ALMERÍA 0 - 8 BARCELONA (20/11/2010)
7.8Nota Final
IMPORTANCIA7.2
EMOCIÓN5.8
TÁCTICA8.6
ESPECTÁCULO9.4
Puntuación de los lectores 2 Votos
8.4

“Los partidos son como los melones. Hasta que no los abres no sabes si están buenos”, dijo en una ocasión, siendo técnico del Atlético Nacional colombiano, Juanma Lillo.

Pero hubo una época, ya perteneciente al pasado, demasiado lejana por culpa de una junta que aplicó la táctica de la tierra quemada, que echó sal sobre el resplandeciente verde del Camp Nou, en la que en Barcelona los melones siempre salían buenos, sabrosos, excelentes, orgásmicos, como una especie de manzana prohibida. De la mano de Pep Guardiola, alquimista, el Barça rescató el sentido más puro, más genuino, del Manierismo de los manuales de literatura y se inventó un nuevo deporte a medio camino entre el fútbol, el de los interiores, no el de los pivotes, y la gimnasia artística, la de la exquisita y etérea Nadia Comaneci, no la de la potente Simone Biles.

Cada día era 6 de enero, Día de Reyes, para los aficionados culés, atornillados al sofá con la boca abierta, y para los amantes del fútbol en general. Los partidos tan solo duraban 45 minutos, y el equipo, rechazando los cánones de la dramaturgia, apenas necesitaba un acto para contar toda la historia. Recuerdo que nos juntábamos para ver los partidos en casa de un amigo, y que las segundas partes, ya con el partido resuelto, las dedicábamos a vaciar botellas de Malibú; normalizando, menospreciando, la excelencia de un equipo excelente.

Aquel Barça exquisito, excelso, ofreció una de sus mejores actuaciones corales hace justo diez años, el sábado 20 de noviembre del 2010, en Almería, en el Estadio de los Juegos del Mediterráneo, en un encuentro correspondiente a la duodécima fecha del campeonato de Primera División. Vestido de color verde azulado; el cuadro azulgrana, que nueve días después debía recibir al líder, al Madrid, en el Camp Nou, en un encuentro que acabó siendo, también, histórico (5-0), saltó al césped con Víctor Valdés bajo palos; Dani Alves, Carles Puyol, Andreu Fontàs, que sin Gabi Milito ni Èric Abidal y con Gerard Piqué con molestias y a una tarjeta de la suspensión se ganó un hueco en el once, y Maxwell Scherrer en la defensa; Xavi Hernández, Javier Mascherano, titular en el sitio de un Busquets al que Guardiola decidió darle descanso, y Andrés Iniesta en la sala de máquinas; y Pedro Rodríguez, Leo Messi y David Villa como hombres más avanzados, mientras que el Almería, que llegó al partido en el decimoctavo puesto de la tabla, y en el alambre, con el agua al cuello tras celebrar solo un triunfo en once partidos, dispuso un once con Diego Alves en la portería; Míchel Macedo, Santiago Acasiete, Carlos García y Juanma Ortiz justo por delante del cancerbero brasileño; Fabián Vargas, Modeste M’Bami y Hernán Bernardello en el centro del campo; y Miguel Ángel ‘Corona’ como enganche, justo por detrás de Pablo Piatti y Henok Goitom. 

La superioridad del Barça, huracanado, enloquecido, en aquellos días, pronto empezó a traducirse en el marcador, y aún antes en el verde, ya que el conjunto visitante dispuso de varias ocasiones claras para avanzarse en el electrónico antes del cuarto de hora de juego. Finalmente, el 0-1, cuestión de tiempo, acabó llegando en el minuto 16, cuando David Villa, que celebró los 250 partidos en Primera junto a Dani Alves, le devolvió la pelota a Leo Messi en la media luna con un delicioso taconazo para que el ’10’ desatara el caos y escribiera el primer capítulo de una noche mágica, épica, batiendo a Diego Alves con un duro chut ajustado a su palo izquierdo.

Corona le había trabado justo antes de recoger el tributo de Villa, pero Messi recuperó rápidamente el equilibrio y la verticalidad para acomodar el balón en su pie izquierdo de terciopelo y acunarlo en las mallas locales. Una falta franca no le valía. Solo deseaba dejar el balón en el fondo de la portería. “Solamente desea la pelota dentro del arco contrario. No le importa en resultado ni la legislación”, decía Hernán Casciari en el maravilloso Messi es un perro, en un texto que se puede encontrar en YouTube narrado por Norberto Jansenson y acompañado de cientos de imágenes de acciones en las que Messi recibe faltas, golpes o agarrones y no se cae, o se cae y se levanta, sin quejarse, sin buscar el tiro libre o el penal o la tarjeta para el rival, como ese día con Ander Herrera en La Romareda, como tantos otros días, “con los ojos siempre en la pelota y en el arco rival. Si le dejaran no haría otra cosa: mantener en su poder algo redondo e inflado y llevarlo hasta un tejido de red al final de una llanura verde. Llevar esa esfera blanca a los tres palos todo el tiempo. Una y otra vez”

Apenas dos minutos después, apareció Iniesta. “Me ilumina la sonrisa saber que mi familia y mi gente están bien. Y ver jugar a Iniesta”, dijo en un ocasión Lillo, e Iniesta, que tan solo tres meses antes había marcado el gol más importante de toda su vida y de todo un país, apareció para iluminar, para allanar, el camino del Barça hacia la victoria al recoger, solo en el vértice del área pequeña, un pésimo rechace de Bernardello.

Desabrigado, desnudo, Diego Alves, que hasta el momento era el tercer arquero menos goleado del campeonato (10), solo superado por Iker Casillas (5) y el propio Valdés (8), tan solo tardó ocho minutos en volver a sacar la pelota de sus mallas (26′), y fue, de nuevo, por fuego amigo, ya que el peruano Acasiete, el capitán local, desvió a gol un pase de la muerte de Maxwell desde el flanco izquierdo del ataque azulgrana.

Me decía esta semana Mariona que hay dos tipos de personas: las que cogen el paraguas al salir de casa por si se pone a llover y las que no lo cogen por si deja de llover. Ese Barça viajaba sin paraguas, como cuando éramos niños, y cuando el Almería, ya solo con la cabeza fuera del agua, con el agua al cuello, intentó sacarlo se lo cogió, como quien roba una chuche a un niño, y se lo tiró lejos, como quien juega con un perro. Arrinconado, desbordado, incapaz de salir del centro del rondo, de detener la hemorragia, de seguir el endemoniado ritmo de la pelota, ya no con los pies, ni siquiera con los ojos, el Almería, náufrago, enclenque, se vio convertido en un juguete a manos del Barça, que despedazaba la defensa local “como quien trincha un bebé de foca con uno de esos cuchillos japoneses que anuncian en la tienda”, como apuntaba Rafa Cabeleira en una de esas maravillosas columnas que dieron forma al maravilloso Alienación Indebida.

Incluso Fontàs, el penúltimo hijo de una Masia que en aquellos días felices era algo más que un edificio, casi un templo, quiso dejar su huella en el encuentro, y dibujó un maravilloso pase en largo, de campo a campo, para dejar solo a un Pedro que, ya sin diminutivos, salvó la desesperada salida de Alves con un toque sutil (34′). Sin tiempo para que los locales se levantaran de la lona, Messi comandó un contraataque y le cedió el balón al ’17’, que, cual fiel escudero, se lo devolvió en el balcón del área pequeña. El meta local rechazó el primer chut de Messi con la derecha, pero el ’10’, atento, mordaz, recogió el rechace con el izquierdo para celebrar su gol número 100 en la liga (36′); convirtiéndose en el segundo jugador más joven en alcanzar el centenar de tantos en la historia del campeonato español, solo superado por Raúl González Blanco.

En el entretiempo, con cinco goles de ventaja, y con el partido ya más que encarrilado, Guardiola optó por dar descanso a Bernini y a Borromini, pensando ya en el clásico, y dio entrada a Seydou Keita y a Thiago Alcántara, por Xavi e Iniesta. Consciente de que, como afirmó un día el propio Lillo, “no arriesgar es lo más arriesgado, así que, para evitar riesgos, arriesgaré”, el Almería intentó dar un paso hacia adelante para tratar de maquillar el resultado, e incluso acarició el gol con un duro chut de Piatti que entre Víctor Valdés y el travesaño rechazaron in extremis. Pero la alegría, como siempre, duró poco, muy poco, en casa del pobre. Hasta que apareció el Barça, inhumano en el acierto, para decir que pelota era suya y que mandaba él, como hacían los mayores en el colegio.

Y eso que el que lo dijo, Bojan Krkic, que en el 55′ había reemplazado a Pedro, no era más que un chaval imberbe. Apenas seis minutos después de saltar al verde, el ‘9’, un niño entre hombres, recibió un pase de Messi tras una gran acción de Villa y se hizo un hueco en el área y en el resumen del partido, en el tráiler del film, tras batir a Alves con maestría, con calma.

Sin piedad, convencido de que, como diría el propio Guardiola en la rueda de prensa posterior al encuentro, la mejor manera de respetar a un rival es continuar jugando al mismo nivel, no bajar ninguna marcha por compasión, el Barça redondeó una goleada brutal, un triunfo legendario, un 0-8 incontestable, inapelable, con dos goles más en los minutos 66 y 72, obra de Messi y de Bojan, habilitado por el ’10’ con un pase perfecto.

Fueron perfectos, de hecho, tanto el pase de Messi y la ejecución de Bojan como, todo el partido, en el que el cuadro de Guardiola igualó la máxima goleada a domicilio de la historia de la Liga: el 0-8 logrado por el propio conjunto culé el 25 de octubre del 1959 en Las Palmas, con hat-trick de Luis Suárez, doblete de Evaristo Macedo y goles de Eulogio Martínez, Ramón Alberto Villaverde y Enric Gensana, y que el Barça de Luis Enrique emularía el 2 de mayo del 2015 en Córdoba, en El Arcángel, camino hacia el triplete, con hat-trick de Luis Suárez, doblete de Messi y tantos de Ivan Rakitić, Gerard Piqué y Neymar.

El duelo entre Guardiola y Lillo, entre el alumno y el maestro, cerrado entre silbidos a los locales por parte de su afición, provocó la destitución del segundo, que se despidió del Estadio de los Juegos del Mediterráneo tras encadenar su séptimo partido seguido sin ganar y tras lograr tan solo una victoria en las 12 primeras jornadas y nueve puntos de 36 posibles. Llegaron a Almería José Luis Oltra, primero, y Roberto Olabe, después, pero ni uno ni otro supieron dar con la tecla para hacer carburar al equipo y el cuadro indálico acabó bajando, junto al Hércules y al Deportivo de La Coruña, tras acabar último con 30 puntos, a hasta 14 unidades de la salvación.

La liga la ganaría el Barça con hasta 96 puntos, con cuatro más que el Madrid. Tras superar al propio Almería en las semifinales (5-0 y 0-3) de la Copa, los azulgranas cedieron en la prórroga de la final, en Mestalla, decidida por aquel potente cabezazo de Cristiano que agujereó las redes de Pinto (0-1), pero el equipo de Guardiola redondeó la temporada alzando su cuarta Copa de Europa ante el Manchester United, con un 3-1 en Wembley y con un fútbol preciosista, fantástico, fabuloso, artístico.

“El Barça es el mejor equipo que he visto”, asentía Sir Alex Ferguson tras el partido, resignado, rendido ante aquel Barça inolvidable, ante aquel grupo de artistas que, guiados por Guardiola, convertían los partidos en funciones, firmaban una obra maestra y pintaban una Mona Lisa cada tres días.

 


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Fotografías de Getty Images.