El auge del fútbol jugado por mujeres está fuera de toda duda. Una vez más el balompié ejerce como inmejorable metáfora social. Los cambios que, más lentos de lo que deberían, nos acercan a una igualdad de género anhelada aunque aún lejana, se traducen en el mundo de fútbol en forma de proyección de la liga que disputan los clubes femeninos. Sin la lucha de miles de mujeres por la equiparación salarial, el reconocimiento del trabajo doméstico o el derecho a disponer de su cuerpo como les venga en gana en una sociedad heteropatriarcal que, desgraciadamente, aún minimiza en muchas ocasiones el maltrato, la violación o el acoso, no estaríamos hablando ahora de la proyección del llamado fútbol femenino. Y digo llamado porque el fútbol no tiene género y cuando lo etiquetamos no hacemos más que contribuir a que se reproduzcan aquellos tópicos y estereotipos que durante décadas han postergado a las mujeres a la invisibilidad, han provocado su marginación en sus puestos de trabajo y han tolerado violencias vergonzantes.

¿Acaso el fútbol es masculino o femenino? ¿Cuando niñas y niños empiezan a corretear tras un balón alguien se fija en su género? En el fútbol base, de hecho, es habitual que hasta llegar a infantiles jueguen todos juntos en un mismo equipo. ¿Por qué luego cambiamos de modelo? ¿Ello no refuerza eternizar una segregación absurda? ¿Nadie aún en pleno siglo XXI se ha planteado crear equipos donde chicos y chicas jueguen juntos sin distinción alguna?

¿El futuro es crear una liga de fútbol femenina a imagen y semejanza de la masculina? ¿Ese es el patrón a seguir? Permítanme dudarlo. En los últimos meses, y tras asistir a numerosos actos en los que se trataba el tema, me sorprendió que muchas jugadoras y exjugadoras se ilusionaran con la idea de equipararse salarialmente y mediáticamente a sus homólogos masculinos. Se congratulaban de la cada vez mayor repercusión de la Liga Iberdrola, audiencias televisivas incluidas.

 

En el fútbol base es habitual que hasta llegar a infantiles jueguen todos juntos en un mismo equipo. ¿Por qué luego cambiamos de modelo? ¿Ello no refuerza eternizar una segregación absurda?

 

En el contexto actual, con el fútbol-negocio exprimiendo al máximo una pasión reconvertida en simple mercancía, no tengo muy claro que el futuro del fútbol jugado por mujeres sea su equiparación en clave comercial con el de los hombres. El proceso, de hecho, ya ha empezado: una liga con patrocinador electrizante, diversas empresas al acecho al entrever un filón virgen por explotar -no en vano, la liga femenina fue galardonada con el premio Industry Awards 2018 que otorga la World Football Summit (WFS)-, los medios de comunicación prestando atención tras años de ignorar a las mujeres futbolistas… Un nuevo producto preparado para el consumo de masas.

¿Estamos realmente ante un paso adelante positivo o bien es el inicio del ocaso? ¿El dinero debe ser el estímulo que proyecte el fútbol que juegan niñas, adolescentes y mujeres? Ahora que todo son parabienes y atenciones, los referentes mundiales de dicha disciplina son Estados Unidos y Japón. Hemos pasado de aquellos partidos esporádicos e, incluso en alguna ocasión, folclóricos, a un fútbol de elite disputado por deportistas cada vez más profesionalizadas. Algunas, incluso, como la japonesa Homare Sawa, la norteamericana Mia Hamm o la brasileña Marta, han llegado ser heroínas idolatradas en sus respectivos países. Pero no es oro todo lo que reluce. En Japón, una sociedad con unos roles de género extremadamente marcados por la tradición a partir de la difusión del confucionismo, el fútbol es un deporte relegado a escuelas y universidades. Las disciplinas que cuentan con mayor seguimiento son el beisbol y el sumo. Por tanto, para muchas estudiantes el fútbol es la vía de escape de un entorno profundamente tradicional en el que las mujeres, aún de forma mayoritaria, se ven relegadas al ámbito doméstico. En Estados Unidos, el fútbol (soccer) también es un deporte eminentemente universitario cuya repercusión es incomparable a la del fútbol americano, el béisbol o la NBA. Para muchas norteamericanas, jugar a fútbol es sinónimo de diversión, placer, deporte al aire libre, salud. Sin embargo, la paulatina profesionalización de los clubes femeninos ha provocado que muchas jóvenes abandonen su práctica. El motivo: la presión a la que se veían sometidas por la competitividad creciente. Una de estas chicas me confesó cómo el fútbol era su pasión pero que dejó de jugar porque ya no era divertido. Quizás deberíamos tomar nota de cara a un futuro no muy lejano.