Cuando se presentó la Superliga, hace ya la friolera de dos días, un nubarrón oscuro, apocalíptico, se instaló encima del mundo del fútbol. La reacción inicial fue de sospecha, miedo y rabia, hasta que Florentino Pérez, el presidente del nuevo torneo, apareció de madrugada para decirnos que no temiésemos, que lo que iba a descargar aquella nube no era ni lluvia ni barro, sino dinero, mucho dinero. Y no para unos pocos, eso tampoco lo entendimos bien. El nuevo torneo surtiría de paz, amor y billetes a todos los clubes, ricos y pobres, divertidos o aburridos.

Ocurrió, sin embargo, lo que casi nunca ocurre: que no tragamos. Y sucedió algo todavía más extraño: que lo expresamos. Si el 18 de abril de 2021 será recordado como el día en el que 12 clubes presentaron el primer torneo cerrado y deliberadamente elitista de la historia de este deporte, el 20 de abril será recordado como el día en el que los actores futbolísticos obligaron a desmontarlo. La auténtica rebelión del fútbol se vivió ayer, no el domingo.

El freno en seco a esta nueva competición, herida de muerte tras la marcha de más de la mitad de sus fundadores, es multifactorial. Las amenazas de los organismos nacionales e internacionales a los clubes implicados y la presión gubernamental han surtido su efecto. Pero los acontecimientos no se hubieran precipitado de no haber existido la dignidad de Alemania, la convicción de los aficionados -eminentemente ingleses- y el rechazo frontal de muchos, más de los que tú y yo pensábamos, protagonistas del juego. Los clubes han reculado, y hasta pedido perdón, porque los jugadores y la afición se han plantado ante una deriva que no comparten. Es algo histórico.

Ander Herrera juega en el PSG, un club que representa todo lo contrario a la tradición futbolística y que ha optado por mirar de reojo a la Superliga porque ya no es que Nasser al Khelaifi sea miembro del Comité Ejecutivo de la UEFA, es que directamente comparte negocios con la organización presidida por Aleksander Ceferin a través de beIN Sports. El centrocampista, criado en la cantera del Real Zaragoza, lanzaba una reflexión pública, sin edulcorantes, a primera hora del día de ayer: “Amo el fútbol y no puedo quedarme callado ante esto, creo en una Champions League mejorada, pero no en que los ricos roben lo que el pueblo creó, que no es otra cosa que el deporte más bonito del planeta”. El clamor popular en contra del nuevo torneo fue creciendo a medida que pasaron las horas, y las voces contundentes de algunos ‘ex’ sirvieron para que más de uno se sumara al rechazo sin llamar demasiado la atención. Fue el caso de los jugadores del Real Madrid Lucas Vázquez, Odriozola, Modric o Marcelo. Su ‘like’ a un post de David Beckham donde el inglés criticaba el nuevo torneo servía para conocer, de forma tímida pero nítida, su posicionamiento.

 

Si el 18 de abril de 2021 será recordado como el día en el que 12 clubes presentaron el primer torneo cerrado y deliberadamente elitista de la historia de este deporte, el 20 de abril será recordado como el día en el que los actores futbolísticos obligaron a desmontarlo

 

Un deportista comprometido y en sintonía con el sentir de la gente, con lo que ocurre en la calle, es el arma más poderosa y transformadora que hay. Lo vemos en el fútbol… y también en la sociedad. No es algo nuevo, pero ahora la cadena de transmisión es de mayor alcance. Hace unas semanas clubes y jugadores de todo el mundo se sumaban a una campaña de apoyo al fútbol femenino, con un lema, ‘Misma pasión’, surgido de forma espontánea. En el último año también hemos visto a Marcus Rashford, por ejemplo, poner en jaque al primer ministro británico, Boris Johnson, hasta lograr ayudas para la comunidad que de otra manera no se habrían producido. Precisamente el futbolista del United tuiteaba ayer por la tarde, antes de la gran recogida de cable del fútbol inglés, una fotografía en la que se podía leer: “El fútbol no es nada sin los aficionados”. Horas antes, su compañero Bruno Fernandes también redactaba en su cuenta de Instagram una frase con un significado parecido: “Los sueños no se pueden comprar”.

Pero lo mejor estaba por llegar. Las concentraciones de aficionados -delante de Stamford Bridge se vivió la más multitudinaria, con gritos de Fuck Superleague! y la mediación de toda una leyenda del club, Petr Cech- encendieron definitivamente la mecha. Jurgen Klopp, técnico del Liverpool, ya había manifestado el lunes que “no fuimos consultados” y criticó con mucha clase el mecanismo de acceso a la competición propuesto por los impulsores del torneo. “Amo el aspecto competitivo del fútbol. No quiero que el West Ham se clasifique para la próxima Liga de Campeones, porque nosotros también queremos estar, pero quiero que tengan una oportunidad”. Difícil de mejorar, aunque Pep Guardiola, otro técnico de uno de los equipos fundadores, el Manchester City, trató de aproximarse: “No es deporte cuando el éxito está garantizado de antemano y cuando no importa si pierdes”. Un día antes Marcelo Bielsa también había denunciado la naturaleza clasista del nuevo torneo: “lo que le da salud al fútbol es la posibilidad del desarrollo de los débiles, no el exceso de crecimiento de los fuertes”.

El anuncio de la Superliga es el mayor error de cálculo en la historia de este deporte. Un capricho disfrazado de urgencia. Unas formas horribles. Un fondo cínico y vergonzoso. Pero lo que parecía una decisión inevitable, se ha terminado de forma abrupta. La afición gana. Pero lo que hoy se interpreta como un éxito, de poco servirá si no tiene continuidad. Esto es un aviso para las instituciones que todavía rigen el fútbol, a cualquier escala. Porque mañana les puede tocar a ellos. Sería saludable, de hecho, que así fuera. Porque sí, Noruega y Alemania lucieron no hace mucho camisetas donde se pedía respeto por los derechos humanos de los trabajadores que están haciendo las obras para el Mundial de Catar. Pero hasta el momento ningún jugador ha criticado abiertamente a la FIFA. Tampoco ningún club de ninguna gran liga ha planteado siquiera la idea de un boicot. Desde ayer, hay esperanza. Callar no puede volver a ser una opción.

¿Qué jugador será el primero? Si han podido tumbar una Superliga que, para muchos, secuestraba el espíritu del juego (“El fútbol pertenece a los aficionados. Hoy más que nunca”, sintetizó Gerard Piqué, el único representante del Barça que ha valorado el asunto), también pueden tumbar una Supercopa en Arabia Saudita. O un Mundial en un desierto en invierno. O un partido en Miami. O un calendario ultracomprimido. O una competición sacada de la manga (Hola, Nations League). Ya no hay motivos para agachar la cabeza. Los jugadores han demostrado que, cuando quieren, saben estar a la altura. Han demostrado sentir este deporte como lo sienten muchos hinchas en todo el mundo, sean de equipos grandes o pequeños. Y que son capaces de hacer frente a sus propios clubes cuando no comparten intereses. Como dijo también De Bruyne en el día de ayer, tal vez en uno de los alegatos más emotivos, “sabemos que esto es un negocio y que yo soy parte de ello, pero también sigo siendo el pequeño niño que solo quería jugar al fútbol”.

Para ganar, hay que competir. Es innegociable.

 


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Fotografía de Imago.