos los olvidados de la historia, los herederos del Reino, los trabajadores de cuello azul, los subalternos, los intocables, el lumpemproletariado, la canaille, entre otros.

A este grupo social multitudinario, quizá el de mayor número en el mundo ligado a un mismo fenómeno cultural, y tal como sucede en el deporte que tanto aman, no le regalan nada. Ya tan siquiera se proponen proyectos de desarrollo, de los de antaño, para incorporarlos a la sociedad moderna. Podría quizá ser el motivo por el que a menudo encuentran refugio, para desconcierto de los vanguardistas estéticos y morales (y demás sacristanes nietzscheanos), en la comunidad, en la tradición y desde luego, en el fútbol.

 

Mantener la lealtad a una misma institución, de la que nunca se eligió formar parte, es la cualidad distintiva mayor e ineludible de la comunidad del fútbol

 

Posiblemente por ello mismo, los miembros de la comunidad del fútbol no sienten gran afinidad por la sociedad moderna y su empecinada propensión por los ligámenes pasajeros y por lo novedoso. Un día se es marxista, otro budista; una tarde se practica yoga, y otra se devora episodio tras episodio de una serie en Netflix; llegada la noche se sale con una ‘amiga’, y al día siguiente ni tan siquiera se la saluda de ocurrir un encuentro imprevisto. Prevalece el capricho por encima de la lealtad.

Semejante ir y venir por la oferta de credos, ideologías, pasatiempos, y citas va en contra del arraigo propio de la comunidad en su memoria y en su pasado. Por lo tanto, pareciera que sus miembros, frente a semejante trajín de modas y conjuras contra el aburrimiento –la verdadera nausea existencial, que acecha duplicada al finalizar los 90 minutos de juego—, se aferran con mayor fuerza aún a los hábitos de antaño. Mantener la lealtad a una misma institución, de la que nunca se eligió formar parte, es la cualidad distintiva mayor e ineludible de la comunidad del fútbol, y de allí la alienación experimentada por sus miembros frente al mercado de opciones de vida propio de la sociedad moderna.

Los revolucionarios culturales, en cambio, con alta dosis de rechazo liberal (burgués), no le encuentran sentido a semejante ligamen ‘impuesto’. Les resulta asombroso que los miembros de la comunidad del fútbol, ‘a estas alturas del siglo XXI’, prometan lealtad a una institución cuya pertenencia es heredada de generación en generación en esta ‘época de libertad de elecciones’.

Valoran igualmente incomprensible la perpetuación de algunas otras creencias atávicas. La justicia providencial (que intercede cuando sin merecerlo ocurre el milagro del gol), la palabra inspirada (del capitán, del técnico, del ídolo, de la hinchada), la fe en lo invisible (aquello que obra para sacar un partido por el que nadie le daba chance), la resurrección (subir de la liga de ascenso) forman parte del repertorio simbólico cotidiano de la comunidad del fútbol. De costumbres sencillas y credo de larga duración (longue durée), sus miembros se alegran en cumplir con los deberes entre semana, compartir entre familia, y llegados los días de descanso, hacer el peregrinaje hacia el estadio para alentar al conjunto que los representa.